4. La Asunción de María
Al cielo los ángeles
llevan
Riqueza, perfección,
santidad
Risueña Señora de todos,
Imitarte yo quiero y
llegar
Bien puro y lleno de
humildad,
A las cumbres con Dios y
ahí morar.
La Virgen es la criatura
que Dios hizo con tal perfección que Él mismo quiso nacer de ella. Sin pecado
antes de nacer y sin pecado durante su vida, no era adecuado que muriera y
permaneciera enterrada en un sepulcro, ya que la muerte es consecuencia del
pecado.
No sabemos cómo fue el final
de sus días en la tierra, quizá antes de ir hacia ARRIBA murió queriendo
solidarizarse con Jesús y con todos sus demás hijos que hemos de morir...
Pero finalmente ¿quién
puede decidir sobre su muerte? Sólo Dios, Él es el Señor, también de la vida y
de la muerte, y si Él quiso que su Madre no muriera, perfectamente pudo
llevársela al cielo al terminar sus días en la tierra, pasando de este mundo
al cielo a través de una dormición.
Lo que sí hemos de
afirmar es que su cuerpo no permaneció aquí, en este mundo, terminó sus días en
la tierra y subió al cielo, pero no por su propia fuerza, pues los hombres no
podemos subir por nosotros mismos, los ángeles la llevan: —Al cielo los ángeles
llevan.
Cuando Jesús subió a los
cielos, María permaneció aquí en la tierra, fueron largos años... para algo la
dejó Dios aquí, aunque ya era perfecta y santa, algo le agregaría el permanecer
en esta tierra... su vida se estaba completando, estaba alcanzando la perfección
que con la experiencia y el paso del tiempo alcanzamos los seres humanos. Al
cielo los ángeles llevan riqueza, perfección, santidad.
¿Quién no ha sentido una
sonrisa incontenible al ver a un ser querido? Pues la Virgen, llena de gracia,
siempre sonriente, “causa de nuestra alegría” es capaz de ayudarnos a
mantenernos siempre alegres con sólo mirarla... Risueña Señora de todos,
imitarte yo quiero. Pero para estar siempre alegre, he de vivir pendiente de
Dios, no de mí.
Yo con mis cosas, y mis
problemas... eso no me puede causar felicidad... lo que sí me puede hacer feliz
es Dios en mí, con su amor dentro de mí y sus acciones en mí... al fin de
cuentas he de ser humilde: alegrarme en Dios y en lo que Él hace conmigo (cfr.
Lc 1, 46-49). Quiero llegar bien puro y lleno de humildad, a las cumbres con
Dios y ahí morar.
Con permiso del autor: Juan Pablo Lira
Fuente: 20 palabras para meditar los misterios del Rosario
