Pónese el
primer verso y comienza a declarar cómo esta contemplación oscura no sólo es
noche para el alma, sino también pena y tormento
1. Esta noche
oscura es una influencia de Dios en el alma, que la purga de sus ignorancias e
imperfecciones habituales, naturales y espirituales, que llaman los
contemplativos contemplación infusa o mística teología, en que de secreto
enseña Dios al alma y la instruye en perfección de amor, sin ella hacer nada ni
entender cómo.
Esta contemplación infusa, por cuanto es sabiduría de Dios
amorosa, hace dos principales efectos en el alma, porque la dispone purgándola
e iluminándola para la unión de amor de Dios. De donde la misma sabiduría
amorosa que purga los espíritus bienaventurados ilustrándolos es la que aquí
purga al alma y la ilumina.
2. Pero es la
duda: ¿por qué, pues es lumbre divina, que, como decimos, ilumina y purga el
alma de sus ignorancias, la llama aquí el alma noche oscura? A lo cual se
responde que por dos casas es esta divina Sabiduría no sólo noche y tiniebla
para el alma, mas también pena y tormento: la primera es por la alteza de la
Sabiduría divina, que excede al talento del alma, y en esta manera le es
tiniebla; la segunda, por la bajeza e impureza de ella, y de esta manera le es
penosa y aflictiva, y también oscura.
3. Para probar
la primera conviene suponer cierta doctrina del Filósofo, que dice que cuanto
las cosas divinas son en sí más claras y manifiestas, tanto más son al alma
oscuras y ocultas naturalmente; así como la luz, cuanto más clara es, tanto más
ciega y oscurece la pupila de la lechuza, y cuanto el sol se mira más de lleno,
más tinieblas causa a la potencia visiva y la priva, excediéndola por su
flaqueza.
De donde,
cuando esta divina luz de contemplación embiste en el alma que aún no está
ilustrada totalmente, le hace tinieblas espirituales, porque no sólo la excede,
pero también la priva y oscurece el acto de su inteligencia natural. Que por
esta causa san Dionisio y otros místicos teólogos llaman a esta contemplación
infusa rayo de tiniebla, conviene a saber, para el alma no ilustrada y purgada,
porque de su gran luz sobrenatural es vencida la fuerza natural intelectiva y
privada.
Por lo cual
David (Sal. 96, 2) también dijo que cerca de Dios y en rededor de él está
oscuridad y nube; no porque en sí ello sea así, sino para nuestros
entendimientos flacos, que en tan inmensa luz se oscurecen y quedan ofuscados,
no alcanzando. Que por eso el mismo David (Sal. 17, 13) lo declaró luego,
diciendo: Por el gran resplandor de su presencia se atravesaron nubes, es a
saber, entre Dios y nuestro entendimiento. Y ésta es la causa por que, en
derivando de sí Dios al alma que aún no está transformada este esclarecido rayo
de su sabiduría secreta, le hace tinieblas oscuras en el entendimiento.
4. Y que esta
oscura contemplación también le sea al alma penosa a estos principios, está
claro; porque, como esta divina contemplación infusa tiene muchas excelencias
en extremo buenas y el alma que las recibe, por no estar purgada, tiene muchas
miserias también en extremo malas, de aquí es que, no pudiendo caber dos
contrarios en el sujeto del alma, de necesidad haya de penar y padecer el alma,
siendo ella el sujeto en que contra sí se ejercitan estos dos contrarios,
haciendo los unos contra los otros, por razón de la purgación que de las
imperfecciones del alma por esta contemplación se hace. Lo cual probaremos por
inducción en esta manera.
5. Cuanto a lo
primero, porque la luz y sabiduría de esta contemplación es muy clara y pura y
el alma en que ella embiste está oscura e impura, de aquí es que pena mucho el
alma recibiéndola en sí, como cuando los ojos están de mal humor impuros y
enfermos, del embestimiento de la clara luz reciben pena.
Y esta pena en
el alma, a causa de su impureza, es inmensa cuando de veras es embestida de
esta divina luz, porque embistiéndose en el alma esta luz pura a fin de expeler
la impureza del alma, siéntese el alma tan impura y miserable que le parece
estar Dios contra ella y que ella está hecha contraria a Dios. Lo cual es de
tanto sentimiento y pena para el alma, porque le parece aquí que la ha Dios
arrojado, que uno de los mayores trabajos que sentía Job (7, 20) cuando Dios le
tenía en este ejercicio, era éste, diciendo: ¿Por qué me has puesto contrario a
ti, y soy grave y pesado para mí mismo? Porque viendo el alma claramente aquí
por medio de esta pura luz, aunque a oscuras, su impureza, conoce claro que no
es digna de Dios ni de criatura alguna. Y lo que más le pena es que piensa que
nunca lo será, y que ya se le acabaron sus bienes.
Esto le causa la profunda
inmersión que tiene de la mente en el conocimiento y sentimiento de sus males y
miserias; porque aquí se las muestra todas al ojo esta divina y oscura luz, y
que vea claro cómo de suyo no podrá tener ya otra cosa. Podemos entender a este
sentido aquella autoridad de David (Sal. 38, 12), que dice: Por la iniquidad
corregiste al hombre, e hiciste deshacer y contabescer su alma; como la araña
se desentraña.
6. La segunda
manera en que pena el alma es causa de su flaqueza natural, moral y espiritual;
porque, como esta divina contemplación embiste en el alma con alguna fuerza, al
fin de la ir fortaleciendo y domando, de tal manera pena en su flaqueza, que
poco menos desfallece, particularmente algunas veces cuando con alguna más
fuerza embiste. Porque el sentido y espíritu, así como si estuviese debajo de
una inmensa y oscura carga, está penando y agonizando tanto, que tomaría por
alivio y partido el morir. Lo cual habiendo experimentado el profeta Job (23,
6), decía: No quiero que trate conmigo con mucha fortaleza, porque no me oprima
con el peso de su grandeza.
7. En la
fuerza de esta opresión y peso se siente el alma tan ajena de ser favorecida,
que le parece, y así es, que aun en lo que solía hallar algún arrimo se acabó
con lo demás, y que no hay quien se compadezca de ella. A cuyo propósito dice
también Job (19, 21): Compadeceos de mí, a lo menos vosotros mis amigos, porque
me ha tocado la mano del Señor.
¡Cosa de
grande maravilla y lástima que sea aquí tanta la flaqueza e impureza del alma,
que, siendo la mano de Dios de suyo tan blanda y suave, la sienta el alma aquí
tan grave y contraria, con no cargar ni asentar, sino solamente tocando, y eso
misericordiosamente, pues lo hace a fin de hacer mercedes al alma, y no de
castigarla!
Fuente: Mercaba
