Hace exactamente 10 años
se fue dejando una enseñanza cada vez más vigente
No
suele ocurrir que los cardenales de Roma presenten su renuncia reglamentaria
para regresar a vivir en un pueblo de dos calles. A Juan Pablo II le costó aceptarla.
Corrió
la arruga por un tiempo hasta que no le quedó más remedio que dejarlo ir, no
sin antes escribir una hermosa carta donde dejaba constancia de su
agradecimiento al servicio prestado por tantos años de trabajo en la Santa
Sede. Desde Pablo VI hasta Juan Pablo II, el cardenal venezolano Rosalio
Castillo Lara cumplió su misión en Roma gozando del aprecio, confianza y
cariño de ambos pontífices.
Por
40 años estuvo ausente de su querida patria a la que jamás dejó de añorar, ni
siquiera por haber cumplido dos tareas que pocas veces son asignadas a un mismo
cardenal: administrar la Santa Sede y gobernar la Ciudad del Vaticano. De
hecho, los funcionarios bromeaban con las placas de los automóviles diciendo:
“SCV significa que aquí las cosas se hacen Si Castillo Vuole”, si Castillo
quiere.
Dejó
huella indeleble por sus iniciativas destinadas, entre otros objetivos, a
sanear las cuentas, recaudar para las iglesias de países necesitados, restaurar
la Capilla Sixtina, remozar los museos vaticanos y construir la Casa de Santa
Marta, actual residencia del papa Francisco.
Pero
la razón por la cual lo crearon cardenal fue su ardua y eficiente labor para
reformar el Código Canónico después de 150 años sin ser tocado. Las consultas,
las mesas de trabajo, las discusiones, las redacciones, todo fue coordinado
para conseguir lo que ninguno de sus colegas creía posible: culminar en tres
años plazo. Benedicto XVI formó parte de la comisión que dirigía el
entonces monseñor Castillo Lara. Finalmente, llegó el capelo cardenalicio y con
él nuevos retos.
Pero
quiso continuar en su tierra natal, a la que sentía debía la dedicación, cuido
y amor de pastor. Desde los 11 años salió hacia el seminario salesiano y
fueron pocas y cortas las veces que su intenso trabajo alrededor del mundo le
permitió volver a ese pueblo de Guiripa, enclavado entre verdes y alegres
colinas del estado Aragua, cobijado bajo la protección de María Auxiliadora: su
familia, de agricultores del cacao, eran cooperadores salesianos desde antes de
la llegada de los hijos de Don Bosco a Venezuela. Motivaron la devoción que hoy
se mantiene gracias a las obras sociales que promovieron y a la edificación de
la primera basílica dedicada a esa advocación mariana en el continente.
El
cardenal Castillo Lara regreso al país 10 años antes de su muerte, convencido
de que podría desarrollar una importante labor de evangelización entre sus
coterráneos. Coincidió su llegada con la irrupción del chavismo que
pronto mostraría su aversión por los prelados de la Iglesia, sobre todo si eran
críticos y frontales como Castillo.
La
familia Castillo es conocida por aportar un sacerdote a la Iglesia en cada
generación. El tío del cardenal fue arzobispo de Caracas, un digno y admirado
prelado que quiso terminar su trayecto de vida como sencillo párroco en una
zona popular de la capital. El sobrino del cardenal Castillo, Raúl Biord
Castillo, heredero de su dinamismo pastoral, es ahora uno de los más jóvenes
obispos venezolanos a quien le ha sido confiada una de las diócesis más
complejas y populosas: La Guaira, en el litoral central.
En
la concurrida Eucaristía celebrada en su recuerdo –la cual tuvo lugar en el
emblemático templo salesiano Don Bosco de Caracas el lunes pasado- oficiada por
el cardenal Baltazar Porras, acompañado por varios sacerdotes salesianos, Mons
Biord dijo en la homilía:
“Lo
que tal vez no podía imaginar el cardenal Castillo, era que la fuerza divina
que lo animaba a volver al país, no era sólo el llamado al apostolado en la
pequeña aldea nativa, sino que Dios lo destinaba a convertirse en Pastor para
todo el pueblo venezolano. Poco a poco, y sin buscarlo, su alta figura moral
fue emergiendo en medio de los tiempos difíciles de la patria. Llegó a ser
consejero, vigía y atalaya. Con sabiduría, vislumbraba los problemas en el
horizonte, y prodigaba su palabra sencilla y profunda, como un padre preocupado
por sus hijos”.
Era
un pastor lleno de coraje, que alzaba su voz cuando los riesgos convocaban al
silencio. Imposible olvidar uno de los momentos de mayor impacto de los turbulentos
tiempos recientes cuando, al final de una de las multitudinarias procesiones
con la Divina Pastora en Barquisimeto(estado Lara), un par de años antes
de su muerte, el combativo cardenal retó al gobierno presentando el
panorama de abandono y sufrimiento que deparaban sus equivocadas políticas
económicas y sociales; pero también, como aldabonazo a la conciencia del pueblo
venezolano, dejó un alerta que hoy se repite casi como una oración:
“Nuestro
Señor Jesucristo, ha querido quizás darnos una buena lección, debido a nuestras
infidelidades por no haber sabido aprovechar los dones que nos dio en esta
tierra venezolana tan fértil y rica, de una población inteligente, trabajadora
y generosa, y por no haber ayudado debidamente a los más necesitados y no haber
vivido limpiamente nuestra Fe cristiana. Ayúdanos dulce Divina Pastora, a
aprender la lección y danos a todos la claridad de la mente para conocer y
evitar el peligro, así como la fuerza para superar democráticamente este
momento difícil”.
Macky
Arenas
