Varios de ellos son cristianos, pero el resto son musulmanes, por lo que Fran ha habilitado un espacio dentro de la casa para puedan acudir allí a rezar sus oraciones
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Comida en familia en casa de Fran, en primer término.
Foto: Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
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Habib, Abu, Aliu, Moses,
Yves, Otto, Mohamed, Osman… son algunos de los 13 chicos que conviven en la
parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Madrid, junto a su párroco, en la misma
casa. Llevan en España apenas unos meses.
Proceden de Colombia, Costa de
Marfil, Sierra Leona, Guinea Conakry y Camerún. Comen y duermen bajo un mismo
techo, junto a Francisco Pozo, el párroco, Fran, como todos ellos le llaman.
Así conforman una comunidad atípica, en la que se conjugan los verbos acoger y
soñar.
Algunos han tenido que huir
de su casa por la mala situación de sus países, porque no tenían para vivir y
no encontraban trabajo, porque ellos y sus familias estaban amenazados por
narcotraficantes o paramilitares, porque la corrupción de sus países les
impedía simplemente trabajar y vivir con dignidad, porque allí no tenían otra
salida que ingresar en el ejército, porque estaban cansados de escuchar cómo en
el barrio se asesinaba y se torturaba a gente, porque si se quedaban no les
quedaba más salida que la de ser reclutados por las bandas…
La mayoría ha atravesado el
desierto andando, o ha cruzado en patera el Estrecho, o ha saltado la valla de
Melilla, o bien ha pasado varios meses en cárceles africanas esperando su turno
para seguir su camino hacia el norte… En todos se muestra un rostro satisfecho
por haber alcanzado su sueño europeo, pero al mismo tiempo cargado de
incertidumbre por no saber cuál va a ser su futuro aquí.
«Podíamos ofrecer más»
Ellos fueron los primeros
migrantes africanos atendidos desde principios de este año por la Mesa por la
Hospitalidad de Madrid, gracias a cuyos recursos de emergencia fueron pasando
primero por varias parroquias madrileñas hasta acabar todos en casa de Fran,
donde conviven además con dos jóvenes españoles del barrio, uno de ellos menor
de edad que al conocer la experiencia pidió permiso a sus padres para poder
trasladarse aquí a vivir con todos ellos.
«Vinieron aquí al principio
por un mes –explica el párroco–pero al poco tiempo nos dimos cuenta de que
podíamos ofrecer más si habilitábamos un par de habitaciones grandes que
tenemos en la vivienda de la parroquia. Y además nos pareció buena idea porque
así evitábamos que tuvieran que irse con sus cosas de un lugar a otro
prácticamente cada mes. Teniendo la posibilidad, era una pena de perder esa
oportunidad de darles una perspectiva de vivir de forma más estable, más
pensando en el largo plazo».
«Para mí ha sido una
experiencia muy de Dios –se sincera Fran–, porque yo no lo he buscado. Hace
cuatro meses ni se me había pasado por la cabeza hacer esto. Pero cuando me
llegó la petición del Arzobispado se lo comenté a uno de los chicos españoles
que vive conmigo aquí y me dijo: “¿Por qué no nos lanzamos?”. Y a pesar de
tener mucho lío en la parroquia, nos pusimos a rezarlo y durante los días
siguientes toda la liturgia y la oración parecía que nos empujaban a hacer
esto. Vimos que era de Dios y nos lanzamos. Para mí ha sido como acoger a
Cristo en casa».
Lo que empezó como un
recurso de emergencia se convirtió de la noche a la mañana en una convivencia
estable con un marcado acento familiar.
«Fran ha abierto su casa
para nosotros», reconoce Habib agradecido, con una sonrisa en el rostro.
«Quiero darle las gracias a él y a sus compañeros, por estos meses aquí. Juntos
hacemos muchas cosas importantes. Vivimos aquí como en nuestra propia casa. Es
nuestra casa y nuestra familia. Todas las parroquias se han portado muy bien
con nosotros», sigue.
En casa, el día a día es el
de una familia normal. Se levantan por la mañana y se van a estudiar, cada uno
lo suyo: algunos estudian español, otros cursan la ESO, otros jardinería o
cocina en cursos oficiales de formación para adultos… Luego vuelven a casa para
comer la comida sobrante del colegio parroquial, y por la tarde tienen tres
horas de español para reforzar el idioma. Por la noche hay turnos para hacer la
cena y, «como en cualquier familia», se reparten las tareas de la casa y de
limpieza.
Por la noche, charlan entre
ellos y llaman a sus familias en sus países de origen. Tiramos mucho de wifi»,
comentan entre risas.
Un grito a nuestra sociedad
También hay espacio para la
espiritualidad. Varios de ellos son cristianos, pero el resto son musulmanes,
por lo que Fran ha habilitado un espacio dentro de la casa para puedan acudir
allí a rezar sus oraciones. Además, cada día uno de ellos es el encargado de
bendecir la mesa, cada cual con sus palabras: «Rezamos juntos al mismo Dios.
Es un gran testimonio que
merece la pena», dice el párroco, quien reconoce sentirse impresionado por otro
testimonio que ofrecen los procedentes de Camerún: «Algunos son de la zona de
habla inglesa y otros de la zona de habla francesa, que en su país son
enemigos. Aquí vivimos todos en paz. Es posible vivir como hermanos aunque
tengamos diferencias y aunque pensemos de manera distinta».
De este modo, el testimonio
de esta comunidad atípica, originada al principio por motivos de emergencia y
luego estabilizada en el tiempo, se ha constituido en «un gesto profético para
nuestra sociedad, un grito a la gente de ahí fuera, porque hemos comprobado que
cristianos y musulmanes podemos vivir juntos bajo un mismo techo», explica el
párroco. «¡Fenomenal!», le interrumpen los chicos.
La reacción de la comunidad
parroquial ha sido también ejemplar, pues desde el principio «lo aceptaron
fenomenal, se volcaron con ayudas incluso. Ellos conocen a los chicos, los que
son cristianos participan en la Misa y ya hemos tenido varios encuentros todos
juntos.
Con el grupo de jóvenes de
la parroquia hay muy buena relación y los viernes cenamos aquí todos juntos. Y
juntos participamos también de algo que se le ocurrió a Yves y que él mismo
practicaba en su país como miembro de la Comunidad de Sant’ Egidio: llevar algo
de cena a la gente del barrio que duerme en la calle, con la intención de
iniciar una pequeña amistad y que se animen a venir por la parroquia cuando
necesiten ayuda».
Además, uno de ellos,
Moses, está en el equipo de rugby de la Universidad Complutense, y juntos han
formado un equipo de fútbol que se ha incorporado a la liga de la vicaría. «Se
han incorporado de manera natural entre nosotros, en la vida normal de la parroquia»,
comenta Fran, porque como le decía Alberto, uno de los chicos españoles que
vive con ellos, cuando todavía se estaban planteando dar el paso: «si vienen,
tiene que ser a casa. No puede ser habilitar cualquier cosa y ya está. Si
vienen, tienen que venir a casa». Y así lo han hecho.
Juan Luis Vázquez
Díaz-Mayordomo
Fuente: Alfa y Omega
