A veces
los moldes nos pueden volver rígidos y serios
Creo que es bueno que aprenda a liberarme
de los moldes que les pongo a los demás. De las expectativas que tengo sobre
ellos. De lo que espero y sueño. De lo que deseo y a veces no veo realizado.
Quiero que sean de una determinada manera y me frustro si al final del camino
la imagen que yo tengo y la realidad no coinciden.
Tengo que asumirlo, me gustan los moldes. Saber lo que puedo
esperar y lo que no de cada uno. Saber bien lo que quiero y lo
que no deseo. Lo que hay y lo que no hay. Cuesta aceptar con alegría que el
olmo no da peras.
No me gustan las sorpresas en la vida. Los cambios de planes. Los cambios
sorpresivos.
Por eso a veces me empeño en que las
cosas sean como creo que deberían ser. Y obligo a los demás a adaptarse a mi
proyecto. O son como yo
quiero o, si no lo son, que no estén tan cerca de mí.
Me alejo de los que se salen de mi molde,
de mi expectativa, de mi anhelo. No quiero tanto a los que no responden a mis
deseos, a los que se escapan del molde.
Y sin querer uso frases que no me ayudan
mucho: “Yo debería. Tú
tendrías. Yo tengo que. Tú sería bueno que hicieras”. Encasillo y me encasillo.
Tengo sobre mí muchas exigencias. Un molde.
En seguida me sale de los labios un “Yo debería”. Se me escapa. Se
me cae del corazón. Lo tengo tan dentro… Cuando no hago lo que quiero, cuando
no logro aquello por lo que lucho.
Sueño con un molde bien hecho y si no
quepo dentro, algo habrá que cambiar para que todo encaje. O me hago más
pequeño o no entro. Pero no rompo el molde.
Quiero una buena imagen. Mía, de los
demás. Y proyecto en aquellos a los que amo lo mismo que yo deseo para mí. Les exijo mi forma de vida. Mi forma de
amar. Mi forma de ver las cosas. La misma mirada. Los mismos
gestos.
Pero tengo que aceptar, aunque me duela, que las cosas no siempre
son necesariamente como yo las veo. Son como son y punto. Y eso
a veces me cuesta aceptarlo.
Entender que hay comportamientos que no
voy a querer nunca. Y voy a tener que verlos a mi alrededor, incluso en
aquellos a los que quiero. Y tendré que aceptarlo.
A veces me gusta maquillar la realidad,
intentando que se adapte a mi medida si eso es posible.
Quiero que los demás muestren la cara que
yo deseo. Me
quieran como yo espero. Me digan lo que anhelo escuchar. Se comporten en la
vida como corresponde a su condición, a su vocación, a su camino. Que no caigan, que no yerren.
Juzgo desde lo que los demás deberían
ser. No desde lo
que son. Y prefiero que nadie se salga de su lugar y me sorprenda con sus
actos.
La sorpresa me asusta. Es como un salto
inesperado en el vacío. Un cambio repentino de una vida trazada siguiendo
moldes. Y me da miedo.
A veces nos proyectamos en nuestros
hijos, en las personas a las que amamos. Queremos que sean como nosotros
queremos. Tal vez
como nosotros no hemos sido nunca. Que lleguen más lejos. Que hagan lo que no
hicimos. Que luchen ellos por lo que no luchamos nosotros.
Y cuando
nos desilusionan nos hundimos. No son como soñamos al tenerlos
y no sentimos defraudados.
¡Cuántas veces nos desilusionan las
personas a las que amamos! No son como deseamos. No son como deberían ser. Han
incumplido el camino marcado. Han fallado en lo más importante.
No parecen estar a la altura de lo que el
mundo, de lo que Dios, espera de ellos. De lo que yo mismo espero. No tocan las
cumbres que nosotros tampoco hemos podido tocar. Entonces dejamos de
sorprendernos ante la vida de los demás.
Esperamos mucho. Y nuestra frustración no
es fuente de alegría ni de crecimiento para el otro. A
veces tener un molde como meta en mi vida puede volverme rígido y serio.
Puedo pensar que si la realidad no se
adapta a mi molde no funciona nada. No soy feliz. Puedo volverme duro
conmigo mismo y duro con los demás.
La flexibilidad y la libertad desde el
amor logran sacar lo mejor de las personas, lo mejor de mi alma herida. ¿Por qué me
aferro tanto al molde?
A veces veo personas que juzgan todo
desde su molde. Y si los demás no se acoplan a ellos, los juzgan. Piensan que
no van a ser felices, porque no hacen lo que deberían hacer. A mí también me
pasa. Encasillo. Me vuelvo inflexible.
Tal vez tengo que liberarme de tanto
molde. Alegrarme de la versión que los demás me ofrecen. Ver que lo mejor que los demás me dan
puede ser maravilloso, aunque no coincida exactamente con lo que mi molde
espera.
Fuente:
Aleteia
