El hombre libre es el hombre que se somete a Dios para servir a los demás con la entrega de su propia vida
Se ha dicho que el cristianismo,
con su invitación a servir a los demás desde el último puesto y a practicar la
humildad y mansedumbre, ha creado una moral de débiles y esclavos, que no
genera hombres libres.
El cristianismo habría hecho
añicos la moral de los fuertes y poderosos, que pretenden dominar a los demás mediante
actitudes opuestas a las del evangelio.
Ser obediente, manso,
humilde y servidor sería propio de esclavos. Gozar de poder y disponer de los
demás en beneficio propio sería lo adecuado a los hombres libres.
Es evidente que Cristo, en
su encarnación, ha trastocado la moral dominante en su tiempo, tanto en el mundo helenístico como en el
mundo judío. Pero no para crear un pueblo de esclavos, sino para establecer la
verdadera libertad, que nos libera de nosotros mismos, del orgullo que
caracteriza la naturaleza caída del hombre.
Hablamos de naturaleza caída
en referencia al pecado de origen que nos dejó postrados en la desobediencia a
Dios y en el afán de dominar a nuestros semejantes. Sin aceptar que el hombre
ha sufrido una caída que ha trastocado su naturaleza es imposible entender el
desorden moral que afecta a todo el género humano.
La encarnación de Cristo,
que —no lo olvidemos— es la del Hijo de Dios que viene a restaurar nuestra
naturaleza, ha introducido en el mundo un nuevo principio de moralidad, que nos
permite sanar nuestra libertad y orientarla al bien a pesar de las dificultades
que conocemos. En el evangelio de hoy, cuando Jesús descubre que sus discípulos,
después de anunciarles su destino de muerte, discutían entre ellos quién era el
mayor y más importante en el Reino de los cielos, los
reúne como Maestro para explicarles los fundamentos de su Reino: el que quiera
ser el primero que sea el último y el servidor de todos. Entender esto es
necesario para ser cristiano.
En la última cena, Jesús lo
explica con una parábola en acción cuando se ciñe la toalla a la cintura y lava
los pies de los doce. ¿Es esto hacerse esclavo? Evidentemente, sí. Jesús toma
la forma de esclavo, como dice san Pablo. Y haciéndolo, revoluciona la moral,
porque nos pone a todos en disposición de servir a los demás. ¿No es esto lo
que tanto cacareamos para quedar bien en la sociedad? ¿No decimos que la
autoridad es servicio? ¿Y no censuramos a quienes se aprovechan del poder
político en beneficio propio? ¿Y no ha caído la Iglesia con frecuencia en
actitudes que no son las de Cristo?
Para que todo quede aún más
claro, Jesús toma a un niño, lo coloca en el centro de los discípulos, lo abraza
y dice: «Quien recibe a un niño de estos en mi nombre a mí me recibe, y quien
me recibe a mí, recibe a quien me envió». Es sabido que en tiempos de Jesús,
tanto en el mundo griego como en el judío, los niños valían poco. Y, si eran
huérfanos, pertenecían al grupo de los marginados. Al dar valor al niño, como
signo del mismo Cristo y del Padre, Jesús está sirviéndose de lo que no cuenta
para condenar la moral del orgullo y del poder, que corrompe al hombre mediante
el dominio despótico de los demás.
Esta moral ha sido vencida
por la moral de la humildad, el servicio y la caridad. Y su fundamento está en
el mismo Dios, que asumió nuestra carne para, dejando la forma y la gloria de
Dios, aparecer como un hombre más en medio de los hombres. Esta es la verdadera
moral del hombre libre. Es el hombre que se somete a Dios para servir a los
demás con la entrega de su propia vida.
Este hombre libre reconoce
que es mejor hacerse esclavo de Dios que de cualquier otro poder que, en
definitiva, le hace esclavo de su propio orgullo hasta conducirlo al
endiosamiento de sí mismo. Ya sabemos a dónde conduce este camino.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
