20 PALABRAS PARA MEDITAR LOS MISTERIOS DEL ROSARIO. 4º. MISTERIO GLORIOSO

4. La Asunción de María

Al cielo los ángeles llevan
Riqueza, perfección, santidad
Risueña Señora de todos,
Imitarte yo quiero y llegar
Bien puro y lleno de humildad,
A las cumbres con Dios y ahí morar.

La Virgen es la criatura que Dios hizo con tal per­fección que Él mismo quiso nacer de ella. Sin peca­do antes de nacer y sin pecado durante su vida, no era adecuado que muriera y permaneciera enterra­da en un sepulcro, ya que la muerte es consecuen­cia del pecado.

No sabemos cómo fue el final de sus días en la tierra, quizá antes de ir hacia ARRIBA murió queriendo solidarizarse con Jesús y con todos sus demás hijos que hemos de morir...

Pero finalmente ¿quién puede decidir sobre su muerte? Sólo Dios, Él es el Señor, también de la vida y de la muerte, y si Él quiso que su Madre no muriera, perfectamente pudo llevársela al cielo al terminar sus días en la tie­rra, pasando de este mundo al cielo a través de una dormición. 

Lo que sí hemos de afirmar es que su cuerpo no permaneció aquí, en este mundo, terminó sus días en la tierra y subió al cielo, pero no por su propia fuerza, pues los hombres no podemos subir por nosotros mismos, los ángeles la llevan: —Al cielo los ángeles llevan.

Cuando Jesús subió a los cielos, María permane­ció aquí en la tierra, fueron largos años... para algo la dejó Dios aquí, aunque ya era perfecta y santa, algo le agregaría el permanecer en esta tierra... su vida se estaba completando, estaba alcanzando la per­fección que con la experiencia y el paso del tiempo alcanzamos los seres humanos. Al cielo los ángeles llevan riqueza, perfección, santidad.

¿Quién no ha sentido una sonrisa incontenible al ver a un ser querido? Pues la Virgen, llena de gra­cia, siempre sonriente, “causa de nuestra alegría” es capaz de ayudarnos a mantenernos siempre alegres con sólo mirarla... Risueña Señora de todos, imitarte yo quiero. Pero para estar siempre alegre, he de vivir pendiente de Dios, no de mí.

Yo con mis cosas, y mis problemas... eso no me puede causar felicidad... lo que sí me puede hacer feliz es Dios en mí, con su amor dentro de mí y sus acciones en mí... al fin de cuentas he de ser humilde: alegrarme en Dios y en lo que Él hace conmigo (cfr. Lc 1, 46-49). Quiero lle­gar bien puro y lleno de humildad, a las cumbres con Dios y ahí morar.

Con permiso del autor: Juan Pablo Lira

Fuente: 20 palabras para meditar los misterios del Rosario