Hagamos
memoria de la misericordia de Dios con nosotros, no en abstracto, sino en la
concreción de su perdón cada vez que hemos acudido a él
La parábola del siervo que
recibe de su señor el perdón de una enorme deuda y que, a su vez, se niega a
condonar a un compañero una pequeña cantidad de dinero, es utilizada por Jesús
para enseñarnos una verdad que nos cuesta aprender y vivir: que debemos perdonar
como Dios perdona.
La parábola tiene su origen
en una pregunta de Pedro a Jesús: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le
tengo que perdonar, hasta siete veces?». Jesús, mediante un juego de palabras
con el número siete, símbolo de perfección en el judaísmo, le responde: «No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que equivale a decir,
siempre que te lo pida.
Y, para aclarar esto, Jesús
cuenta la parábola que se lee este domingo. Dios se esconde detrás del señor
indulgente que perdona todo, mientras que el hombre queda retratado en el
siervo sin entrañas que mete en la cárcel a su deudor. Al conocer la mezquindad
del siervo, el señor, indignado, le condena a los verdugos hasta que pague toda
su deuda. Jesús termina la parábola con esta enseñanza: «Lo mismo hará con
vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
El Papa Francisco ha
repetido hasta la saciedad, especialmente durante el año jubilar de la
misericordia, que Dios no se cansa de perdonar, porque su amor es infinito. A
todos nos consuela y conforta escuchar este mensaje, que es el centro del
evangelio. Todos necesitamos el perdón de Dios que nos libre del peso de
nuestras culpas. Cada uno conoce las suyas, pero todos somos pecadores redimidos
por el Señor.
Sin embargo, no escuchamos
con la misma alegría y satisfacción la consecuencia de este perdón de Dios:
también nosotros debemos hacer lo mismo con quien nos ofende. Nuestra
admiración por la misericordia termina cuando somos nosotros quienes debemos
aplicarla. Entonces comprendemos que perdonar es un atributo de Dios y no tanto
de los hombres. Por eso Jesús pone siempre el ejemplo de Dios capaz de perdonar
todo tipo de pecados y borrarlos de nuestra historia personal, para invitarnos
a hacer lo mismo con nuestros semejantes.
En la oración del Señor, el
Padre nuestro, nos comprometemos a esto cuando decimos: «Perdona nuestras
ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». ¡Qué
comprometido es decir cómo! Porque si es como lo hace Dios, seremos perdonados;
pero si no es como Dios, tampoco él nos perdonará a nosotros, según la parábola
de este domingo.
El orgullo del hombre es la
razón por la que le cuesta tanto
perdonar. El amor propio herido nos impide rebajarnos, humillarnos y olvidar
las ofensas. Incluso cuando perdonamos nos falta con frecuencia dar el paso
último de Dios: olvidar la ofensa, borrarla de nuestra memoria. Para ayudarnos
en este ejercicio de virtud, que nos asemeja a Dios, bastaría recordar por un
momento todo lo que Dios me ha perdonado, lo que nunca me echará en cara una
vez absuelto de mis pecados.
Esta debe ser nuestra
actitud con los demás. «Todo hombre, escribe san Agustín, es un deudor que, a
su vez, tiene acreedores, Por eso Dios, que es justo, te ha dado para con tu
deudor una regla que él mismo observará contigo. Existen, en efecto, dos obras
de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha expuesto brevemente en
el evangelio: Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará. La primera trata
del perdón y la segunda de la caridad».
Hagamos memoria de la
misericordia de Dios con nosotros, no en abstracto, sino en la concreción de su
perdón cada vez que hemos acudido a él. Aprendamos su medida para que así él no
tenga que aplicar la nuestra cuando supliquemos la clemencia que no estamos
dispuestos a conceder a otros.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
