Cuando se
desconoce la verdad se hacen las cosas por obligación y se puede acabar
odiándolas
A lo largo de la historia de la Iglesia
siempre ha habido cristianos que se confiesan como tal, pero son cristianos por
costumbre, por tradición.
Son cristianos que se contentan con una
mínima formación y viven una fe reducida a la mínima expresión; muchos incluso
tienen una relación con Dios y con la Iglesia sólo teórica.
¿Por qué pasa esto? Por muchos motivos,
principalmente porque se
camina por la vida creyendo que Dios no está a nuestro lado.
A muchos les pasa como a los discípulos
de Emaús, que caminaban ignorando que Jesús iba con ellos, “algo impedía que
sus ojos lo reconocieran” (Lc 24, 16).
Pero si muchas veces uno se olvida de caminar con el Señor, tenga
en cuenta que Él no se olvida de caminar con nosotros.
Recordemos que el Señor en persona se
acercó a aquellos discípulos y se puso a caminar con ellos, sin importar el
ánimo con el que estos iban o si estos le reconocían o no.
No importan pues nuestros ánimos; dejemos
que Él nos acompañe y nos guíe siempre, porque, al final de cuentas, Él es “el
camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).
Jesús quiere caminar con nosotros y
acompañarnos en persona
de forma real, eficaz, total y no a medias. Se hace el encontradizo, va con
nosotros y parece que nos
preguntara: “¿En qué te puedo ayudar?”.
O, como le dijo al ciego Bartimeo: “¿Qué
quieres que yo haga por ti?” (Mc 10, 51). Respondámosle también como Bartimeo:
“Maestro, que yo vea” (San Mc 10, 51). Y no solo Bartimeo recobra la vista sino
que sigue a Jesús con todo lo que implica.
Estamos invitados a tomar conciencia de
la presencia del Señor
que camina a nuestro lado, a no cerrarle el corazón, a eliminar los
impedimentos para verlo al lado.
Y si, no obstante esto, no le vemos,
pidámosle a Él más fe para verle y para reconocerle; que nos cure de la ceguera espiritual.
“Maestro que yo te vea”: esto nunca deja de ser una bonita oración.
A muchísimas personas, la luz de Cristo
no les llega
-“Jesús les habló otra vez diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga
no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12)- y
sin esta luz es como caminar ciegos, caminar en la oscuridad.
Ayuda, a que esta luz divina entre a los
ojos, el testimonio de los que “ven”. Este testimonio forma parte intrínseca de la luz de
Cristo.
De hecho, todos estamos llamados a ser
también “luz” mediante las buenas obras: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt
5, 14). “Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas
obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Mt 5,
16).
¿Por qué la gran mayoría de personas no
ven al Señor? Porque no hay la luz del testimonio de los fieles.
De manera pues que los cristianos
convencidos y coherentes no se deben esconder, no se deben avergonzar, no
pueden apagar su luz con el pecado.
La misión de los fieles que sí “ven” al
Señor que camina a su lado es la de ser lazarillos de los ciegos espirituales,
haciéndoles ver que Jesús realmente está a nuestro lado; y cumplir esta misión
con la esperanza de que ellos abran sus ojos espirituales.
Démonos cuenta de la importancia de las obras; las buenas obras
forman parte de la luz de Cristo, de la luz de la vida.
Jesús habla de la importancia de las
obras como consecuencia lógica de una fe auténtica.
¿De qué buenas obras habla el Señor?
Esencialmente ser coherente
con la fe, nunca avergonzarnos de confesar nuestra fidelidad a Cristo, vivir un cristianismo lleno de gozo,
estar dispuestos a dar razón de nuestra fe a quien la pida aunque no sea de
manera explícita, y finalmente ser perseverantes: “Con vuestra
perseverancia salvareis vuestras almas” (Lc 21, 19).
¿Qué se entiende por ser perseverantes?
Esto no significa una fe llevada por inercia o casi pasividad sino que implica
una fe activa, despierta, una fe que madura poco a poco.
Perseverar es un proceso de conversión
continuo hasta lograr el ideal del cristiano: la santidad. Se trata pues
de estar en condiciones de transmitir las verdades de fe con los que cojean o
no caminan en la fe.
Para esto es importante conocer los
contenidos de nuestra fe y la capacidad y/o la disposición al diálogo sin
dejarnos confundir.
Ayuda a ver a Jesús que camina a nuestro
lado la oración, la conciencia de la realidad terrenal, la vivencia de los
valores del evangelio, y la formación. Son elementos que nos ayudan a
cimentarnos en la fe.
Todo cristiano está invitado a ahondar en
las verdades dogmáticas; evitando, eso sí, todo extremismo.
La fe es un don que si no alimentamos se
queda solo en potencia y no da los frutos que debe dar.
Hay que tener una fe que venza al mundo
(1 Jn 5, 4). ¿Qué significa esto? Significa que si, por ejemplo, creemos de
verdad que Cristo vivo hace su presencia en la Eucaristía, no dejaríamos de participar en
la celebración eucarística con la debida frecuencia.
Y así como no podemos de ninguna manera
enfrentar la vida sólo con los conocimientos que recibimos de niños o con las
experiencias de la infancia tampoco podemos quedarnos con las tres verdades de
fe que nos enseñaron para recibir los sacramentos de iniciación cristiana.
Jesús, que es la verdad, nos dice que si
nos mantenemos fieles a su palabra conoceremos la verdad y esta nos hará libres
(Jn 8, 31-32). Él nos hace libres, pues su palabra es verdad.
Nunca podemos seguir a Jesús sólo porque
los demás lo hacen o solo por costumbre, pues se cae en un doble error: en hipocresía (por quedar
bien ante los demás) y hacer
las cosas de mala gana, lo cual llevará, más temprano que
tarde, a abandonar
todo por cansancio.
Seguimos a Jesucristo, con todo lo que
implica –la cruz-,
y nos relacionamos con Él y, en Él, con Dios Trinidad en la vida de la Iglesia,
estamos llamados a caminar
en la verdad.
Con Jesucristo entendemos que los
padecimientos que podamos soportar aquí en la tierra para hacer el bien son
recompensados. “Estimo que los sufrimientos de la vida presente no se pueden
comparar con la Gloria que
nos espera y que ha de manifestarse” (Rm 8, 18).
Cuando el propósito no es estimulante (cuando los cristianos desconocen la
verdad) se hacen las cosas por obligación, como algo que
preferiríamos no hacer, pero que lo hacemos porque no tenemos otra opción. En
estos casos se acaba por
odiar aquello que hacemos.
Para hacer las cosas relacionadas con
Dios a conciencia, convencidos y alegres es bueno entender y valorar lo que Él ha hecho por
nosotros: “Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo
entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás?” (Rm 8,
32).
El amor a Jesús hace que nada nos aleje
de Él: “¿Quién nos
separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?,
¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (Rm 8, 35)”.
Por Henry Vargas
Holguín
Fuente: Aleteia
