"Los
misioneros hemos vivido y seguimos viviendo junto al pueblo de Ecuador, del que
formamos parte, una experiencia de dolor, de impotencia, de
cuestionamiento" Lourdes Alonso, misionera en Ecuador
Me ha conmovido recibir, a
pocas horas de sufrir el terremoto, vuestro mensaje de cercanía y apoyo.
Gracias por estar tan cercanos a los misioneros.
En medio de estos días de vorágine, una tragedia que
ha afectado a todo el país, hoy nos hemos reunido en Quito un grupo de religiosos
y religiosas de diferentes Congregaciones para coordinar como ayudar más
eficazmente a nuestro hermanos sufrientes en la zona del terremoto poniendo
en común nuestro esfuerzos para que nadie quede abandonado y para prever las
ayudas a medio y a largo plazo: la situación de crisis va a durar meses y ya
sabemos que la emoción decaerá como otras veces a ocurrido. Hemos orado,
releído y reflexionado los acontecimientos para decidir de algunas acciones
concretas.
Con todas esas personas para los que esta experiencia
despierta interrogantes, queremos ser testigos del Dios que está al lado de
las victimas muertas, heridas, en duelo, o todavía sepultadas. No
queremos ser testigos de un Dios que nos habría enviado este horror como
castigo o para enseñarnos, a palos, algún tipo de lección. Ese no es nuestro
Dios. La fe en el Dios de Jesús nos guía para rechazar toda lectura que nos
aleje de la mirada misericordiosa, compasiva y cercana que el Abba tiene por
sus hijos. Dios escucha el dolor de su pueblo.
Porque nos sentimos frágiles
y, quizás, abandonados, es el momento de hacer memoria de aquellos momentos
de nuestra historia, personal y colectiva en la que nos dimos cuenta de la cercanía
y presencia de Dios. Dios no abandona la obra de sus manos. Es la
experiencia del pueblo de Israel. Es la experiencia de Jesús en la cruz que une
en un mismo grito el sentimiento de soledad y la confianza en Dios: Padre, ¿por
qué me has abandonado? y ¡en tus manos encomiendo mi espíritu!
Pero, ¿cómo ser testigos ante la gente de que Dios
escucha a su pueblo? Una manera es asumir el reto de ser personas de escucha
atenta, cariñosa, misericordiosa, sin miedo y sin prejuicios con estas personas
que han vivido esta experiencia terrible. Vivir lo que el Papa Francisco
llama la cultura de la escucha, la cultura del oído que nos va a llevar
a la oración autentica entre nosotros y con la gente, a darnos cuenta
que Dios nos escucha, a la comunión concreta con los que claman hacia Dios
y no a dar respuestas teóricas.
El Año de la Misericordia que estamos
celebrando es una gracia de Dios se trata de ayudar a descubrir lo que nos
recuerda el Papa Francisco: que en toda circunstancia “el nombre de Dios es
misericordia”. También en momentos de dolor y de dificultad. Jesús es el rostro
de la misericordia del Padre ¿cómo vamos a ser, en estas circunstancias, ese
rostro de la misericordia del Padre?
Ciertamente un camino será el hacer
llegar las ayudas materiales que podamos ofrecer, es una ocasión de vivir las
obras de misericordia vistiendo al desnudo, dando de comer al sediento,
cuidando al enfermo, enterrando a los muertos, consolando al triste… Pero no
debemos olvidar lo esencial de la actitud de cercanía con el hermano
desamparado, vivir la cultura de la ternura y del cariño, buscar con la
gente caminos para guardar la esperanza. La misericordia de Dios abre
siempre a la esperanza.
En esta situación que vivimos nos sentimos
terriblemente vulnerables frente a la naturaleza. Hay muchas muertes. Hay un
olor de muerte y podemos ser tentados de dejarnos invadir por él. ¿Qué
sentido dar a tantas muertes de personas inocentes? El tiempo de Pascua
que vivimos nos recuerda con fuerza que para el creyente en Jesús la muerte y
el dolor tienen siempre una dimensión pascual: no se trata de terminar “la”
vida sino de pasar de esta vida a una vida nueva, aquí y ahora y para siempre.
Jesús ha resucitado primero de todos nosotros (1 Cor 15,20). Nos ha abierto,
ya, el camino hacia esa vida nueva.
Es un paso, un “parto” que nos ha de
llevar a reflexionar sobre la vida, el sentido que le queremos dar, la
orientación que damos concretamente a nuestros actos. Jesús, nos pide el tener
una vida pascual y frente a acontecimientos como estos nos desafía a mirarlos y
vivirlos desde una óptica pascual, de cambio.
Hay señales de resurrección que
ya están presentes: el pueblo ecuatoriano ha comenzado a resucitar en la
solidaridad, en su capacidad de aprender a vivir sufriendo, en la capacidad
de los pobres para no dejarse abatir, en el sentido de unidad y de
responsabilidad colectivas... Detectemos y valoremos las fuerzas de vida,
porque allí es donde Jesús resucitado está presente. Colaboremos con Él. Él
nos precede en esta nuestra Galilea.
Lourdes Alonso, Hijas de la Sabiduría
Quito, Ecuador
Fuente: OMP
