Carta pastoral del arzobispo de Madrid, Mons.
Carlos Osoro Sierra. 'En estos días del Sínodo, os invito a que contempléis el
icono de Nazaret
"Vocación
y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo" es el título de
la carta semanal del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro Sierra, que se
encuentra en Roma participando en el Sínodo de los Obispos sobre la
familia. A continuación publicamos el texto íntegro de la misma:
Las palabras
que el Papa Francisco ha pronunciado en la Misa de la apertura del Sínodo nos
han puesto en marcha para buscar la verdad de la vocación y misión de la
familia. En su homilía, el Santo Padre destacó la gracia que supone escuchar
esa Palabra de Dios en estos momentos y señaló tres perspectivas que nos ayudan
en esta tarea.
Hay una soledad
que aflige profundamente al ser humano. El Papa Francisco hizo referencia a
esa soledad que aflige a tantos hombres y mujeres en nuestro mundo
(ancianos y ancianas, viudos y viudas, hombres y mujeres abandonados por su
mujer o marido, migrantes, prófugos, jóvenes víctimas de nuestra cultura del
usar y tener y del descarte, etc.). Aumenta el vacío profundo que produce en
tantas y tantas personas. Y la respuesta a estas situaciones es la «familia»;
ella es el icono de todo esto, a ella hay que mirar necesariamente para dar
solución a aquella soledad de Adán y Eva, que tiene inicio y ya se experimenta
en el arranque de la creación.
El amor verdadero entre el hombre y la mujer es
la solución a esta soledad y a este vacío; el amor entre el hombre y la mujer,
que en el matrimonio cristiano se hace posible con la gracia de Dios y con esa
correspondencia al otro con el mismo amor de Cristo, hasta dar la vida el uno
por el otro. Un corazón que es capaz de corresponder con el mismo amor de
Cristo es lo que hace a la persona verdaderamente feliz. ¡Qué hondura adquieren
las palabras del Papa Francisco cuando nos dice que «la caridad no apunta
con el dedo a los demás», sino que nos «invita a buscar y sanar las parejas
heridas con el aceite de la misericordia»!
El Santo Padre
nos ha ofrecido una lección a la Iglesia: que tiene que educar en el amor
auténtico, que no puede olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida,
como hace muy pocos días os recordaba en mi carta pastoral Jesús,
rostro de la misericordia, camina y conversa con nosotros en Madrid. El
Papa Francisco nos llama a que vivamos y descubramos su misión «en la
fidelidad, en la verdad y en la caridad». En estos días del Sínodo, os
invito a que contempléis el icono de Nazaret –Jesús, María y José– para
aprender lo que este nos enseña: el significado de la familia, su comunión de
amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce
e irremplazable que es su pedagogía y lo incomparable y fundamental que es su
función en la sociedad.
Hemos de creer con todas nuestra fuerzas lo que nos
dijo el Señor: que Él está con nosotros, que no hay que tener miedo. Esto debe
llevar a la familia a tomar conciencia de la gran dignidad y misión que tiene,
a vivir con fuerza las virtudes específicas que caracterizan a la familia
doméstica. La presencia en el mundo de la familia cristiana es un testimonio de
fe, de coraje, de optimismo, de confianza vital y total en Dios; una exaltación
elocuente de los grandes valores elevados y santos de la familia; una prueba de
amor a la verdad y al comportamiento que Dios promueve en nuestras vidas, que
se convierte en un antídoto a los síntomas que destruyen la sociedad y la
convivencia entre los hombres: egoísmo, indiferencia, hedonismo tacaño,
conformidad ante unos modos de actuar y de vivir que son decadentes.
¡Qué belleza
ser dos en una sola vida! ¡Qué hondura adquiere la vida viéndose el uno en el
otro a Cristo! ¡Qué capacidad de vida engendra esta visión! ¡Qué fuerza alcanza
en su origen sacramental que eleva el amor natural, frágil y voluble, al nivel
de amor sobrenatural inviolable y siempre nuevo! Os invito a poner a Jesucristo
en el centro de vuestra familia. Y que este ponerlo en el centro tenga
expresiones externas en las vidas de cada miembro que la forma y en el hogar en
el que viven todos, de tal modo que se evidencie que estamos en un hogar
cristiano y ante unas personas que siguen al Señor. ¿Por qué? Para hacer de la
familia cristiana una escuela de bellas artes, la más bella y
hermosa, donde se aprende a usar esos pinceles que entregan servicio, fidelidad, amor
sin límites, es decir, el de Cristo y con las medidas de
Cristo, no enjuiciar, no condenar, perdonar
siempre.
Una escuela donde la restauración de esa obra de arte que es
el matrimonio y la familia se realice con la medicina sanadora del Amor mismo
de Cristo; esta medicina nos sanó, nos alcanzó la vida verdadera y nos sacó de
la muerte y destrucción, es la desmedida del Amor. Una escuela en la que existe
un laboratorio de la vida, que nos da todo lo necesario para «vivir en verdad»
como le gustaba decir a Santa Teresa de Jesús, entendiendo que la Verdad es
Cristo mismo, de ahí la relación con Él. Una escuela que enseña a vivir en el
compromiso, en medio del mundo, de hacer de las vidas de quienes la forman la
cultura del encuentro.
El Concilio
Vaticano II nos decía que la familia, «célula básica y vital de la sociedad»,
es escuela de humanidad y de virtudes sociales necesarias para la vida y para
el desarrollo de la sociedad (cf. GS 47,52). La familia es anterior al Estado
y, por tanto, titular de derechos propios frente a él; baste recordar la Carta
de los derechos de la Familia del Consejo Pontificio de la Familia de
1983.
La familia ha de ser lugar de fiesta, celebración y gozo común. ¡Cuánto
me impresionan a mí esas palabras de Jesús que nos remontan a la voluntad
originaria de Dios: «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,
3-9; Mc 10, 2-12; Lc 16, 18)! Los discípulos no entienden y se asustan ante
esta afirmación; creen que es un ataque a la idea de matrimonio en el mundo
circundante y una exigencia inmisericorde, por lo que dicen enseguida: «si esa
es la condición del marido con la mujer, más vale no casarse». Pero Jesús
confirma lo llamativo de esta exigencia: fidelidad incondicional que tiene que
ser dada al ser humano. Es un don de la gracia, presupone la
transformación de la dureza del corazón, presupone un corazón nuevo, compasivo;
es un mensaje del Señor lleno de gracia, amor y compasión.
Los que vivís y
sois familia cristiana, descubríos cada día más como comunidad de vida
y de amor, es decir, colocad en el centro a Jesucristo y su Amor, que nos
llena y nos capacita para vivir y salir a dar testimonio de Él.
Con gran
afecto, os bendice:
+Carlos,
arzobispo de Madrid
Fuente: Zenit
