La misericordia de Dios lleva a cumplimiento la verdadera justicia
El Papa Francisco dedicó la Audiencia General de este miércoles a la
justicia divina y a la misericordia perfecta, así como al perdón. “Este es un
camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal esté listo a perdonar y
desear la salvación y el bien de quien lo ha ofendido”, dijo Francisco.
A continuación, el texto completo:
La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como misericordia infinita, pero
también como justicia perfecta. ¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Cómo se
articula la realidad de la misericordia con las exigencias de la justicia?
Podría parecer que sean dos realidades que se contradicen; en realidad no es
así, porque es justamente la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la
verdadera justicia. Es propio la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento
la verdadera justicia. ¿Pero, de qué justicia se trata?
Si pensamos en la administración legal de la justicia, vemos que quien se
considera víctima de una injusticia se dirige al juez en un tribunal y pide que
se haga justicia. Se trata de una justicia retributiva, que aplica una pena al
culpable, según el principio que a cada uno debe ser dado lo que le
corresponde. Como recita el libro de los Proverbios: «Así como la justicia
conduce a la vida, el que va detrás del
mal camina hacia la muerte» (11,19). También Jesús lo dice en la parábola de la
viuda que iba repetidas veces al juez y le pedía: «Te ruego que me hagas
justicia contra mi adversario» (Lc 18,3).
Pero este camino no lleva todavía a la verdadera justicia porque en
realidad no vence el mal, sino simplemente lo circunscribe. En cambio, es solo
respondiendo a esto con el bien que el mal puede ser verdaderamente vencido.
Entonces hay aquí otro modo de hacer justicia que la Biblia nos presenta como
camino maestro a seguir. Se trata de un procedimiento que evita recurrir a un
tribunal y prevé que la víctima se dirija directamente al culpable para
invitarlo a la conversión, ayudándolo a entender que está haciendo el mal,
apelándose a su conciencia. En este modo, finalmente arrepentido y reconociendo
su proprio error, él puede abrirse al perdón que la parte agraviada le está
ofreciendo. Y esto es bello: la persuasión; esto está mal, esto es así… El
corazón se abre al perdón que le es ofrecido. Es este el modo de resolver los
contrastes al interno de las familias, en las relaciones entre esposos o entre
padres e hijos, donde el ofendido ama al culpable y desea salvar la relación
que lo une al otro. No corten esta relación, este vínculo.
Cierto, este es un camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal
esté listo a perdonar y desear la salvación y el bien de quien lo ha ofendido.
Pero solo así la justicia puede triunfar, porque, si el culpable reconoce el
mal hecho y deja de hacerlo, es ahí que el mal no existe más, y aquel que era
injusto se hace justo, porque es perdonado y ayudado a encontrar la camino del
bien. Y aquí está justamente el perdón, la misericordia.
Es así que Dios actúa en relación a nosotros pecadores. El Señor
continuamente nos ofrece su perdón y nos ayuda a acogerlo y a tomar conciencia
de nuestro mal para poder liberarnos. Porque Dios no quiere nuestra condena,
sino nuestra salvación. ¡Dios no quiere la condena de ninguno, de ninguno!
Alguno de ustedes podrá hacerme la pregunta: ¿Pero padre, la condena de Pilatos
se la merecía? ¿Dios la quería? ¡No! ¡Dios quería salvar a Pilatos y también a
Judas, a todos! ¡Él, el Señor de la misericordia quiere salvar a todos! El
problema es dejar que Él entre en el corazón.
Todas las palabras de los
profetas son un llamado apasionado y lleno de amor que busca nuestra conversión.
Es esto lo que el Señor dice por medio del profeta Ezequiel: «¿Acaso deseo yo
la muerte del pecador … y no que se convierta de su mala conducta y viva?»
(18,23; Cfr. 33,11), ¡aquello que le gusta a Dios!
Y este es el corazón de Dios, un corazón de Padre que ama y quiere que sus
hijos vivan en el bien y en la justicia, y por ello vivan en plenitud y sean
felices. Un corazón de Padre que va más allá de nuestro pequeño concepto de
justicia para abrirnos a los horizontes ilimitados de su misericordia. Un
corazón de Padre que nos trata según nuestros pecados y nos paga según nuestras
culpas. Y precisamente es un corazón de Padre el que queremos encontrar cuando
vamos al confesionario.
Tal vez nos dirá alguna cosa para hacernos entender
mejor el mal, pero en el confesionario todos vamos a encontrar un padre; un
padre que nos ayude a cambiar de vida; un padre que nos de la fuerza para ir
adelante; un padre que nos perdone en nombre de Dios. Y por esto ser confesores
es una responsabilidad muy grande, muy grande, porque aquel hijo, aquella hija
que se acerca a ti busca solamente encontrar un padre. Y tú, sacerdote, que
estás ahí en el confesionario, tú estás ahí en el lugar del Padre que hace
justicia con su misericordia. Gracias.
Fuente: Aciprensa
