Fin del Manuscrito A
Este año, el 9 de junio,
fiesta de la Santísima Trinidad, recibí la gracia de entender mejor que nunca
cuánto desea Jesús ser amado. Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas
a la justicia de Dios para desviar y atraer sobre sí mismas los castigos
reservados a los culpables.
Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero yo
estaba lejos de sentirme inclinada a hacerla. «Dios mío, exclamé desde el fondo
de mi corazón, ¿sólo tu justicia aceptará almas que se inmolen como
víctimas...? ¿No tendrá también necesidad de ellas tu amor misericordioso...?
En todas partes es desconocido y rechazado.
«Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta
descargarse, ¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso,
pues u misericordia se eleva hasta el cielo...! «¡Jesús mío!, que sea yo esa
víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto con el fuego de tu divino amor...!»
Madre mía querida, tú que me permitiste ofrecerme a Dios de esa manera, tú
conoces los ríos, o, mejor los océanos de gracias que han venido a inundar mi
alma...
Desde aquel día feliz, me parece que el amor me penetra y me cerca, me
parece que ese amor misericordioso me renueva a cada instante, purifica mi alma
y no deja en ella el menor rastro de pecado. Por eso, no puedo temer el
purgatorio... Sé que por mí misma ni siquiera merecería entrar en ese lugar de
expiación, al que sólo pueden tener acceso las almas santas.
Pero sé también
que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del purgatorio.
Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos inútiles, y que no me
inspiraría estos deseos que siento si no quisiera hacerlos realidad... ¡Qué
dulce es el camino del amor...! ¡Cómo deseo dedicarme con la mayor entrega a
hacer siempre la voluntad de Dios...! Esto es, Madre querida, todo lo que puedo
decirte de la vida de tu Teresita. Tú conoces mucho mejor por ti misma cómo es
y todo lo que Jesús ha hecho por ella.
Por eso, me perdonarás que haya resumido
mucho la historia de su vida religiosa... ¿Cómo acabará esta «historia de una
florecita blanca»...? ¿Será tal vez cortada en plena lozanía, o quizás
trasplantada a otras riberas...? No lo sé. Pero de lo que sí estoy segura es de
que la misericordia de Dios la acompañará siempre, y de que nunca la florecita
dejará de bendecir a la madre querida que la entregó a Jesús. Eternamente se
alegrará de ser una de las flores de su corona... Y eternamente cantará con esa
madre querida el cántico siempre nuevo del amor...
Fuente: Catholic.net
