El Papa jesuita recordó la labor de la Compañía de Jesús en el Colegio Pío Latinoamericano
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| 2018.11.15 Comunidad del Pontificio Colegio Pío Latinoamericano (Vatican Media) |
El
Santo Padre recibió al mediodía a los miembros del Pontificio Colegio Pío
Latinoamericano, que celebra el 160 aniversario. Es de los pocos Colegios
romanos que su identidad no se refiere a una Nación o carisma, sino que busca
ser el lugar de encuentro, en Roma, de nuestra tierra latinoamericana, dijo el
Papa, la Patria Grande como gustaban soñar nuestros próceres
“Y
así fue soñado el Colegio y así es querido por sus obispos que priorizan esta
casa brindándoles a ustedes, jóvenes sacerdotes, la oportunidad de gestar una
mirada, una reflexión y una experiencia de comunión expresamente
“latinoamericanizada””.
La labor de los jesuitas en el Pio latinoamericano
El
Papa jesuita recordó la labor de la Compañía de Jesús en el Colegio Pío
Latinoamericano. Una de las notas distintivas del carisma de la Compañía es la
de buscar armonizar las contradicciones sin caer en reduccionismos. Así lo
quiso san Ignacio al pensar en los jesuitas como hombres contemplativos y de
acción, hombres de discernimiento y de obediencia, comprometidos en lo
cotidiano y libres para partir.
La
misión que la Iglesia pone en las manos de este colegio, pide al Colegio
sabiduría y dedicación para que el tiempo que los muchachos estén en la casa
puedan nutrirse de este don de la Compañía, aprendiendo a armonizar las
contradicciones que la vida les presenta y les presentará sin caer en
reduccionismos, ganando en espíritu de discernimiento y libertad. Enseñar a
abrazar los problemas y conflictos sin miedo; a manejar el disenso y la
confrontación. Enseñar a develar todo tipo de discurso “correcto” pero
reduccionista, es tarea crucial de quienes acompañan a sus hermanos en la
formación.
Ayúdenlos,
pidió Francisco, a descubrir el arte y gusto del discernimiento como modo de
proceder para encontrar, en medio de las dificultades, los caminos del Espíritu
gustando y sintiendo internamente al Deus semper maior. Sean maestros de
grandes horizontes y, a la vez, enseñen a hacerse cargo de lo pequeño, a
abrazar a los pobres, a los enfermos y a asumir lo concreto del día a día. Non
coereceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est.
La figura de San Oscar Romero
El
sacerdote tiene como misión la pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, es
pasión por su pueblo. Es aprender a mirar donde él mira y a dejarnos conmover
por lo mismo que él se conmueve: sentimientos entrañables por la vida de sus
hermanos, especialmente de los pecadores y de todos los que andan abatidos y
fatigados como ovejas sin pastor. Nunca acurrucarse en cobertizos personales o
comunitarios que nos alejen de los nudos donde se escribe la historia.
El
Papa de allí, recordó la canonización de san Óscar Romero, exalumno de este
colegio y signo vivo de la fecundidad y santidad de la Iglesia Latinoamericana.
Un hombre enraizado en la Palabra de Dios y en el corazón de su pueblo. Esta
realidad nos permite tomar contacto con esa larga cadena de testigos en la que
se nos invita a enraizarnos e inspirarnos cada día, especialmente en este
tiempo que ustedes, dijo, están “fuera de casa”.
Un continente polarizado socialmente
Seguidamente
el papa recordó la difícil situación que vive el continente: la fragmentación
cultural, la polarización del entramado social y la pérdida de raíces. Esto se
agudiza, añadió, cuando se fomentan discursos que dividen y propagan distintos
tipos de enfrentamientos y odios hacia quienes “no son de los nuestros”,
inclusive importando modelos culturales que poco o nada tienen que ver con
nuestra historia e identidad y que, lejos de mestizarse en nuevas síntesis como
en el pasado, terminan desarraigando a nuestras culturas de sus más ricas y
autóctonas tradiciones.
Y
hacia allá van los jóvenes, tienen el riesgo de convertirse en ¡Nuevas
generaciones desarraigadas y fragmentadas! La Iglesia no es ajena a la
situación y está expuesta a esta tentación; sometida al mismo ambiente corre el
riesgo de desorientarse al quedar presa de una u otra polarización o
desarraigada si se olvida su vocación a ser tierra de encuentro. El Papa dijo
además que en la Iglesia se sufre la invasión de las colonizaciones
ideológicas. De ahí la importancia de este tiempo en Roma y especialmente en el
Colegio: poder crear
lazos y alianzas de amistad y fraternidad.
La acción del Pio latinoamericano contra estas
divisiones
El
“Pío” puede ayudar mucho a crear una comunidad sacerdotal abierta y creativa,
alegre y esperanzadora, si sabe ayudarse y socorrerse, si es capaz de
enraizarse en la vida de los otros, hermanos hijos de una historia y patrimonio
común, parte de un mismo presbiterio y pueblo latinoamericano. Una comunidad
sacerdotal que descubre que la mayor fortaleza con la que cuenta para construir
la historia nace de la solidaridad concreta entre ellos, y sigue mañana entre
sus Iglesias y pueblos para ser capaces de trascender lo meramente “parroquial”
y liderar comunidades que sepan abrirse a otros para entretejer y curar la
esperanza.
Nuestro
continente, marcado por viejas y nuevas heridas necesita artesanos de relación
y de comunión, abiertos y confiados en la novedad que el Reino de Dios puede
suscitar hoy. Y un sacerdote en su parroquia, en su diócesis puede hacer
mucho pero también corre el riesgo de quemarse, aislarse o cosechar para sí,
advirtió el Santo Padre. Sentirse parte de una comunidad sacerdotal, en
la que todos son importantes logra despertar y animar procesos y dinámicas
capaces de trascender el tiempo. Este sentido de pertenencia y reconocimiento
ayudará “a desatar y estimular creativamente renovadas energías misioneras que
impulsen un humanismo evangélico capaz de convertirse en inteligencia y fuerza
propulsora en nuestro continente”.
Sin
este sentido de pertenencia y de trabajo codo a codo, dijo el Papa la comunidad
eclesial corre el riesgo de dispersarse, debilitarse y privar a tantos hermanos
de la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo y de una
comunidad de fe que dé horizonte de sentido y vida. Y así, añadió, casi sin
darnos cuenta, terminaremos por ofrecer a América un «Dios sin Iglesia, una
Iglesia sin Cristo, un Cristo sin pueblo» o, si queremos decirlo de otro modo,
un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo... puro
gnosticismo reelaborado. La vida del presbítero diocesano vive de esta
identificación y pertenencia.
No
le tengan miedo a la santidad y a gastar la vida por su gente. Y en este camino
de mestizaje cultural y pastoral nuestra Madre nos acompaña. Ella quiso
mostrarse así, mestiza y fecunda, y así está junto a nosotros, Madre de ternura
y fortaleza que nos rescata de la parálisis o la confusión del miedo porque
simplemente está allí, como Madre. Hermanos sacerdotes: No la olvidemos y,
confiadamente, pidámosle que nos enseñe el camino, que nos libre de la
perversión del clericalismo, nos haga cada día más “pastores de pueblo” y no
permita que nos convirtamos en “clérigos de Estado”.
Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano
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