Matando,
muerte en vida la has trocado.
28. La muerte no es otra cosa sino privación de
la vida, porque en viniendo la vida, no queda rastro de muerte. Acerca de lo
espiritual, dos maneras hay de vida: una es beatífica, que consiste en ver a
Dios, y esta se ha de alcanzar por muerte natural y corporal, como dice san 23
Pablo (2 Cor. 5, 1), diciendo: Sabemos que, si esta nuestra casa de barro se
desatare, tenemos morada de Dios en los cielos.
La otra es vida espiritual
perfecta, que es posesión de Dios por unión de amor, y ésta se alcanza por la mortificación
de todos los vicios y apetitos y, de su misma naturaleza, totalmente; y hasta
tanto que esto se haga, no se puede llegar a la perfección de esta vida
espiritual de unión con Dios, según también lo dice el Apóstol (Rom. 8, 13) por
estas palabras, diciendo: Si viviéredes según la carne, moriréis; pero si con
el espíritu mortificáredes los hechos de la carne, viviréis.
29. De donde es de saber que lo que aquí el alma
llama muerte es todo el hombre viejo, que es el uso de las potencias, memoria, entendimiento
y voluntad, ocupado y empleado en cosas del siglo, y los apetitos en gustos de
criaturas. Todo lo cual es ejercicio de vida vieja, la cual es muerte de la
nueva, que es la espiritual. En la cual podrá vivir el alma perfectamente si no
muriere también perfectamente al hombre viejo, como el Apóstol lo amonesta (Ef.
4, 22n24), diciendo que desnuden al hombre viejo y se vistan el hombre nuevo,
que según Dios es criado en justicia y santidad. En la cual vida, cuando ha
llegado a la perfección de unión con Dios, como aquí vamos tratando, todos los
apetitos del alma y sus potencias y las operaciones de ellas, que eran de suyo
operaciones de muerte y privación de la vida espiritual, se truecan en divina.
30. Y, como quiera que cada viviente viva por su
operación, como dicen los filósofos, teniendo sus operaciones en Dios, por la
unión que tiene con Dios, el alma vive vida de Dios y se ha trocado su muerte
en vida. Porque el entendimiento, que antes de esta unión naturalmente entendía
con la fuerza y vigor de su lumbre natural, ya es movido e informado de otro
principio de lumbre sobrenatural de Dios y se ha trocado en divino, porque su
entendimiento y el de Dios es todo uno.
Y la voluntad, que antes amaba muertamente, sólo
con su afecto natural bajamente, ahora ya se ha trocado en vida de amor divino,
porque ama altamente con afecto divino, movida del Espíritu Santo, en que ya
vive, porque la de él y la de ella solamente es una voluntad. Y la memoria que
de suyo percibía sólo las formas y figuras de criaturas, es trocada en tener en
la mente los años eternos (Sal. 76, 6). Y el apetito, que solo gustaba el majar
de criatura que obraba muerte, ahora es trocado en gusto y sabor de manjar
divino, movida ya de otro principio donde está más a lo vivo, que es el deleite
de Dios, y ya sólo es apetito de Dios.
Y finalmente, todos los movimientos y
operaciones que antes tenía el alma del principio de su vida natural, ya en
esta unión son trocados en movimientos de Dios. Porque el alma en todo, como ya
verdadera hija de Dios, es movida del espíritu de Dios, como dice san Pablo
(Rom. 8, 14), que los que son movidos por el espíritu de Dios, son hijos de
Dios. De manera que ya el entendimiento del alma es el entendimiento de Dios; y
la voluntad es voluntad de Dios; y la memoria, memoria de Dios; y el deleite es
deleite de Dios; y la sustancia de su alma, aunque no es sustancia de Dios,
porque no puede convertirse en él, pero, estando unida con él y absorta en él,
es Dios por participación de Dios; lo cual acaece en este estado perfecto de
vida espiritual, aunque no tan perfectamente como en la otra.
Y de esta manera: matando, muerte en vida la has
trocado. Y por eso puede aquí decir el alma con mucha razón con san Pablo (Gl.
2, 20): Vivo, ya no yo, mas vive en mí Cristo. Y así, se trueca la muerte de
esta alma en vida de Dios, absorbida el alma en la vida, porque en ella se
cumpla el dicho también del Apóstol (1 Cor. 15, 54): Absorta está la muerte en
victoria. Y también el de Oseas profeta (13, 14), que dice: ¡Oh muerte! yo seré
tu muerte, dice Dios.
31. De esta manera está absorta el alma en vida,
ajenada de todo lo que es secular y temporal, y libre de lo natural
desordenado, introducida en las celdas del Rey, donde se goza y alegra en su
Amado, acordándose de sus pechos sobre el vino y diciendo: Morena soy, mas
hermosa, hijas de Jerusalén (Ct. 1, 3n4); porque mi negrura natural se trocó en
hermosura del rey celestial. ¡Oh, pues, cauterio de fuego, que abrasas
infinitamente sobre todos los fuegos; y cuanto más me abrasas más suave me
eres! Y ¡oh regalada llaga, más regalada salud para mí que todas las saludes y
deleites del mundo!
Y ¡oh mano blanda, infinitamente sobre todas las
blanduras blanda, tanto para mí más blanda, cuanto más asientas y aprietas! Y ¡oh
toque delicado, cuya delicadeza es más sutil y más curiosa que todas las
sutilezas y hermosuras de las criaturas con infinito exceso, y más dulce y
sabroso que la miel y que el panal, pues que sabes a vida eterna, que tanto me
la das a gustar cuanto más íntimamente me tocas, y más precioso infinitamente
que el oro y las piedras preciosas, pues pagas deudas que con todo el resto no
se pagaran, porque tú vuelves la muerte en vida admirablemente!
32. En este estado de vida tan perfecta siempre
el alma anda como de fiesta, y trae en su paladar un júbilo de Dios grande y
como un cantar nuevo siempre nuevo, envuelto en alegría y amor, y en
conocimiento de su alto estado. A veces anda con gozo, diciendo en su espíritu
aquellas palabras de Job (Jb. 29, 20) que dicen: Mi gloria siempre se innovará
y como palma multiplicaré los días, que es como decir: Dios, que, permaneciendo
en sí siempre de una manera, todas las cosas innova, como dice el Sabio (Sab.
7, 27) estando ya siempre unido en mi gloria, siempre innovará mi gloria, esto
es, no la dejará volver a vieja, como antes lo era; y multiplicaré los días,
esto es, mis merecimientos hacia el cielo, como la palma sus enhiestas.
Y todo lo que David dice en el Salmo 29 anda
cantando a Dios entre sí, particularmente aquellos dos versos postreros (12n13)
que dicen: Convertiste mi llanto en gozo para mí, rompiste mi saco, y
cercásteme de alegría para que te cante mi gloria y ya no sea compungida
(porque aquí ninguna pena le llega).
Señor Dios mio, para siempre te alabaré. Porque
el alma siente a Dios aquí tan solícito en regalarla, y con tan preciosas y
delicadas y encarecidas palabras engrandeciéndola, haciéndola unas y otras
mercedes, que la parece que no tiene otra en el mundo a quien regalar, ni otra
cosa en que se emplear, sino que él 25 todo es para ella sola. Y sintiéndolo
así, así lo confiesa en los Cantares (2, 16), diciendo: Mi Amado para mí, y yo
para él.
Fuente: Portal Carmelitano
