La mesa de los pecadores (II)
Madre querida, la imagen
que he querido darle de las tinieblas que oscurecen mi alma es tan imperfecta
como un boceto comparado con el modelo. Sin embargo, no quiero escribir más, por
temor a blasfemar... Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado... Que Jesús me
perdone si le he disgustado.
Pero él sabe muy bien que, aunque yo no goce de la
alegría de la fe, al menos trato de realizar sus obras. Creo que he hecho más
actos de fe de un año a esta parte que durante toda mi vida.
Así, a pesar de esta prueba que me roba todo goce, aún
puedo exclamar: «Tus acciones, Señor, son mi alegría». Porque ¿existe
alegría mayor que la de sufrir por tu amor...? Cuanto más íntimo es el
sufrimiento, tanto menos aparece a los ojos de las criaturas y más te alegra a
ti, Dios mío. Pero si, por un imposible, ni tú mismo llegases a conocer mi
sufrimiento, yo aún me sentiría feliz de padecerlo si con él pudiese impedir o
reparar un solo pecado contra la fe... Madre querida, quizás le parezca que
estoy exagerando mi prueba.
En efecto, si usted juzga por los sentimientos que
expreso en las humildes poesías que he compuesto durante este año, debo de
parecerle un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado ya el velo
de la fe. Y sin embargo, no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta
los cielos y que cubre el firmamento estrellado... Cuando canto la felicidad
del cielo y la eterna posesión de Dios, no experimento la menor alegría, pues
canto simplemente lo que quiero creer. Es cierto que, a veces, un rayo
pequeñito de sol viene a iluminar mis tinieblas, y entonces la prueba cesa un
instante.
Pero luego, el recuerdo de ese rayo, en vez de causarme alegría, hace
todavía más densas mis tinieblas. Nunca, Madre, he experimentado tan bien como
ahora cuán compasivo y misericordioso es el Señor: él no me ha enviado esta
prueba hasta el momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que
me hubiese hundido en el desánimo... Ahora hace que desaparezca todo lo que
pudiera haber de satisfacción natural en el deseo que yo tenía del cielo...
Madre querida, ahora me parece que nada me impide ya volar, pues no tengo ya
grandes deseos, a no ser el de amar hasta morir de amor... (9 de junio).
Madre
querida, estoy completamente asombrada de lo que le escribí ayer. ¡Qué
garabatos...! Me temblaba tanto la mano, que no pude continuar, y ahora lamento
hasta haber intentado seguir escribiendo. Espero poder hacerlo hoy de manera
más legible, pues ya no estoy en la cama, sino en un precioso silloncito todo
blanco. Veo, Madre, que todo esto que le digo no tiene la menor ilación; pero
antes de hablarle del pasado, siento la necesidad de hablarle de mis
sentimientos actuales, pues más tarde quizás los haya olvidado Quiero, ante
todo, decirle cómo me conmueven todas sus delicadezas maternales.
Créame, Madre
querida, el corazón de su hija desborda de gratitud y nunca olvidará lo mucho
que le debe... Madre, lo que más me ha emocionado de todo es la novena que está
haciendo a nuestra Señora de las Victorias, son las Misas que ha encargado
decir para obtener mi curación. Siento que todos esos tesoros espirituales
hacen un gran bien a mi alma.
Al empezar la novena, yo le decía, Madre, que la
Santísima Virgen tenía que curarme o bien llevarme al cielo, pues me parecía
muy triste para usted y para la comunidad tener que cargar con una joven
religiosa enferma. Ahora acepto estar toda la vida enferma, si eso le agrada a
Dios, y me resigno incluso a que mi vida sea muy larga. La única gracia que
deseo es que mi vida acabe rota por el amor.
No, no temo una vida larga, no
rehuso el combate, pues el Señor es la roca sobre la que me alzo, que adiestra
mis manos para el combate, mis dedos para la pelea, él es mi escudo, yo confío
en él (Sal CXLIII). Por eso, nunca he pedido a Dios morir joven10, aunque es
cierto que siempre he esperado que fuera ésa su voluntad. Muchas veces el Señor
se conforma con nuestros deseos de trabajar por su gloria, y usted sabe, Madre
mía, que mis deseos son muy grandes.
También sabe que Jesús me ha presentado
más de un cáliz amargo y que lo ha alejado de mis labios antes de que lo
bebiera, pero no sin antes darme a probar su amargura. Madre querida, tenía
razón el santo rey David cuando cantaba: Ved qué dulzura, qué delicia convivir
los hermanos unidos. Es verdad, y yo lo he experimentado muchas veces, pero esa
unión tiene que realizarse en la tierra a base de sacrificios. Yo no vine al
Carmelo para vivir con mis hermanas, sino sólo por responder a la llamada de Jesús.
Intuía claramente que vivir con las propias hermanas, cuando una no quiere
hacer la menor concesión a la naturaleza, iba a ser un motivo de continuo
sacrificio, ¿Cómo se puede decir que es más perfecto alejarse de los suyos...?
¿Se les ha reprochado alguna vez a los hermanos que combatan en el mismo campo
de batalla? ¿Se les ha reprochado el volar juntos a recoger la palma del
martirio...? Al contrario, se ha pensado, y con razón, que se animaban
mutuamente, pero también que el martirio de cada uno de ellos se convertía en
el martirio de todos los demás.
Lo mismo ocurre en la vida religiosa, a la que
los teólogos llaman martirio. El corazón, al entregarse a Dios, no pierde su
cariño natural; al contrario, ese cariño crece al hacerse más puro y más divino.
Madre querida, con este cariño la amo yo a usted y amo a mis hermanas. Soy
feliz de combatir en familia11 por la gloria del Rey de los cielos. Pero estoy
dispuesta también a volar a otro campo de batalla, si el divino General me
expresa su deseo de que lo haga. No haría falta una orden, bastaría una mirada,
una simple señal.
Fuente: Catholic.net
