No quiero
ir por la vida decidiendo si los demás están bien o mal
Conozco algunas personas que
creen tener siempre la razón. Nunca pierden una pelea. No se equivocan. Siempre
tienen la última palabra. Cuando hablan sientan cátedra. No dudan. No temen.
Con su silencio aprueban o rechazan las posturas de los otros.
A veces, casi sin quererlo,
uno busca su aprobación. Como queriendo saber si estamos en lo cierto o hemos
fallado en nuestro punto de vista. No hay matices para ellos. O estás con
ellos, o estás equivocado. No
suelen cometer errores. Y si los cometen, tendrán atenuantes.
No logro saber bien si su
aparente seguridad es un don de Dios, un milagro de la naturaleza o un brote
excepcional en una tierra regada de inseguridades. Los contemplo y me asombro.
No sé si tienen de verdad paz
en el alma, si están alegres, si no les amarga ver tantos errores cerca de sus
vidas. No lo sé. Tampoco me preocupa tanto. Creo que no quiero tener razón siempre. Ni tener todas las respuestas.
Si pierdo la paz en un
momento, o me irrito, o me enfado, no quiero tener la razón. Simplemente quiero
vivir mi momento, tenga razón o no la tenga. No
quiero ir por la vida decidiendo si los demás están bien o mal. Si se equivocan o aciertan.
Me basta con vivir mi vida
sin grandes pretensiones. Sin querer erigirme en el criterio absoluto. Quiero
aceptar mis errores y mis debilidades. Reconocerme
a mí mismo mis miserias, mis inmadureces y no temer que otros las conozcan. Lo sé bien en teoría, Dios siempre me
espera en su misericordia.
Así lo decía el padre José
Kentenich: “Santa Teresita del Niño Jesús decía que ante Dios hemos de experimentarnos
como seres pequeños, desvalidos. Vale decir, reconocer y confesar nuestra miseria; y
confiar a toda costa en que el Dios eterno e infinito quiere recibir esa pobre
creatura y que, en virtud del reconocimiento de nuestras debilidades, nos
quiere acoger tanto más profundamente en su corazón. Por eso no desesperar ante nuestras faltas,
porque también nuestros pecados deben ayudarnos a ser humildes. Al reconocer mi pequeñez, Dios me atraerá
poderosamente hacia su corazón. Por tanto, no caer presa de la inquietud”.
Me gustaría mirarme con más misericordia. Y creerme de verdad que los
errores y caídas, que me hacen más pequeño, son la llave maestra del corazón de
Dios. Quiero
mirar a Dios así, cada día, a cada paso.
Reconocer que no acierto
siempre. Que mi pecado me hace más humilde, más sencillo, más necesitado. Que
no siempre tengo la razón. Aceptar que fallo y no soy esa imagen ideal que deseo dar de
mí mismo, guardada en algún rincón de mis sueños más antiguos.
Como si quisiera justificar
con mi perfección mi semejanza con ese Dios Trino que me ha creado y me ama.
Cuanto más me parezca a Él, más me tiene que querer. Parece ser un pensamiento
grabado desde siempre.
¡Y es todo tan distinto! Que
no me importe tanto perder peleas. Dejar de ser tomado en cuenta. Ser cuestionado
en cómo hago o he hecho las cosas. Ser juzgado y condenado aunque sea
injustamente. No
quiero cuidar tanto mi imagen.
Si de verdad me creo que Dios
me quiere como soy, si de verdad me creo que soy reflejo de la Trinidad, reflejo de un amor imposible,
si de verdad me creo que Dios sólo puede hacer cosas conmigo cuando me dejo,
cuando me parto, sin querer yo tener todas las riendas firmes…
Todo claro. Nunca ser
inmaduro ni perder los estribos. No alterarme por nada como en un estado de
santidad perfecta que no logro ni siquiera mirar de lejos.
Si de verdad me creyera que
Dios es misericordia, si me creyera que su amor por mí es incondicional y se
conmueve cada vez que me derrumbo y caigo,…
Decía Tim Guenard: “Dios acepta todo nuestro sufrimiento.
Pero la pregunta es si yo se lo doy. Creo que todo el mundo en algún momento
se encuentra en la necesidad de llamar a la puerta de la misericordia. A mí me
ocurrió. Creo que es una bebida de amor para todo el mundo. Todos somos
pecadores. Para
vivir la misericordia del amor, hay que aprender a escucharse, a mirarse y,
definitivamente, perdonarse”.
Quiero creer más en el amor
de Dios, en su misericordia infinita. Quiero confiar más en su espera paciente,
en su mirada amable.
No quiero vivir inquieto en un intento vano por ser perfecto a los
ojos de Dios y del mundo. Todos somos pecadores. Todos necesitamos esa
misericordia. Todos podemos ser puerta de misericordia para aquellos que no
conocen el amor de Dios. Puedo
abrir el corazón de ese Dios Trino que me ama con locura.
Fuente: Carlos Padilla Esteban/Aleteia
