El lema de este año para la campaña de la asignación tributaria es porque detrás de cada x hay una historia. Una historia de quien da y una historia de quien recibe
Llega
el tiempo de la declaración de la renta y somos muchos los que marcamos la
casilla para que una parte de nuestros impuestos vayan a la Iglesia.
Sabemos
que nuestro dinero servirá para que la Iglesia pueda desarrollar su misión
evangelizadora que abarca multitud de campos: sostenimiento de los sacerdotes,
seminarios, escuelas y centros de formación, templos y lugares de culto,
actividades sociales y caritativas. No hay dificultad, incluso, en marcar
también la casilla de fines sociales porque la Iglesia realiza una labor
importante en el campo social.
El
lema de este año para la campaña de la asignación tributaria es porque detrás de cada x hay una historia.
Una historia de quien da y una historia de quien recibe.
Aunque permanezcan en el anonimato, quienes ayudan a la Iglesia tienen su
historia de compromiso con la Iglesia, que sólo Dios conoce. Su decisión de
ayudar a la Iglesia en sus necesidades nace sin duda de la gratitud por lo que
la Iglesia hace a favor de los demás, y de la convicción de que quien siembra
generosamente, generosamente cosechará. Es la historia de mucha gente que desea
compartir los proyectos de la Iglesia y pone su granito de arena, el óbolo de su
comunión.
Detrás
de cada x hay también una historia que se hace posible gracias a la ayuda de
los demás. Es la historia del sacerdote que recibe sustento para su misión; del
seminarista que recibe una beca de estudios; del colegio parroquial o
diocesano, que no puede subsistir sin la ayuda que recibe; de cada proyecto
caritativo o social que hace posible la solución de tantas necesidades que
conocemos a través de las campañas eclesiales. Son historias que dependen de la
generosidad de todos nosotros. La generosidad que contribuye a que la comunión
espiritual y material crezca y se materialice en obras concretas.
La
Iglesia despliega su misión en el mundo por medio de la liturgia, de la
evangelización y de la caridad. Por diferentes medios y cauces, desde sus
orígenes, ha recibido la ayuda de creyentes y de hombres y mujeres de buena
voluntad que le han ofrecido su limosna. Es la expresión del amor gratuito, de
la cooperación en el bien común, de la confianza que suscita su misión en el
mundo. Jesús instituyó entre sus apóstoles una comunión, no sólo espiritual
sino material, que se concretó en una bolsa de dinero para los pobres.
San
Pablo organizaba colectas para los pobres de Jerusalén. y justificaba esta
iniciativa en la caridad de Cristo que vino a enriquecernos con su pobreza.
Esta caridad no ha dejado de existir en la Iglesia. Gracias a ella, la Iglesia
se ha convertido en una comunión de bienes espirituales y materiales que
permite, en un mundo que aspira a la solidaridad, a la fraternidad y a la compasión
con los más necesitados, llevar a cabo tantas historias que se hacen posibles
cuando marcamos la casilla de nuestra aportación a la Iglesia.
+
César Franco Martínez
Obispo
de Segovia
