Sólo necesito que
alguien me vea, crea en mí, me sostenga
Creo que muchas veces no puedo hacer algo
si otros no confían en mí. Acabo pensando que no soy capaz de lograr lo que
sueño si otros antes ya me han condenado. Y curiosamente soy capaz de hacer
algo cuando alguien antes ha creído en mí.
Cuenta Irene Tuset Relaño, madre de
Andrés, diagnosticado de Síndrome de Down, la experiencia con su hijo.
A la pregunta: “Mamá, ¿yo puedo?” ella
anima a su hijo a ser valiente y hacerlo: “Seguiré
explicando una y otra vez que mi hijo sí puede, aunque a veces se equivoque,
aunque alguna vez se desoriente. Seguiré dejándole subir solo por las escaleras
y entrar solo al colegio. Seguiré haciendo pedagogía para que al menos nuestro
mundo comprenda que ayudar no siempre ayuda, proteger a menudo debilita y la
excesiva preocupación nos anula. Puedo decir que los hijos se suelen parecer
bastante a lo que sus padres esperan de ellos, a lo que su mundo espera de
ellos. Así que nuestros prejuicios alimentan la discapacidad. Nuestros miedos
se convierten en sus muros.
No pido más, sólo un poco de confianza,
de empatía. Señales que nos alienten, que nos empoderen, que vayan en nuestra
misma dirección y sentido. Porque en realidad todos pueden, claro que pueden.
Pero les tendremos que dejar intentarlo y equivocarse, caerse y levantarse,
tantas veces como sea necesario. Tendremos que tratarles con respeto, desde un
plano de igualdad, el que les corresponde por derecho”.
A veces soy esclavo de mis miedos o de la
desconfianza de los otros en mí.
Dejo de poder cuando otros dejan de creer que yo puedo. Se me contagia la misma
falta de fe. No creo porque otros no creen.
Y mi falta de fe en los demás hace que
ellos tampoco sean valientes y no avancen. Me fío mucho más de la mirada de los
demás que de mi mirada. Desconfío de mi propia forma de ver las cosas.
Y ya no lucho cuando no veo posibilidad
de triunfo al final del camino. Cuando otros no me animan. No me arriesgo donde
otros me han dicho que es imposible llegar. Si ellos no han podido, yo tampoco
puedo. Dejo de creer en lo imposible y me fío sólo de lo posible.
La fe del padre en el hijo lo capacita
para la vida. Su falta de fe, lo imposibilita. Pero también la fe de los hijos
en el padre lo hacen más capaz de ser padre. Decía Tim Guenard: “Si yo cambio, es porque mis hijos creen
en mí, en que puedo cambiar”.
El poder que tiene el mundo sobre mí es
inmenso. Un
comentario negativo tira por tierra mi alegría. Un comentario positivo me anima
a subir más alto.
Una persona me decía: “Le dije que si me quejaba en alto era
para ver si él decía algo, me preguntaba, se interesaba, mostraba preocupación
y amor. Él no reacciona con nada, mira para otro lado, y es como si yo no
existiera. Me siento invisible a su lado y reclamo su atención. ¿Tan raro es?
Lo hacen los niños y es totalmente normal y lo que reciban influirá en su
autoestima. Le dije
que si por la mañana me preguntaba una sola vez: ¿Qué tal te encuentras hoy? Le
contestaría y punto”.
Quizás a veces basta con no parecer
invisible delante de la persona que me ama, a la que amo.
Basta con una pregunta en medio de la
vida para caminar ilusionado.
Con un interés verdadero en medio de las dudas. Basta con mirar al otro y
querer saber cómo se encuentra. Qué va a hacer. Cuál es su siguiente desafío.
Tal vez hace falta salir de uno mismo para creer en el otro,
para pensar en el otro. Dejar de mirar mis preocupaciones y angustias para
mirar más el alma de la persona que está a mi lado.
No hay nada peor que parecer invisible.
No ser tomado en cuenta. No hay nada peor que ver que nadie cree en mí, nadie
confía en mis posibilidades.
Puedo cambiar si creen en mí. Puedo levantarme cada mañana si me ven,
si no soy invisible. Puedo dar más de mí mismo si no me ponen barreras
limitantes.
Amurallan mi vida con imposibles. Con
miedos, con prejuicios. Para que no caiga, para que no yerre. Pero yo sí puedo.
Puedo lograr lo que temo. Puedo
subir más alto.
Porque alguien cree en mí, me sostiene en
mis límites, ve más allá de mis barreras.
Me gustaría no ser invisible para otros.
Me gustaría que creyeran en mí cuando he caído, cuando no he tocado la meta,
cuando me he frustrado en mi intento por llegar más lejos.
Mis miedos me limitan y limitan a otros. Me hacen mirar mi vida y la de los demás
con miedo. Construyo barreras allí donde no hay barreras y no creo en las
posibilidades de mi propia vida ni en las posibilidades de los demás.
Fe en el otro. Fe en mí mismo. En el
poder escondido en mi corazón.
Sólo necesito que alguien
me vea, crea en mí, me sostenga. Se ría de mis enfados, le
conmuevan mis inmadureces. Se tome a broma mis bloqueos y me saque de esa cueva
en la que me encierro cuando dejo de creer en lo imposible.
Me gusta esa fe sencilla del que camina a
mi lado. Esa fe que me levanta siempre cuando caigo. Esa fe que es como una
roca en medio de mi camino y me hace confiar y ser valiente en la aventura de
la vida.
Hace falta valor para jugar al borde del
precipicio, para aventurarme en las cumbres más altas, para sentir que puedo
vencer cuando todo está en mi contra, para navegar mar adentro sin miedo a lo
desconocido.
Quiero creer en mí mismo para seguir
caminando. Creer que puedo. Creer que es posible. Quiero creer en aquellos a los que amo.
Quiero construir puentes y dar alas.
