SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS: "HISTORIA DE UN ALMA" (CAPÍTULO X LA PRUEBA DE LA FE 1896-1897)

La mesa de los pecadores (II)

Madre querida, la imagen que he querido darle de las tinieblas que oscurecen mi alma es tan imperfecta como un boceto comparado con el modelo. Sin embargo, no quiero escribir más, por temor a blasfemar... Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado... Que Jesús me perdone si le he disgustado. 

Pero él sabe muy bien que, aunque yo no goce de la alegría de la fe, al menos trato de realizar sus obras. Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que durante toda mi vida. 

Cada vez que se presenta el combate, cuando los enemigos vienen a provocarme, me porto valientemente: sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mis adversarios sin dignarme siquiera mirarlos a la cara, corro hacia mi Jesús y le digo que estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre por confesar que existe un cielo; le digo que me alegro de no gozar de ese hermoso cielo aquí en la tierra para que él lo abra a los pobres incrédulos por toda la eternidad.

Así, a pesar de esta prueba que me roba todo goce, aún puedo exclamar: «Tus acciones, Señor, son mi alegría». Porque ¿existe alegría mayor que la de sufrir por tu amor...? Cuanto más íntimo es el sufrimiento, tanto menos aparece a los ojos de las criaturas y más te alegra a ti, Dios mío. Pero si, por un imposible, ni tú mismo llegases a conocer mi sufrimiento, yo aún me sentiría feliz de padecerlo si con él pudiese impedir o reparar un solo pecado contra la fe... Madre querida, quizás le parezca que estoy exagerando mi prueba. 

En efecto, si usted juzga por los sentimientos que expreso en las humildes poesías que he compuesto durante este año, debo de parecerle un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado ya el velo de la fe. Y sin embargo, no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta los cielos y que cubre el firmamento estrellado... Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer. Es cierto que, a veces, un rayo pequeñito de sol viene a iluminar mis tinieblas, y entonces la prueba cesa un instante. 

Pero luego, el recuerdo de ese rayo, en vez de causarme alegría, hace todavía más densas mis tinieblas. Nunca, Madre, he experimentado tan bien como ahora cuán compasivo y misericordioso es el Señor: él no me ha enviado esta prueba hasta el momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que me hubiese hundido en el desánimo... Ahora hace que desaparezca todo lo que pudiera haber de satisfacción natural en el deseo que yo tenía del cielo... Madre querida, ahora me parece que nada me impide ya volar, pues no tengo ya grandes deseos, a no ser el de amar hasta morir de amor... (9 de junio). 

Madre querida, estoy completamente asombrada de lo que le escribí ayer. ¡Qué garabatos...! Me temblaba tanto la mano, que no pude continuar, y ahora lamento hasta haber intentado seguir escribiendo. Espero poder hacerlo hoy de manera más legible, pues ya no estoy en la cama, sino en un precioso silloncito todo blanco. Veo, Madre, que todo esto que le digo no tiene la menor ilación; pero antes de hablarle del pasado, siento la necesidad de hablarle de mis sentimientos actuales, pues más tarde quizás los haya olvidado Quiero, ante todo, decirle cómo me conmueven todas sus delicadezas maternales. 

Créame, Madre querida, el corazón de su hija desborda de gratitud y nunca olvidará lo mucho que le debe... Madre, lo que más me ha emocionado de todo es la novena que está haciendo a nuestra Señora de las Victorias, son las Misas que ha encargado decir para obtener mi curación. Siento que todos esos tesoros espirituales hacen un gran bien a mi alma. 

Al empezar la novena, yo le decía, Madre, que la Santísima Virgen tenía que curarme o bien llevarme al cielo, pues me parecía muy triste para usted y para la comunidad tener que cargar con una joven religiosa enferma. Ahora acepto estar toda la vida enferma, si eso le agrada a Dios, y me resigno incluso a que mi vida sea muy larga. La única gracia que deseo es que mi vida acabe rota por el amor. 

No, no temo una vida larga, no rehuso el combate, pues el Señor es la roca sobre la que me alzo, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea, él es mi escudo, yo confío en él (Sal CXLIII). Por eso, nunca he pedido a Dios morir joven10, aunque es cierto que siempre he esperado que fuera ésa su voluntad. Muchas veces el Señor se conforma con nuestros deseos de trabajar por su gloria, y usted sabe, Madre mía, que mis deseos son muy grandes. 

También sabe que Jesús me ha presentado más de un cáliz amargo y que lo ha alejado de mis labios antes de que lo bebiera, pero no sin antes darme a probar su amargura. Madre querida, tenía razón el santo rey David cuando cantaba: Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos. Es verdad, y yo lo he experimentado muchas veces, pero esa unión tiene que realizarse en la tierra a base de sacrificios. Yo no vine al Carmelo para vivir con mis hermanas, sino sólo por responder a la llamada de Jesús. 

Intuía claramente que vivir con las propias hermanas, cuando una no quiere hacer la menor concesión a la naturaleza, iba a ser un motivo de continuo sacrificio, ¿Cómo se puede decir que es más perfecto alejarse de los suyos...? ¿Se les ha reprochado alguna vez a los hermanos que combatan en el mismo campo de batalla? ¿Se les ha reprochado el volar juntos a recoger la palma del martirio...? Al contrario, se ha pensado, y con razón, que se animaban mutuamente, pero también que el martirio de cada uno de ellos se convertía en el martirio de todos los demás. 

Lo mismo ocurre en la vida religiosa, a la que los teólogos llaman martirio. El corazón, al entregarse a Dios, no pierde su cariño natural; al contrario, ese cariño crece al hacerse más puro y más divino. Madre querida, con este cariño la amo yo a usted y amo a mis hermanas. Soy feliz de combatir en familia11 por la gloria del Rey de los cielos. Pero estoy dispuesta también a volar a otro campo de batalla, si el divino General me expresa su deseo de que lo haga. No haría falta una orden, bastaría una mirada, una simple señal.

Fuente: Catholic.net