Texto completo de las palabras del Santo Padre para
introducir la oración mariana del ángelus
El papa Francisco, como cada
domingo, se ha asomado a la ventana del Palacio Apostólico para rezar el
ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.
Estas son las palabras del
Santo Padre para introducir la oración mariana:
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
En la página del Evangelio de
hoy (Lc 12, 32-48), Jesús habla a sus discípulos de la actitud de asumir el
encuentro final con Él, y explica cómo la espera de este encuentro debe empujar
a una vida rica de obras buenas.
Entre otras cosas dice: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla” (v. 33). Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no poner la confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego y egoísmo, sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los otros, la lógica del amor.
Nosotros podemos tener muchas
cosas, estar muy apegados al dinero, tener mucho. Pero después, al final, no
podemos llevarlo con nosotros.
Recordad que el sudario no
tiene bolsillos.
La enseñanza de Jesús
prosigue con tres breves parábolas sobre el tema de la vigilancia. Esto es
importante, la vigilancia, estar atentos, vigilantes en la vida.
La primera es la parábola de
los siervos que esperan en la noche el regreso del señor. “Dichosos los criados a quienes el señor, al
llegar, los encuentre en vela” (v. 37): es la bienaventuranza del esperar con
fe al Señor, del estar preparados, en actitud de servicio. Él se hace presente
cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será bienaventurado quien le
abra, porque tendrá una gran recompensa: de hecho, el Señor mismo se hará
siervo de sus siervos; es una bonita recompensa.
En el gran banquete de su
Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada en la noche,
Jesús proyecta la vida como una vigilia de espera activa, que precede al día
luminoso de la eternidad. Para poder acceder es necesario estar preparados,
despiertos y ocupados en el servicio a los otros, en la perspectiva
reconfortante que, “allí”, ya no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino
Él mismo nos acogerá en su mesa.
Pensándolo bien, esto sucede
ya hoy cada vez que encontramos al Señor en la oración, o al servir a los
pobres, y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para
nutrirnos con su Palabra y su Cuerpo.
La segunda parábola tiene
como imagen la venida imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia;
de hecho, Jesús exhorta: “Estad
preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (v.
40). El discípulo es el que espera al Señor y su Reino.
El Evangelio aclara esta
perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la
ida del señor. En el primer cuadro, el administrado sigue fielmente sus tareas
y recibe la recompensa. En el segundo cuadro, el administrador abusa de su
autoridad y pega a los siervos, por lo que, al regreso imprevisto del señor,
será castigado. Esta escena describe una situación frecuente también en
nuestros días: muchas injusticias, violencias y maldades cotidianas nacen de la
idea de comportarnos como señores de la vida de los otros. Y nosotros tenemos un solo señor, aunque
no le gusta llamarse señor, le gusta que le llamemos Padre. Nosotros somos
siervos, pecadores todos, hijos, pero Él es el único Padre.
Jesús hoy nos recuerda que la
espera de la bienaventuranza eterna no nos libra del compromiso de hacer más
justo y más habitable el mundo. Es más, precisamente nuestra esperanza de
poseer el Reino en la eternidad nos empuja a trabajar para mejorar las
condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles. La
virgen María nos ayude a ser personas y comunidades no aplanadas en el
presente, o, peor, nostálgicas del pasado, sino proyectadas hacia el futuro de
Dios, hacia el encuentro con Él, nuestra vida y nuestra esperanza.
Después del ángelus ha
señalado el Papa:
Queridos hermanos y hermanas,
Lamentablemente desde Siria
continúan llegando noticias de víctimas civiles de la guerra, en particular
desde Alepo. Es inaceptable que tantas personas indefensas –también muchos
niños– deban pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura, deben
pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura de corazón y la falta
de la voluntad de paz de los poderosos. Estamos cerca con la oración y la
solidaridad a los hermanos y a las hermanas sirios, y les encomendamos a la
materna protección de la Virgen María. Rezamos todos, primero en silencio después
el Ave María.
¡Os saludo a todos vosotros,
romanos y peregrinos de distintos países! Se ven muchas banderas.
Hoy están presentes varios
grupos de chicos y jóvenes. ¡Os saludo con particular afecto! En particular, el
grupo de la pastoral juvenil de Verona; los jóvenes de Padua, Sandrigo y
Brembilla. Y el grupo de los chicos de Fasta, venidos de Argentina. Pero,
¡estos argentinos hacen lío por todos lados! Como también saludo a los
adolescentes de Campogalliano y San Mateo de la Decima, que están en Roma
para desarrollar un servicio de voluntariado en centros de acogida.
Saludo también a los fieles
de Sforzatica, diócesis de Bérgamo.
Os deseo a todos un feliz
domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta
pronto!
Fuente: Zenit