Hay
algo extremadamente importante que he aprendido como cuidador y de lo que no se
habla mucho
El
otro día mi esposa me informó de que necesitaba buscar algo de ropa nueva para
el trabajo. Luego me recordó que teníamos que comprar filtros para el café y
manzanas. Antes de cenar, me preguntó si ya habíamos almorzado y quería saber
qué es lo que habíamos comido. La conversación quedó rematada con un “¿Vas a
quedarte aquí esta noche o vas a ir al ‘otro sitio’?”.
Estos
trances inconexos y espontáneos han pasado de ser algo esporádico a algo diario
y hasta frecuente.
Hace
más de siete años que Marty no trabaja. Tres que no conduce. Tenemos reservas
más que abundantes de filtros de café y una buena bolsa de manzanas. Nunca
recuerda lo que comimos para almorzar, ni siquiera si comimos en absoluto.
Además,
(a veces) olvida dónde está nuestro dormitorio, dónde se guardan las toallas o
en qué cajón meter los tenedores y las cucharas. No tenemos ningún “otro
lugar”, hemos vivido juntos en la misma casa durante casi diez años.
Su
mente, mejor dicho, la propia esencia de su persona ha sido invadida por un
intruso, de nombre alzhéimer.
Le fue diagnosticado hace varios años.
A
medida que este extraño invasor se entrega a su inflexible e incansable tarea
de devorar a la persona real dentro de la mente de mi mujer, también está
demostrando ser el enemigo
más beligerante y exigente con el que jamás me he enfrentado.
Uno
de los 12 frutos del Espíritu Santo es la paciencia. Siempre ha
sido una virtud fuerte en mí. Incluso ese dicho estereotipado, “tiene más
paciencia que un santo”, lo han usado para referirse a mí.
Pero
tengo que deciros algo: sé que nunca he tenido ningún tipo de halo divino, pero
si alguna vez arrojé siquiera un raro brillo, ahora parpadea debilitado.
Satán
me tiene bien agarrado, y lo consiguió con la insidiosa redundancia que
acompaña al mal de Alzheimer.
El
día que he descrito antes, perdí los estribos con una víctima inocente de una
enfermedad que ha invadido y contorsionado su personalidad. Mi paciencia se evaporó en ira. Fallé
como su cuidador.
De
inmediato sentí vergüenza de mí mismo, me adentré en el cuarto de baño, cerré
la puerta y empecé a enjugar las lágrimas de mi rostro.
Salí
del baño, volví frente al ordenador y abrí mi correo electrónico. Como en
muchas otras ocasiones durante mi viaje espiritual, recibí un mensaje de Él en
forma de boletín electrónico de la
asociación de alzhéimer a la que pertenezco. Incluía una “lista de
cuidadores”.
Eché
un vistazo rápidamente por los ocho integrantes de la lista. El número siete me
dio una buena colleja mental. Se podía leer: “¿Te
sientes frustrado y enfadado cuando la persona con demencia repite continuamente las mismas cosas
una y otra vez y nunca parece escucharte?”.
Mi
pensamiento inmediato fue ¡SÍ,
SÍ! ¡ESO ES LO QUE ME PASA! A continuación respiré profundamente,
me disculpé y le di las gracias al Señor.
Concluí
la recuperación de mi compostura yendo junto a Marty y dándole un beso y un
abrazo enormes. Le dije que
lo sentía. Ella no sabía por qué lo sentía, pero sonrió de todas formas.
Hay
algo extremadamente importante que he aprendido como cuidador y de lo que no se
habla mucho. Todos y cada uno de nosotros necesita oraciones, muchas oraciones.
Además
del ataque constante contra la paciencia de una persona, hay otras virtudes o
frutos que sufren el asedio. La afabilidad puede quedar muy erosionada también.
La bondad se puede pasar por alto. Es
un reto para la fe. La alegría se esfuma a la primera de
cambio.
Vivir
en el mundo del alzhéimer es una existencia retorcida. A menudo nada tiene
sentido. A menudo las repeticiones se sienten como si tuvieras a alguien
dándote golpecitos en el brazo constantemente, sin parar. Y quieres gritar,
¡PARA YA! Pero no lo haces… no siempre.
Acudo
a reuniones de cuidadores una vez al mes. La mayoría de mis compañeros y
compañeras (no todos) son gentes de fe (católicos, cristianos, judíos,
protestantes, etc.).
Constantemente
se aferran fuertemente a su fe para poder navegar las extrañas e impredecibles
aguas del alzhéimer. La fe
y la confianza en Dios forman un escudo poderoso, una barrera,
por así decirlo, contra la insidia de esta enfermedad degenerativa y malvada.
En lo
que a mí respecta, es posible que haya sido derrotado en una o dos batallas,
pero tengo grandes aliados:
Dios, mi fe católica, las oraciones, mi familia y mis amigos.
Estos
aliados me reconfortan y fortalecen. Son los centinelas de mi paciencia. Y la
oración es mi armadura.
Por
favor, recordad en vuestras oraciones a las millones de víctimas de alzhéimer.
Y si tenéis ocasión, incluidnos también a los cuidadores. Necesitamos toda la
ayuda posible.