… Que vergüenza por la
sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, de niños, de
emigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su
pertenencia étnica, social o por su fe en ti…
Al
finalizar el Via
Crucis del Viernes Santo en
el Coliseo de Roma, lugar de martirio de los primeros cristianos, el Papa
Francisco se dirigió a los presentes y rezó una extensa y sentida oración de
desagravio por las ofensas de la humanidad a Cristo en la cruz.
A
continuación, el texto completo de la oración:
Oh
Cristo, dejado solo y traicionado también por los tuyos. Oh Cristo, juzgado por
los pecadores y condenado por los jefes. Oh Cristo, golpeado en tu carne,
coronado de espinas, vestido de púrpura. Oh Cristo, atrozmente clavado. Oh
Cristo, atravesado por la lanza que ha partido tu corazón. Oh Cristo, muerto y
sepultado. Tú que eres el Dios de la vida y de la existencia. Oh Cristo,
nuestro único Salvador, volvemos otra vez a ti este año con los ojos bajados de
vergüenza y con el corazón lleno de esperanza.
Qué
vergüenza por todas las imágenes de devastación y de destrucción, de
naufragios, que se han convertido en ordinarias para nosotros. Vergüenza por la
sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, de niños, de
emigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su
pertenencia étnica, social o por su fe en ti.
Vergüenza
por las demasiadas veces que, como Judas y como Pedro, te hemos vendido y
traicionado, y abandonado, para morir por nuestros pecados, escapando como
cobardes de nuestras responsabilidades.
Vergüenza
por nuestro silencio frente a la injusticia, por nuestras manos vagas para dar
y ávidas para quitar y confiscar, por nuestra voz que defiende nuestros
intereses y tímida para hablar de los intereses de los otros, por nuestros pies
veloces sobre el camino del mal y paralizados sobre el del bien.
Vergüenza
por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y
consagradas, hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia, y hemos
olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, nuestra total
disponibilidad, dejando arruinado nuestro corazón y nuestra vocación.
Tanta
vergüenza, Señor… Pero nuestro corazón también está nostálgico de la esperanza
confiada en que tú nos tratas no según nuestros méritos, sino según la
abundancia de tu misericordia; que nuestras traiciones no hacen venir a menos
la inmensidad de tu amor; que tu corazón materno y paterno no nos olvida por la
dureza de nuestras vísceras.
La
esperanza segura de que nuestros nombres están escritos en tu corazón y que
estamos colocados en la pupila de tus ojos. La esperanza de que tu cruz
transforma nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de
soñar, de perdonar y de amar; que transforma esta tenebrosa noche de tu cruz en
alba fulgurante de tu resurrección.
La
esperanza de que tu fidelidad no se basa en la nuestra, la esperanza de que la
lista de hombres y mujeres fieles a la cruz continua y continuará a vivir fiel
como la levadura que da sabor, y como la luz que abre nuevos horizontes en el
cuerpo de nuestra humanidad herida.
La
esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la
humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal cuando vengas a juzgar
a los vivos y a los muertos. La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su
aparente fracaso.
Señor
Jesús, hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante de tu
misterio de muerte y de gloria, ante tu patíbulo nos arrodillamos avergonzados
y esperanzados, y te pedimos que nos laves en el lavatorio de la sangre y del
agua que brotaron de tu corazón abierto.
Perdona
nuestros pecados y nuestras culpas. Te pedimos que te acuerdes de nuestros
hermanos arrancados por la indiferencia de la guerra y de la violencia.
Te
pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en
nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.
Oh
Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos jamás de tu cruz, a no
instrumentalizarla, sino que la honremos y la adoremos porque en ella tú nos
has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor,
la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.
Fuente:
ACI Prensa
