Francisco se dirige a los participantes del encuentro de tres días que se
realizó en Roma: “tal vez no estemos de acuerdo en todo, pensamos distinto en
muchas cosas, pero coincidimos en esos puntos”
El papa
Francisco recibió ayer en el Aula Pablo VI en el Vaticano, a los participantes
del Tercer encuentro mundial de los movimientos populares, que se ha realizado
desde el pasado miércoles 2 en el Vaticano.
Antes del
encuentro se escucharon testimonios, cantos, proyecciones de videos temáticos
sobre los pequeños agricultores, el cuidado de lo creado, familias en
dificultad, y otros temas.
El cardenal
Peter Turkson, presidente del Consejo pontificio Justicia y Paz saludó al Santo
Padre y fue presentado un documento programático de los movimientos populares.
A continuación
el texto completo de las palabras del Santo Padre
Hermanas y
hermanos, buenas tardes. En este nuestro tercer encuentro expresamos la misma
sed, la sed de justicia, el mismo clamor: tierra, techo y trabajo para todos.
Agradezco a los delegados, que han llegado desde las periferias urbanas,
rurales y laborales de los cinco continentes, de más de 60 países, a debatir
una vez más cómo defender estos derechos que nos convocan.
Gracias a los
Obispos que vinieron a acompañarlos. Gracias también a los miles de italianos y
europeos que se han unido hoy al cierre de este Encuentro. Gracias a los
observadores y jóvenes comprometidos con la vida pública que vinieron con
humildad a escuchar y aprender. ¡Cuánta esperanza tengo en los jóvenes! Le
agradezco también a Usted, Señor Cardenal Turkson, el trabajo que han hecho en
el Dicasterio; y también quisiera mencionar el aporte del ex Presidente
uruguayo José Mujica que está presente.
En nuestro
último encuentro, en Bolivia, con mayoría de Latinoamericanos, hablamos de la
necesidad de un cambio para que la vida sea digna, un cambio de estructuras;
también de cómo ustedes, los movimientos populares, son sembradores de ese
cambio, promotores de un proceso en el que confluyen millones de acciones
grandes y pequeñas encadenadas creativamente, como en una poesía; por eso quise
llamarlos “poetas sociales”; y también enumeramos algunas tareas
imprescindibles para marchar hacia una alternativa humana frente a la globalización
de la indiferencia: 1. poner la economía al servicio de los pueblos; 2.
construir la paz y la justicia; 3. defender la Madre Tierra.
Ese día, en la
voz de una cartonera y de un campesino, se dio lectura a las conclusiones, los
diez puntos de Santa Cruz de la Sierra, donde la palabra cambio estaba preñada
de gran contenido, estaba enlazada a cosas fundamentales que ustedes
reivindican: trabajo digno para los excluidos del mercado laboral; tierra para
los campesinos y pueblos originarios; vivienda para las familias sin techo;
integración urbana para los barrios populares; erradicación de la
discriminación, de la violencia contra la mujer y de las nuevas formas de
esclavitud; el fin de todas las guerras, del crimen organizado y de la
represión; libertad de expresión y comunicación democrática; ciencia y
tecnología al servicio de los pueblos.
Escuchamos
también cómo se comprometían a abrazar un proyecto de vida que rechace el
consumismo y recupere la solidaridad, el amor entre nosotros y el respeto a la naturaleza
como valores esenciales. Es la felicidad de «vivir bien» lo que ustedes
reclaman, la «vida buena», y no ese ideal egoísta que engañosamente invierte
las palabras y propone la «buena vida».
Quienes hoy
estamos aquí, con orígenes, creencias e ideas diversas, tal vez no estemos de
acuerdo en todo, seguramente pensamos distinto en muchas cosas, pero
coincidimos en esos puntos. Supe también de encuentros y talleres realizados en
distintos países donde multiplicaron los debates a la luz de la realidad de
cada comunidad.
Eso es muy
importante porque las soluciones reales a las problemáticas actuales no van a
salir de una, tres o mil conferencias: tienen que ser fruto de un
discernimiento colectivo que madure en los territorios junto a los hermanos, un
discernimiento que se convierte en acción transformadora «según los lugares,
tiempos y personas» como diría san Ignacio.
Si no, corremos
el riesgo de las abstracciones, de «los nominalismos declaracionistas (slogans)
que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades»
(Carta al Presidente de la Pontificia Comisión Para América Latina, 19 de marzo
de 2016).
El colonialismo
ideológico globalizante procura imponer recetas supraculturales que no respetan
la identidad de los Pueblos. Ustedes van por otro camino que es, al mismo
tiempo, local y universal. Un camino que me recuerda cómo Jesús pidió organizar
a la multitud en grupos de cincuenta para repartir el pan (Cf. Homilía en la
Solemnidad de Corpus Christi, Buenos Aires, 12 de junio de 2004).
Recién pudimos
ver el video que han presentado a modo de conclusión de este tercer Encuentro.
Vimos los rostros de ustedes en los debates sobre qué hacer frente a «la
inequidad que engendra violencia». Tantas propuestas, tanta creatividad, tanta
esperanza en la voz de ustedes que tal vez sean los que más motivos tienen para
quejarse, quedar encerrados en los conflictos, caer en la tentación de lo
negativo.
Pero, sin
embargo, miran hacia adelante, piensan, discuten, proponen y actúan. Los
felicito, los acompaño, les pido que sigan abriendo caminos y luchando. Eso me
da fuerza, nos da fuerza. Creo que este dialogo nuestro, que se suma al
esfuerzo de tantos millones que trabajan cotidianamente por la justicia en todo
el mundo, va echando raíces.
El terror y los
muros
Sin embargo,
esa germinación que es lenta, que tiene sus tiempos como toda gestación, está
amenazada por la velocidad de un mecanismo destructivo que opera en el sentido
contrario. Hay fuerzas poderosas que pueden neutralizar este proceso de
maduración de un cambio que sea capaz de desplazar la primacía del dinero y
coloque nuevamente en el centro al ser humano. Ese «hilo invisible» del que
hablamos en Bolivia, esa estructura injusta que enlaza a todas las exclusiones
que ustedes sufren, puede endurecerse y convertirse en un látigo, un látigo
existencial que, como en el Egipto del Antiguo Testamento, esclaviza, roba la
libertad, azota sin misericordia a unos y amenaza constantemente a otros, para
arriar a todos como ganado hacia donde quiere el dinero divinizado.
¿Quién gobierna
entonces? El dinero ¿Cómo gobierna? Con el látigo del miedo, de la inequidad,
de la violencia económica, social, cultural y militar que engendra más y más
violencia en una espiral descendente que parece no acabar jamás. ¡Cuánto dolor,
cuánto miedo! Hay -lo dije hace poco-, hay un terrorismo de base que emana del
control global del dinero sobre la tierra y atenta contra la humanidad entera.
De ese terrorismo básico se alimentan los terrorismos derivados como el
narcoterrorismo, el terrorismo de estado y lo que erróneamente algunos llaman
terrorismo étnico o religioso. Ningún pueblo, ninguna religión es terrorista.
Es cierto, hay pequeños grupos fundamentalistas en todos lados. Pero el
terrorismo empieza cuando «has desechado la maravilla de la creación, el hombre
y la mujer, y has puesto allí el dinero» (Conferencia de prensa en el Vuelo de
Regreso del Viaje Apostólico a Polonia, 31 de julio de 2016). Ese sistema es
terrorista.
Hace casi cien
años, Pío XI preveía el crecimiento de una dictadura económica mundial que él
llamó «imperialismo internacional del dinero» (Carta Enc. Quadragesimo Anno, 15
de mayo de 1931, 109). El aula en la que estamos ahora se llama “Paolo VI”, y
fue Pablo VI quien denunció hace casi cincuenta año las «nueva forma abusiva de
dictadura económica en el campo social, cultural e incluso político» (Carta Ap.
Octogesima adveniens, 14 de mayo de 1971, 44). Son palabras duras pero justas
de mis antecesores que avizoraron el futuro. La Iglesia y los profetas dijeron,
hace milenios, lo que tanto escandaliza que repita el Papa en este tiempo
cuando todo aquello alcanza expresiones inéditas. Toda la doctrina social de la
Iglesia y el magisterio de mis antecesores se rebelan contra el ídolo-dinero
que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad.
Ninguna tiranía
se sostiene sin explotar nuestros miedos. De ahí que toda tiranía sea
terrorista. Y cuando ese terror, que se sembró en las periferias con masacres,
saqueos, opresión e injusticia, explota en los centros con distintas formas de
violencia, incluso con atentados odiosos y cobardes, los ciudadanos que aún
conservan algunos derechos son tentados con la falsa seguridad de los muros
físicos o sociales. Muros que encierran a unos y destierran a otros. Ciudadanos
amurallados, aterrorizados, de un lado; excluidos, desterrados, más
aterrorizados todavía, del otro. ¿Es esa la vida que nuestro Padre Dios quiere
para sus hijos?
Al miedo se lo
alimenta, se lo manipula… Porque el miedo, además de ser un buen negocio para
los mercaderes de armas y de muerte, nos debilita, nos desequilibra, destruye
nuestras defensas psicológicas y espirituales, nos anestesia frente al
sufrimiento ajeno y al final nos hace crueles. Cuando escuchamos que se festeja
la muerte de un joven que tal vez erró el camino, cuando vemos que se prefiere
la guerra a la paz, cuando vemos que se generaliza la xenofobia, cuando
constatamos que ganan terreno las propuestas intolerantes; detrás de esa
crueldad que parece masificarse está el frío aliento del miedo. Les pido que
recemos por todos los que tienen miedo, recemos para que Dios les dé el valor y
que en este año de la misericordia podamos ablandar nuestros corazones. La
misericordia no es fácil, no es fácil… requiere coraje. Por eso Jesús nos dice:
«No tengan miedo» (Mt 14, 27), pues la misericordia es el mejor antídoto contra
el miedo. Es mucho mejor que los antidepresivos y los ansiolíticos. Mucho más
eficaz que los muros, las rejas, las alarmas y las armas. Y es gratis: es un
don de Dios.
Queridos
hermanos y hermanas: todos los muros caen. No nos dejemos engañar. Como han
dicho ustedes: «Sigamos trabajando para construir puentes entre los pueblos,
puentes que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación»
(Documento Conclusivo del II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, 11
de julio de 2015, Cruz de la Sierra, Bolivia). Enfrentemos el Terror con Amor.
El amor y los
puentes
Un día como
hoy, un sábado, Jesús hizo dos cosas que, nos dice el Evangelio, precipitaron
la conspiración para matarlo. Pasaba con sus discípulos por un campo, un
sembradío. Los discípulos tenían hambre y comieron las espigas. Nada se nos
dice del «dueño» de aquel campo… subyacía el destino universal de los bienes.
Lo cierto es que frente al hambre, Jesús priorizó la dignidad de los hijos de
Dios sobre una interpretación formalista, acomodaticia e interesada de la
norma. Cuando los doctores de la ley se quejaron con indignación hipócrita,
Jesús les recordó que Dios quiere amor y no sacrificios, y les explicó que el
sábado está hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado (cf. Mc
2, 27). Enfrentó al pensamiento hipócrita y suficiente con la inteligencia humilde
del corazón (cf. Homilía, I Congreso de Evangelización de la Cultura, Buenos
Aires, 3 de noviembre de 2006), que prioriza siempre al ser humano y rechaza
que determinadas lógicas obstruyan su libertad para vivir, amar y servir al
prójimo.
Y después, ese
mismo día, Jesús hizo algo «peor», algo que irritó aún más a los hipócritas y
soberbios que lo estaban vigilando porque buscaban alguna excusa para
atraparlo. Curó la mano atrofiada de un hombre. La mano, ese signo tan fuerte
del obrar, del trabajo. Jesús le devolvió a ese hombre la capacidad de trabajar
y con ello le devolvió la dignidad. Cuántas manos atrofiadas, cuantas personas
privadas de la dignidad del trabajo, porque los hipócritas para defender
sistemas injustos, se oponen a que sean sanadas. A veces pienso que cuando
ustedes, los pobres organizados, se inventan su propio trabajo, creando una
cooperativa, recuperando una fábrica quebrada, reciclando el descarte de la
sociedad de consumo, enfrentando las inclemencias del tiempo para vender en una
plaza, reclamando una parcela de tierra para cultivar y alimentar a los
hambrientos, están imitando a Jesús porque buscan sanar, aunque sea un poquito,
aunque sea precariamente, esa atrofia del sistema socioeconómico imperante que
es el desempleo. No me extraña que a ustedes también a veces los vigilen o los
persigan y tampoco me extraña que a los soberbios no les interese lo que
ustedes digan.
Jesús, ese
sábado, se jugó la vida porque después de sanar esa mano, fariseos y herodianos
(cf. Mc 3, 6), dos partidos enfrentados entre sí, que temían al pueblo y
también al imperio, hicieron sus cálculos y se confabularon para matarlo. Sé
que muchos de ustedes se juegan la vida. Sé que algunos no están hoy acá porque
se jugaron la vida… pero no hay mayor amor que dar la vida. Eso nos enseña
Jesús.
Las «3-T», ese
grito de ustedes que hago mío, tiene algo de esa inteligencia humilde pero a la
vez fuerte y sanadora. Un proyecto-puente de los pueblos frente al
proyecto-muro del dinero. Un proyecto que apunta al desarrollo humano integral.
Algunos saben que nuestro amigo el Cardenal Turkson preside ahora el Dicasterio
que lleva ese nombre: Desarrollo Humano Integral. Lo contrario al desarrollo,
podría decirse, es la atrofia, la parálisis. Tenemos que ayudar para que el mundo
se sane de su atrofia moral. Este sistema atrofiado puede ofrecer ciertos
implantes cosméticos que no son verdadero desarrollo: crecimiento económico,
avances técnicos, mayor «eficiencia» para producir cosas que se compran, se
usan y se tiran englobándonos a todos en una vertiginosa dinámica del descarte…
pero no permite el desarrollo del ser humano en su integralidad, el desarrollo
que no se reduce al consumo, que no se reduce al bienestar de pocos, que
incluye a todos los pueblos y personas en la plenitud de su dignidad,
disfrutando fraternalmente de la maravilla de la Creación. Ese es el desarrollo
que necesitamos: humano, integral, respetuoso de la Creación.
Bancarrota y
salvataje
Queridos
hermanos, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones sobre otros dos
temas que, junto a las «3-T» y la ecología integral, fueron centrales en sus
debates de los últimos días y son centrales en este tiempo histórico.
Sé que
dedicaron una jornada al drama de los emigrantes, refugiados y desplazados.
¿Qué hacer frente a esta tragedia? En el Dicasterio que tiene a su cargo el
Cardenal Turkson hay un departamento para la atención de estas situaciones.
Decidí que, al menos por un tiempo, ese departamento dependa directamente del
Pontífice, porque aquí hay una situación oprobiosa, que sólo puedo describir
con una palabra que me salió espontáneamente en Lampedusa: vergüenza.
Allí, como
también en Lesbos, pude sentir de cerca el sufrimiento de tantas familias
expulsadas de su tierra por razones económicas o violencias de todo tipo,
multitudes desterradas –lo he dicho frente a las autoridades de todo el mundo–
como consecuencia de un sistema socioeconómico injusto y de conflictos bélicos
que no buscaron, que no crearon quienes hoy padecen el doloroso desarraigo de
su suelo patrio sino más bien muchos de aquellos que se niegan a recibirlos.
Hago mías las
palabras de mi hermano el Arzobispo Jerónimo de Grecia: «Quien ve los ojos de
los niños que encontramos en los campos de refugiados es capaz de reconocer de
inmediato, en su totalidad, la “bancarrota” de la humanidad» (Discurso en el
Campo de refugiados de Moria, Lesbos, 16 de abril de 2016) ¿Qué le pasa al
mundo de hoy que, cuando se produce la bancarrota de un banco de inmediato
aparecen sumas escandalosas para salvarlo, pero cuando se produce esta
bancarrota de la humanidad no hay casi ni una milésima parte para salvar a esos
hermanos que sufren tanto? Y así el Mediterráneo se ha convertido en un
cementerio, y no sólo el Mediterráneo… tantos cementerios junto a los muros, muros
manchados de sangre inocente.
El miedo
endurece el corazón y se transforma en crueldad ciega que se niega a ver la
sangre, el dolor, el rostro del otro. Lo dijo mi hermano el Patriarca
Bartolomé: «Quien tiene miedo de vosotros no os ha mirado a los ojos. Quien
tiene miedo de vosotros no ha visto vuestros rostros. Quien tiene miedo no ve a
vuestros hijos. Olvida que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la
división. Olvida que la migración no es un problema de Oriente Medio y del
norte de África, de Europa y de Grecia. Es un problema del mundo» (Discurso en
el Campo de refugiados de Moria, Lesbos, 16 de abril de 2016).
Es, en verdad,
un problema del mundo. Nadie debería verse obligado a huir de su Patria. Pero
el mal es doble cuando, frente a esas circunstancias terribles, el emigrante se
ve arrojado a las garras de los traficantes de personas para cruzar las
fronteras y es triple si al llegar a la tierra donde creyó que iba a encontrar
un futuro mejor, se lo desprecia, se lo explota e incluso se lo esclaviza. Esto
se puede ver en cualquier rincón de cientos de ciudades.
Les pido a
ustedes que hagan todo lo que puedan y nunca se olviden que Jesús, María y José
experimentaron también la condición dramática de los refugiados. Les pido que
ejerciten esa solidaridad tan especial que existe entre los que han sufrido.
Ustedes saben recuperar fábricas de las bancarrotas, reciclar lo que otros
tiran, crear puestos de trabajo, labrar la tierra, construir viviendas,
integrar barrios segregados y reclamar sin descanso como esa viuda del
Evangelio que pide justicia insistentemente (cf. Lc 18, 1-8). Tal vez con su
ejemplo y su insistencia, algunos Estados y Organismos internacionales abran
los ojos y adopten las medidas adecuadas para acoger e integrar plenamente a
todos los que, por una u otra circunstancia, buscan refugio lejos de su hogar.
Y también para enfrentar las causas profundas por las que miles de hombres,
mujeres y niños son expulsados cada día de su tierra natal.
Dar el ejemplo
y reclamar es una forma de meterse en política y eso me lleva al segundo eje
que debatieron en su Encuentro: la relación entre pueblo y democracia. Una
relación que debería ser natural y fluida pero que corre el peligro de
desdibujarse hasta ser irreconocible. La brecha entre los pueblos y nuestras
formas actuales de democracia se agranda cada vez más como consecuencia del
enorme poder de los grupos económicos y mediáticos que parecieran dominarlas.
Los movimientos populares, lo sé, no son partidos políticos y déjenme decirles
que, en gran medida, en eso radica su riqueza, porque expresan una forma
distinta, dinámica y vital de participación social en la vida pública. Pero no
tengan miedo de meterse en las grandes discusiones, en Política con mayúscula y
cito de nuevo a Pablo VI: «La política ofrece un camino serio y difícil―aunque
no el único―para cumplir el deber grave que cristianos y cristianas tienen de
servir a los demás» (Lett. Ap. Octogesima adveniens, 14 de mayo 1971, 46).
Quisiera
señalar dos riesgos que giran en torno a la relación entre los movimientos
populares y la política: el riesgo de dejarse encorsetar y el riesgo de dejarse
corromper.
Primero, no
dejarse encorsetar, porque algunos dicen: la cooperativa, el comedor, la huerta
agroecológica, el microemprendimiento, el diseño de los planes asistenciales…
hasta ahí está bien. Mientras se mantengan en el corsé de las «políticas
sociales», mientras no cuestionen la política económica o la política con
mayúscula, se los tolera.
Esa idea de las
políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con
los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que
reunifique a los pueblos a veces me parece una especie de volquete maquillado
para contener el descarte del sistema. Cuando ustedes, desde su arraigo a lo
cercano, desde su realidad cotidiana, desde el barrio, desde el paraje, desde
la organización del trabajo comunitario, desde las relaciones persona a
persona, se atreven a cuestionar las «macrorelaciones», cuando chillan, cuando gritan,
cuando pretenden señalarle al poder un planteo más integral, ahí ya no se los
tolera tanto porque se están saliendo del corsé, se están metiendo en el
terreno de las grandes decisiones que algunos pretenden monopolizar en pequeñas
castas. Así la democracia se atrofia, se convierte en un nominalismo, una
formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque deja afuera al
pueblo en su lucha cotidiana por la dignidad, en la construcción de su destino.
Ustedes, las
organizaciones de los excluidos y tantas organizaciones de otros sectores de la
sociedad, están llamados a revitalizar, a refundar las democracias que pasan
por una verdadera crisis. No caigan en la tentación del corsé que los reduce a
actores secundarios, o peor aún, a meros administradores de la miseria
existente. En estos tiempos de parálisis, de desorientación y propuestas
destructivas, la participación protagónica de los pueblos que buscan el bien
común puede vencer, con la ayuda de Dios, a los falsos profetas que explotan el
miedo y la desesperanza, que venden fórmulas mágicas de odio y crueldad o de un
bienestar egoísta y una seguridad ilusoria.
Sabemos que
«mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando
a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y
atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los
problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de
los males sociales» (Exhort. ap. postsin. Evangelii gaudium, 202). Por eso, lo
dije y lo repito: «El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los
grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente
en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos
que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio» (Discurso en el
Segundo Encuentro mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la
Sierra, Bolivia, 9 de julio de 2015).
La Iglesia
también puede y debe, sin pretender el monopolio de la verdad, pronunciarse y
actuar especialmente frente a «situaciones donde se tocan las llagas y el
sufrimiento dramático, y en las cuales están implicados los valores, la ética,
las ciencias sociales y la fe» (Discurso a la Cumbre de Jueces y Magistrados
contra el Tráfico de Personas y el Crimen Organizado, Vaticano, 3 de junio de
2016).
El segundo
riesgo, les decía, es dejarse corromper. Así como la política no es un asunto
de los «políticos», la corrupción no es un vicio exclusivo de la política. Hay
corrupción en la política, hay corrupción en las empresas, hay corrupción en
los medios de comunicación, hay corrupción en las iglesias y también hay
corrupción en las organizaciones sociales y los movimientos populares. Es justo
decir que hay una corrupción naturalizada en algunos ámbitos de la vida
económica, en particular la actividad financiera, y que tiene menos prensa que
la corrupción directamente ligada al ámbito político y social. Es justo decir
que muchas veces se manipulan los casos de corrupción con malas intenciones. Pero
también es justo aclarar que quienes han optado por una vida de servicio tienen
una obligación adicional que se suma a la honestidad con la que cualquier
persona debe actuar en la vida. La vara es más alta: hay que vivir la vocación
de servir con un fuerte sentido de austeridad y humildad. Esto vale para los
políticos pero también vale para los dirigentes sociales y para nosotros, los
pastores.
A cualquier
persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a
quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas,
los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está
pasando en su corazón y rece para que Dios lo libere de estas ataduras. Pero,
parafraseando al ex presidente latinoamericano que está por acá, el que tenga
afición por todas esas cosas, por favor, que no se meta en política, que no se
meta en una organización social o en un movimiento popular, porque va a hacer
mucho daño a sí mismo y al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola.
Frente a la
tentación de la corrupción, no hay mejor antídoto que la austeridad; y
practicar la austeridad es, además, predicar con el ejemplo. Les pido que no
subestimen el valor del ejemplo porque tiene más fuerza que mil palabras, que
mil volantes, que mil likes, que mil retweets, que mil videos de youtube. El
ejemplo de una vida austera al servicio del prójimo es la mejor forma de
promover el bien común y el proyecto-puente de las 3-T. Les pido a los
dirigentes que no se cansen de practicar la austeridad y les pido a todos que
exijan a los dirigentes esa austeridad, la cual –por otra parte– los hará muy
felices.
Queridos
hermanas y hermanos, la corrupción, la soberbia, el exhibicionismo de los
dirigentes aumenta el descreimiento colectivo, la sensación de desamparo y
retroalimenta el mecanismo del miedo que sostiene este sistema inicuo.
Quisiera, para
finalizar, pedirles que sigan enfrentando el miedo con una vida de servicio,
solidaridad y humildad en favor de los pueblos y en especial de los que más
sufren. Se van a equivocar muchas veces, todos nos equivocamos, pero si
perseveramos en este camino, más temprano que tarde, vamos a ver los frutos. E
insisto, contra el terror, el mejor antídoto es el amor. El amor todo lo cura.
Algunos saben que después del Sínodo de la familia escribí Amoris Laetitia, un
documento sobre el amor en la familia de cada uno, pero también en esa otra
familia que es el barrio, la comunidad, el pueblo, la humanidad. Uno de ustedes
me pidió distribuir un cuadernillo que contiene un fragmento del capítulo
cuarto de ese documento. Creo que se los van a entregar a la salida. Va
entonces con mi bendición. Allí hay algunos «consejos útiles» para practicar el
más importante de los mandamientos de Jesús.
En Amoris
Laetitia cito a un fallecido dirigente afroamericano, Martin Luther King, el
cual volvía a optar por el amor fraterno aun en medio de las peores
persecuciones y humillaciones. Quiero recordarlo hoy con ustedes: «Cuando te
elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas
derrotar es los sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las
amas, pero tratas de derrotar ese sistema […] Odio por odio sólo intensifica la
existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas,
y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente
que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar,
alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona
fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal».
Esto Luther King lo dijo en 1957.
Les agradezco
nuevamente su presencia. Les agradezco su trabajo. Quiero pedirle a nuestro
Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los
defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en
pie y nos da coraje para romper la cadena del odio: esa fuerza es la esperanza.
Les pido por
favor que recen por mí y los que no pueden rezar, ya saben, piénsenme bien y mándenme
buena onda. Gracias.
Fuente:
Zenit
