Los Reyes postrándose ante el pequeño, “ante el extraño y desconocido Niño
de Belén, descubrieron la Gloria de Dios”
El papa Francisco presidió este viernes,
día de los Reyes Magos, la misa de la epifanía en la basílica de San Pedro.
El Santo Padre señaló que los Reyes venidos de oriente encontraron al
Señor porque estaban en camino, que Jerusalén dormía bajo la anestesia de una
conciencia cauterizada, la de Herodes, que sintió miedo de ver sus certezas
resquebrajarse. Los Reyes magos no encontraron al Niño en el palacio, sino
en otro lugar físico y existencial. Y que postrándose ante el pequeño, “ante
el extraño y desconocido Niño de Belén, descubrieron la Gloria de Dios”.
Texto completo
«¿Dónde está el rey
de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a
adorarlo» (Mt 2, 2). Con estas palabras, los magos, venidos de tierras lejanas,
nos dan a conocer el motivo de su larga travesía: adorar al rey recién nacido.
Ver y adorar, dos
acciones que se destacan en el relato evangélico: vimos una estrella y queremos
adorar. Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El
descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un
sinfín de acontecimientos.
No era una estrella
que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial
para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, «los magos no se
pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la
estrella porque se habían puesto en camino» (cf. San Juan Crisóstomo).
Tenían el corazón
abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había
en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad. Los
magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que
tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste.
Reflejan la imagen
de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el
corazón. La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que
el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente.
La santa nostalgia
de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos
reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la
memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa
nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la
cual, semana a semana, implora diciendo: «Ven, Señor Jesús».
Precisamente esta
nostalgia fue la que empujó al anciano Simeón a ir todos los días al templo,
con la certeza de saber que su vida no terminaría sin poder acunar al Salvador.
Fue esta nostalgia la que empujó al hijo pródigo a salir de una actitud de
derrota y buscar los brazos de su padre.
Fue esta nostalgia
la que el pastor sintió en su corazón cuando dejó a las noventa y nueve ovejas
en busca de la que estaba perdida, y fue también la que experimentó María
Magdalena la mañana del domingo para salir corriendo al sepulcro y encontrar a
su Maestro resucitado.
La nostalgia de
Dios nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar
que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos
conformismos e impulsa a comprometernos por ese cambio que anhelamos y
necesitamos.
La nostalgia de
Dios tiene su raíz en el pasado, pero no se queda allí: va en busca del futuro.
Al igual que los magos, el creyente «nostálgico» busca a Dios, empujado por su
fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que
allí lo espera su Señor.
Va a la periferia,
a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su
Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un
mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva
es todavía un terreno a explorar.
Como actitud
contrapuesta, en el palacio de Herodes ―que distaba muy pocos kilómetros de
Belén―, no se habían percatado de lo que estaba sucediendo. Mientras los magos
caminaban, Jerusalén dormía. Dormía de la mano de un Herodes quien lejos de
estar en búsqueda también dormía. Dormía bajo la anestesia de una conciencia
cauterizada. Y quedó desconcertado.
Tuvo miedo. Es el
desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra
en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de
quien está sentado sobre su riqueza sin lograr ver más allá.
Un desconcierto que
brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto
del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa
cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un
desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en
riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo
y a la vida. Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en
el crimen: «Necas parvulos corpore, quia te necat timor in corde» (San
Quodvultdeus, Sermo 2 sobre el símbolo: PL, 40, 655).
Queremos adorar.
Los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de
un rey: el Palacio. Allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado:
pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es
signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea
venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado.
Esos son los
esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al
poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza y
esclavitud. Y fue precisamente ahí donde comenzó el camino más largo que
tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos.
Ahí comenzó la
osadía más difícil y complicada. Descubrir que lo que ellos buscaban no estaba
en el palacio, sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino
existencial.
Allí no veían la
estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo
es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la
mirada de este Rey desconocido ―pero deseado― no humilla, no esclaviza, no
encierra.
Descubrir que la
mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí
donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo
negamos.
Descubrir que en la
mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y
abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia.
Qué lejos se
encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén. Herodes no puede adorar porque no
quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo
creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba
que lo adorasen.
Los sacerdotes
tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no
estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar.
Los magos sintieron
nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y
cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de
novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los
magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el
pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose
ante el extraño y desconocido Niño de Belén descubrieron la Gloria de Dios.
Fuente: Zenit
