Le digo
que sí, pero en cuanto la enfermedad golpea mi carne quiero un milagro: me
falta fe
Sé que si confío más en Dios
no tendré tantos miedos metidos en el corazón. Sé que Jesús no quiere que
tiemble mi corazón ante las adversidades de la vida: “Que no tiemble vuestro corazón ni se
acobarde”.
No quiere que me acobarde.
Pero yo muchas veces tengo miedo y me acobardo. Dejo de hacer cosas por miedo.
Dudo, me detengo. Quiero seguir creyendo, pero dudo.
Siento que a veces tiembla mi
corazón ante las dificultades. Tiembla y se acobarda. No confío en ese amor infinito que me
sostiene.
Y le pido a Dios milagros. No
le pido fuerza para llevar la enfermedad. No le pido paz en medio del
sufrimiento. Le pido que me quite la cruz, que aleje el sufrimiento, que acabe
con mi dolor.
Sí, me falta fe. Quiero
pedirle que viva conmigo mi cruz, que permanezca dándome la mano en medio de mi
dolor. Pronunciando palabras de amor para que sepa sostener el cáliz que he de
beber. Me falta fe.
El otro día leía: “Creemos
que dependemos de Dios, que su voluntad nos sostiene en cada instante de
nuestra vida. Pero nos da miedo comprobarlo. En lo más hondo de cada uno de nosotros
queda una pequeña duda persistente, un pequeño nudo de temor al que nos negamos
a enfrentarnos o que no reconocemos ni siquiera ante nosotros mismos, y que nos
dice: – ¿Y si no es así? Nos da miedo abandonarnos totalmente en las manos de
Dios por temor a que no nos sujete cuando
caigamos».
Quiero tener esa fe que me permita seguir creyendo cuando
aparentemente todo esté perdido. Que me permita soltarme en manos de mi Padre y confiar de verdad
en su amor.
No quiero que se pierda mi fe
en mitad de mi camino.Quiero ser capaz de amarle siempre,
también cuando no note su mano suave sobre mi vida. Pero me
falta la fuerza.
Quiero confiar en todo
momento. También cuando parezca que caigo y no hay nadie esperándome al final
de mi caída. No quiero temblar ante las dificultades de la vida. Cuando no
salga todo como yo quiero.
Decía el padre José
Kentenich: “Oh, mi Dios y Señor, despréndeme de mí mismo y hazme
enteramente tuyo. He aquí la cima de la sencillez. Si nos
animásemos a orar de una manera similar, habría entonces que estar dispuestos a
asumir lo que venga con mucha seriedad.Seamos veraces en la oración, aun cuando nuestro pobre corazón
tiemble de miedo”.
Quiero ser fiel a la palabra
dada y repetir esa oración sencilla. Que me desprenda de mí mismo. Que mi
palabra dada valga siempre. Que no se lleve el viento mis buenas intenciones.
Quiero permanecer a su lado aun cuando otros se alejen de su amor.
Que su Espíritu me recuerde
cada día todo lo que Jesús me dice, cuánto me quiere, cómo me acompaña siempre. Me recuerde la plenitud a la que estoy
llamado. Que Jesús camine a mi lado. Abrazándome despacio.
Fuente: Carlos Padilla esteban/Aleteia
