Los secretos de Jesús
J.M.J.T. + Jesús Querida
hermana, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios espirituales,
ejercicios que quizás sean los últimos... Puesto que nuestra Madre lo permite,
me alegro mucho de ponerme a conversar contigo que eres dos veces mi hermana;
contigo, que me prestaste tu voz cuando yo no podía hablar, prometiendo en mi
nombre que no quería servir más que a Jesús...
Querida madrinita, aquella niña
que tú ofreciste a Jesús es la que te habla esta noche, la que te ama como sólo
una hija sabe amar a su madre... Sólo en el cielo conocerás toda la gratitud de
que rebosa mi corazón...
Pero a veces viene a
consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después
de haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te
doy, él te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de
la vida, donde está contenida la ciencia del amor». ¡La ciencia del amor! ¡Sí,
estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia.
Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa
del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien
que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor
es el único bien que ambiciono. Jesús se complace en mostrarme el único camino
que conduce a esa hoguera divina.
Ese camino es el abandono del niñito que se
duerme sin miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a
mí», dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor
dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su nombre,
el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor apacentará como un
pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho».
Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada
inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre
del Señor: «Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré
en brazos y sobre las rodillas os acariciaré».
Sí, madrina querida, ante un
lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento y de
amor... Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más
pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la
esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide
grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo
XLIX: «No aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las
fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos
los pájaros del cielo...
Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y
cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?...
Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias». He aquí, pues,
todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino
sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad
de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la
Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo
el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los
discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus
propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin
reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito! Hermana querida,
¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos secretos de nuestro Esposo! Si
tú quisieras escribir todo lo que sabes acerca de ellos, ¡qué hermosas páginas
podríamos leer! Pero ya lo sé, prefieres guardar «los secretos del Rey» en el
fondo de tu corazón, mientras que a mí me dices que «es bueno publicar las
obras del altísimo».
Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por
complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para expresar
con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque escribiera
páginas y más páginas, tendría la impresión de no haber empezado todavía... Hay
tanta variedad de horizontes, matices tan infinitamente variados, que sólo la
paleta del Pintor celestial podrá proporcionarme, después de la noche de esta
vida, los colores apropiados para pintar las maravillas que él descubre a los
ojos de mi alma. Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y «mi
doctrinita», como tú la llamas...
Lo he hecho en las páginas que siguen; pero
tan mal, que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis
expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, eso se debe a mi estilo
demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay exageración alguna:
en ella todo es sereno y reposado... (Al escribir, me dirijo a Jesús; así me
resulta más fácil expresar mis pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que
vayan horriblemente expresados).
Fuente: Catholic.net