El hombre que no valore el pecado, nunca entenderá la pasión de Cristo, ni el significado de sus palabras en la última cena: «Esta es mi sangre de la alianza derramada por muchos para el perdón de los pecados»
La liturgia del domingo de Ramos ofrece una visión
completa de la contradicción que persiguió a Cristo durante toda su vida. Los
hosannas del pueblo que le acoge jubiloso en Jerusalén se cambian en rechazo
cuando piden a Pilato que lo crucifiquen. El príncipe de la paz se convierte en
el nazareno cargado con la cruz.
Esta contradicción expresa claramente que
Jesús nunca fue comprendido por sus contemporáneos, por la sencilla razón de
que no sació sus expectativas de un mesías político.
Incluso dentro de los Doce
Jesús padeció la contradicción. Hasta Pedro, que confiesa a Jesús como Mesías e
Hijo de Dios, se opone al Maestro cuando anuncia su pasión. En varias ocasiones
Jesús corrige a sus apóstoles cuando percibe que interpretan la instauración de
su Reino desde una perspectiva temporal, en la que ellos ocuparán puestos de
importancia. Cuando Jesús multiplica los panes y los peces, la multitud quiere
hacerlo rey para tener así cubiertas sus necesidades más básicas. Y al explicar
que no ha venido para eso, sino para saciarnos con el Pan de la Vida, Jesús
comienza a quedarse solo.
La liturgia del domingo de Ramos escenifica,
insisto, esta contradicción. Comienza con una procesión de cánticos gloriosos,
pero inmediatamente se da paso a la lectura de la pasión y muerte de Cristo. A
pesar de los siglos trascurridos, esta contradicción permanece, porque al
hombre, y también al cristiano, le cuesta entender que la pasión y muerte de
Cristo sirva para algo. A lo sumo, se valora como un acto ejemplar de Cristo,
que manifiesta su bondad dejándose llevar a la cruz.
¿Por qué era necesario que el Mesías padeciera? se
preguntaban desolados los discípulos de Emaús. ¿Por qué algunos miembros de la
comunidad de Filipos, según dice Pablo, se declaran enemigos de la cruz de
Cristo? ¿Cuál es la razón de que los griegos paganos consideren una necedad la
predicación de la cruz y los judíos religiosos la valorasen como un escándalo?
Jesús responde a estas preguntas apelando al plan
de su Padre a favor del hombre. Un plan que tiene que ver con el pecado de la
humanidad, que Cristo se echa sobre sí para mostrarnos dos cosas que son
inseparables: la gravedad del pecado y la infinita compasión de Dios. El hombre
que no valore el pecado, nunca entenderá la pasión de Cristo, ni el significado
de sus palabras en la última cena: «Esta es mi sangre de la alianza derramada
por muchos para el perdón de los pecados». La pasión y muerte de Cristo revela
lo que Pablo llama «misterio de iniquidad», es decir, el pecado, entendido como
oposición a Dios y ruptura de la alianza con él. Y, al mismo tiempo, el
Crucificado manifiesta la infinita compasión del Hijo de Dios con el hombre, al
asumir el pecado de todos y clavarlo en la cruz estableciendo la paz definitiva
con Dios.
Esta compasión de Cristo con el hombre revela además que ningún
sufrimiento humano, ninguna pasión que ponga al hombre al límite de sus
capacidades, dejan indiferente a Dios, puesto que en su Hijo ha querido
asumirlas e iluminarlas con la luz que brota del Resucitado. En su encíclica Spe Salvi dice
Benedicto XVI: «Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis
est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero
puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo
hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en
carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso,
en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí
se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor
participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza».
+ César Franco
Obispo de Segovia
