Quien ha tenido la gracia
de abrazar la resurrección de Jesús puede todavía esperar en lo inesperado
Los
mártires de todo tiempo, con su fidelidad a Cristo, narran que la injusticia no
es la última palabra en la vida”, con estas palabras el Papa Francisco
reflexionó en la Audiencia General del primer miércoles de octubre, sobre el
tema de los misioneros de esperanza hoy.
Texto de la catequesis del
Papa Francisco
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En
esta catequesis quiero hablar sobre el tema “Misioneros de esperanza hoy”.
Estoy contento de hacerlo al inicio del mes de octubre, que en la Iglesia está
dedicado de modo particular a la misión, y también en la fiesta de San
Francisco de Asís, que ha sido ¡un gran misionero de esperanza!
De
hecho, el cristiano nos es un profeta de desgracias. ¿Han entendido esto?
Nosotros no somos profetas de desgracias. La esencia de su anuncio es lo
contrario, lo opuesto a las desgracias: es Jesús, muerto por amor y que Dios lo
ha resucitado la mañana de Pascua. Y este es el núcleo de la fe cristiana. Si
los Evangelios se detuvieran en la sepultura de Jesús, la historia de este
profeta iría a agregarse a las tantas biografías de personajes heroicos que han
dado la vida por un ideal. El Evangelio sería entonces un libro edificante,
también consolador, pero no sería un anuncio de esperanza.
Pero
los Evangelios no se cierran con el viernes santo, van más allá; y es
justamente este fragmento sucesivo el que transforma nuestras vidas. Los
discípulos de Jesús estaban desconsolados ese sábado después de su crucifixión;
aquella piedra colocada en la puerta del sepulcro había cerrado también los
tres años de entusiasmo vividos por ellos con el Maestro de Nazaret. Parecía
que todo había terminado, y algunos, desilusionados y atemorizados, estaban ya
dejando Jerusalén.
¡Pero
Jesús resucita! Este hecho inesperado cambia e invierte la mente y el corazón
de los discípulos. Porque Jesús no resucita solo por sí mismo, como si su
renacer fuera una prerrogativa del cual estar celosos: si asciende hacia el
Padre es porque quiere que su resurrección sea participada a todo ser humano, y
lleve a lo alto toda creatura. Y el día de Pentecostés los discípulos son
transformados por el soplo del Espíritu Santo. No tendrán solamente una buena
noticia para llevar a todos, sino serán ellos mismos diferentes de antes, como
renacidos a una vida nueva. La resurrección de Jesús nos transforma con la
fuerza del Espíritu Santo. Jesús está vivo, está vivo en medio de nosotros,
está vivo y tiene esa fuerza para transformarnos.
¡Cómo
es bello pensar que se es anunciador de la resurrección de Jesús no solamente
con palabras, sino con los hechos y con el testimonio de vida! Jesús no quiere
discípulos capaces sólo de repetir fórmulas aprendidas a memoria. Quiere
testigos: personas que propagan esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de
amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la resurrección hace a los
cristianos capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus
razones. Hay “algo más” que habita en la existencia cristiana, y que no se
explica simplemente con la fuerza de ánimo o un mayor optimismo. ¡No! La fe,
nuestra esperanza no es sólo un optimismo; es otra cosa más. Es como si los
creyentes fueran personas con un “pedazo de cielo” de más sobre la cabeza. ¡Es
bello esto, eh! Nosotros somos personas con un pedazo de cielo de más sobre la
cabeza, acompañados por una presencia que alguno no logra ni siquiera intuir.
Así
la tarea de los cristianos en este mundo es aquella de abrir espacios de
salvación, como células de regeneración capaces de restituir linfa a lo que
parecía perdido para siempre. Cuando el cielo esta nublado, es una bendición
quién sabe hablar del sol. Es esto, el verdadero cristiano es así: no triste y
amargado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, que ningún mal es
infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente
equivocado, ningún odio es invencible por el amor.
Cierto,
algunas veces los discípulos pagarán a caro precio esta esperanza donada a
ellos por Jesús. Pensemos en tantos cristianos que no han abandonado a su
pueblo, cuando ha llegado el tiempo de la persecución. Se han quedado ahí,
donde era incierto incluso el mañana, donde no se podía hacer proyectos de
ningún tipo, se han quedado esperando en Dios. Y pensemos en nuestros hermanos,
en nuestras hermanas de Oriente Medio que dan testimonio de esperanza y también
ofrecen la vida por este testimonio. Y ellos son verdaderos cristianos. Ellos
llevan el cielo en el corazón, miran más allá, siempre más allá.
Quien
ha tenido la gracia de abrazar la resurrección de Jesús puede todavía esperar
en lo inesperado. Los mártires de todo tiempo, con su fidelidad a Cristo,
narran que la injusticia no es la última palabra en la vida. En Cristo
resucitado podemos continuar esperando. Los hombres y las mujeres que tienen un
“por qué” vivir resisten más que los demás en los tiempos de desgracia. Pero
quien tiene a Cristo a su propio lado de verdad no teme más nada. Y por esto
los cristianos no son jamás hombres fáciles y acomodados, los verdaderos
cristianos, ¿no? Su humildad no se debe confundir con un sentido de inseguridad
y de condescendencia. San Pablo anima a Timoteo a sufrir por el Evangelio, y
dice así: «el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de
fortaleza, de amor y de sobriedad» (2 Tim 1,7). Caídos, se levantan siempre.
Es
por esto, queridos hermanos y hermanas, que el cristiano es un misionero de
esperanza. No por su mérito, sino gracias a Jesús, el grano de trigo que, cae
en la tierra, ha muerto y ha dado mucho fruto (Cfr. Jn 12,24). Gracias.
Traducción
del italiano, Renato Martínez
Radio Vaticano