Con la Navidad, las
iglesias de Irak vuelven a tener vida
En
Bagdad, los católicos van a rezar a la catedral Sayidat al-Najat. La
misma catedral que fue objeto de un terrible atentado en octubre de 2010. Más
de 58 cristianos perecieron mientras dos jóvenes sacerdotes celebraban la misa.
La carnicería, reivindicada por un autodenominado Estado Islámico entonces
emergente, marcó al conjunto de los cristianos de Irak. En 2012, el Gobierno
financió por completo las renovaciones aportando diez millones de dólares. Un
gran gesto para mostrar su apoyo a una comunidad cristiana ya antes perseguida.
La
iglesia hoy está radiante y nueva, pero el recuerdo de las víctimas sigue
omnipresente y doloroso. Grandes banderas con la efigie de los mártires
presiden la catedral. También se ha inaugurado un museo en la cripta en memoria
de aquellos cristianos ejecutados sin más motivo que el de asistir al oficio.
Monseñor Youssif Abba, arzobispo siriaco, nos confiesa: “Hoy la catedral está
protegida con paredes blindadas, con soldados, para evitar cualquier intrusión
asesina. Los feligreses todavía están en shock, pero permanecen fieles”.
El arzobispo ya solamente se desplaza en su coche. Se ve obligado a vivir en un
enclave vigilado, lejos de la población. Sin embargo, eso no le impide visitar
regularmente a sus feligreses, especialmente a la comunidad de “cristianos
desplazados”.
La iglesia como epicentro
A
pocos kilómetros de la catedral, se ha establecido un campamento de refugiados
cristianos donde se han alojado unas 90 familias de la llanura de Nínive. En un
terreno baldío, líneas de bungalows, generadores para garantizar una
electricidad mínima, una vida en reclusión. Estos cristianos, traumatizados por
Daesh, dudan de si volver a sus casas. Ante todo existe el temor de no
encontrar un trabajo y descubrir sus hogares destruidos o quemados. No es fácil
dejar esta vida precaria en Bagdad para empezar de nuevo y reconstruirlo todo.
Para evitar hundirse en la ociosidad y la melancolía, la iglesia local, bajo el
impulso del obispo, anima el campamento con múltiples actividades parroquiales.
El
corazón palpitante de este pueblo improvisado sigue siendo la iglesia. No sirve
únicamente para celebrar la misa. Todavía se planifican bodas, todavía se dan
clases, también encontramos, en las cercanías, las oficinas de los responsables
del campamento. La iglesia es el epicentro de la vida social. Saïd, cristiano y
padre de familia de 58 años, se sienten tranquilo allí. “El Abouna (el Padre en
árabe) dice una misa diaria. Las mujeres colaboran mientras los hombres rumian
sobre su hipotético regreso a casa”. Monseñor Abba viste los hábitos de pastor,
pero también de padre. Su presencia tranquiliza. Es como un líder tribal que
tiene la difícil responsabilidad de mantener la esperanza.
Cristo, último consuelo
Más
al norte, en el pueblo de Kirkouk, la situación es diferente. La catedral del
Sagrado Corazón reúne a todos los cristianos caldeos del barrio. La misa
dominical es presidida por Mons. Yousif Thomas Mirkis, obispo del lugar.
Durante su homilía, el obispo devuelve la esperanza con la llegada de la
Navidad. Jesús es “el camino, la verdad, la vida”. La congregación, numerosa,
entona con gran fervor cantos litúrgicos en árabe, reza con una rara
intensidad. Desde el querubín hasta Malika, abuela de nueve nietos, todos
cantan el Aleluya con una misma voz. Los rostros tienen una expresión grave;
Cristo parece ser el único y último consolador.
En
este tiempo de Adviento, la fe en el renacimiento, en un futuro más pacífico,
adquiere todo su sentido. Los rostros de estos cristianos “supervivientes”
muestran una misma armonía, un mismo ímpetu hacia Dios. La atención pastoral se
está extendiendo de nuevo. Como la mítica tumba de Mar Behnam, el alto lugar de
peregrinación en Irak que, gracias a los obreros cristianos y al equipo de
Fraternidad en Irak, renace de sus cenizas…
Un
reportaje desde Irak por Maxime Dalle
Aleteia
Francés
