Hija de María
Casi inmediatamente
después de mi entrada en la Abadía, ingresé en la Congregación de los Santos
Angeles. Me gustaban mucho los ejercicios de devoción que en ella se
prescribían, pues sentía una especial inclinación a invocar a los bienaventurados
espíritus celestiales, y en particular al que Dios me dio para que fuera el
compañero de mi destierro.
Poco tiempo después de mi primera comunión, la banda
de aspirante a las Hijas de María sustituyó a la de los Santos Angeles, pero
abandoné la Abadía sin haber sido recibida en esa congregación de la Santísima
Virgen. Como salí antes de terminar los estudios, no se me permitía entrar en
ella como antigua alumna.
Este permiso, lejos
de agradarme, me costó enormemente. Yo no tenía, como las demás alumnas, una profesora
amiga con quien poder ir a pasar el tiempo. Así es que me conformaba con ir a
saludar a la profesora, y luego trabajaba en silencio hasta que terminaba la
clase de labores. Nadie se fijaba en mí. Así que subía a la tribuna de la
capilla y me estaba allí delante del Santísimo hasta que papá venía a buscarme.
Este era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo...? No sabía
hablar con nadie más que con él.
Las conversaciones con las criaturas, incluso
las conversaciones piadosas, me cansaban el alma... Sentía que vale más hablar
con Dios que hablar de Dios, ¡pues se suele mezclar tanto amor propio en
las conversaciones espirituales...! ¡Sólo por la Santísima Virgen iba a la
Abadía...! A veces me sentía sola, muy sola. Como en los días de mi vida de
internado, cuando me paseaba triste y enferma por el enorme patio, yo repetía
siempre estas palabras, que hacían renacer siempre la paz y la fuerza en mi
corazón: «La vida es tu navío, no tu morada».
Cuando era pequeñita, estas
palabras me levantaban la moral. Y todavía hoy, a pesar de los años, que hacen
que desaparezcan tantos sentimientos de piedad infantil, la imagen del navío
sigue cautivando mi alma y la ayuda a soportar el destierro... ¿No dice la
Sabiduría que la vida es «como nave que surca las aguas agitadas sin dejar
rastro alguno de su travesía...?»
Cuando pienso en estas cosas, mi alma se
abisma en el infinito y me parece estar tocando ya las riberas eternas... Me
parece estar ya recibiendo el abrazo de Jesús... Creo ver a mi Madre del cielo
salirme al encuentro con papá..., con mamá... y con los cuatro angelitos...
Creo estar gozando, por fin, para siempre de la verdadera, de la única vida de
familia...
Fuente: Catholic.net
