HISTORIA BREVE DE LA IGLESIA (III)

Desde su origen divino hasta las consecuencias político religiosas de la Segunda Guerra Mundial

VI. La vida de la primera cristiandad

Obtenida la libertad, la Iglesia tuvo necesidad de organizar sus estructuras territoriales, con vista a la acción pastoral en un mundo que se cristianizaba con rapidez. La expansión del Cristianismo en el mundo antiguo se acomodó a las estructuras y modos de vida propios de la sociedad romana. La Roma clásica promovió la difusión de la vida urbana: municipios y colonias surgieron en gran número por todas las provincias de un Imperio para el cual urbanización era sinónimo de romanización. 

El Cristianismo nació en este contexto histórico y las ciudades fueron sede de las primeras comunidades, que constituyeron en ellas iglesias locales. Pero esas iglesias no fueron núcleos perdidos y aislados: la comunión y la comunicación entre ellas era real y todas tenían un vivo sentido de hallarse integradas en una misma Iglesia universal, la única Iglesia fundada por Jesucristo.

Muchas iglesias del siglo I fueron fundadas por los Apóstoles y, mientras éstos vivieron, permanecieron bajo su autoridad, dirigidas por presbíteros que ordenaban su vida litúrgica y disciplinar. El obispo era el jefe de la iglesia, pastor de los fieles y, en cuanto sucesor de los Apóstoles, poseía la plenitud del sacerdocio y la potestad necesaria para el gobierno de la comunidad.

El bautismo, sacramento de incorporación a la Iglesia, constituía entonces el coronamiento de un dilatado proceso de iniciación cristiana. La vida litúrgica se centraba en la celebración litúrgica del domingo.

VII. El primado de Pedro

El ejercicio del Primado romano ha estado lógicamente condicionado, a lo largo de los siglos, por las circunstancias históricas. Desde la primera hora, la preeminencia que correspondía a la Iglesia romana, contó con el reconocimiento de las demás iglesias.

A principios del siglo I, San Ignacio, obispo de Antioquía, escribía que la Iglesia romana es la Iglesia «puesta a la cabeza de la caridad», atribuyéndole así un derecho de supremacía eclesiástica universal. Para San Ireneo de Lyon, en su tratado «Contra las herejías» (a. 185), la Iglesia de Roma gozaba de una singular preeminencia y era criterio seguro para el conocimiento de la verdadera doctrina de la fe.

A raíz de un grave problema interno, surgido en el seno de la comunidad cristiana de Corinto, el papa Clemente I intervino de modo definitivo. La carta escrita por el Papa, prescribiendo aquello que procedía hacer y exigiendo obediencia a sus mandatos, constituye una clara prueba de la conciencia que tenía de su potestad como primado de la Iglesia Universal; y no es menos significativa la respetuosa y dócil acogida dispensada por la iglesia de Corinto a la intervención pontificia.

VIII. La batalla de las ideas

La Iglesia afrontó otra prueba no menos importante: la defensa de la verdad frente a corrientes ideológicas que trataron de desvirtuar los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Las antiguas herejías (corrientes de ideas contrarias a la verdadera fe) pueden dividirse en tres distintos grupos.

De una parte, existió un judeocristianismo herético, negador de la divinidad de Jesucristo y de la eficacia redentora de su Muerte, para el cual la misión mesiánica de Jesús habría sido la de llevar el Judaísmo a su perfección, por la plena observancia de la Ley. Un segundo grupo de herejías de más tardía aparición se caracterizó por su fanático rigorismo moral, estimulado por la creencia en un inminente fin de los tiempos.

Pero la mayor amenaza interna que hubo de afrontar la Iglesia cristiana durante la edad de los mártires fue, sin duda, la herejía gnóstica. El gnosticismo era una gran corriente ideológica tendente al sincretismo religioso y al panteísmo, muy de moda en los siglos finales de la Antigüedad. El gnosticismo que constituía una verdadera escuela intelectual se presentaba como una sabiduría superior, al alcance de «iniciados».


Fuente: Catholic.net