Queremos dar
satisfacción a todo lo que nos hace falta, pero el verdadero reposo no está
aquí abajo
Muchas veces en nuestra vida utilizamos el verbo necesitar. Sobre todo en
primera persona. Porque la propia necesidad es la que más nos inquieta. Y
decimos: “Necesito tiempo, descanso, cariño, compañía, soledad, más dinero, un
buen trabajo, más amigos”. Y alargamos la lista de necesidades.
Queremos
dar satisfacción a todo lo que nos hace falta. A veces de forma obsesiva.
Como si la felicidad llegara al satisfacer todas nuestras
necesidades.
Los niños viven así. Tienen hambre y piden comida.
Tienen sed y quieren beber. Gritan queriendo satisfacer todo lo que necesitan.
Lloran. Se sacian y duermen. Pero pasan los años y dejan de ser niños. Cumplen
años pero no siempre maduran.
Hay muchas personas que no maduran nunca.
Necesitan algo y lo gritan. Lo exigen, lo suplican. Viven necesitando, pidiendo,
buscando, demandando. Se amargan cuando no tienen, se enfadan cuando no logran.
Centradas en sus preocupaciones, en sus necesidades, haciendo caso omiso de las
necesidades de los otros.
No se preguntan tanto qué necesitan los
demás. Viven para que los hagan felices. Les importa lo que a ellos les hace
falta en ese momento. Acaban creyendo que la satisfacción de todos sus deseos
los hará más felices. Se equivocan, siempre quieren más.
También
el mundo a nuestro alrededor nos engaña. Nos ha ido creando necesidades
que antes no teníamos. Un móvil mejor, un coche más rápido, una casa más grande,
un ordenador con más memoria, un viaje más fascinante. Los últimos avances en
tecnología, las vacaciones más logradas.
Nos comparamos y necesitamos lo
que otros tienen. Para no desentonar. Algunas de estas necesidades son buenas y
nos hacen bien. Nos facilitan la vida, nos permiten cuidar más los vínculos.
Pero otras no nos hacen tanto bien, aunque pensemos que las necesitamos para
vivir. Nos acaban haciendo esclavos.
El pueblo judío en el
desierto creyó que necesitaba un dios de oro. Tenían hambre, querían
pan y recordaban todo lo que tenían cuando eran esclavos en Egipto. Añoraban la
esclavitud de entonces como una época dorada.
Tantas veces
idealizamos el pasado en nuestras vidas. La libertad del desierto sólo
les traía hambre y pasaban necesidad. Por eso decidieron construir un becerro de
oro con sus joyas.
Era un dios que les daba seguridad. Lo tocaban, y
podían poner en él toda su confianza. No querían un Dios al que no
podían ver ni tocar. Un Dios escondido. No amaban a ese Dios que
parecía dejarles solos en el desierto. No sentían su abrazo, ni percibían el
calor de su mirada, ni su mano guiando sus pasos.
A veces, a nosotros
nos pasa algo parecido. No confiamos en Dios que es nuestro Padre y necesitamos
tocar las cosas. Deseamos certezas.
Decía el Padre José Kentenich:
“Sólo en lo alto hay descanso, sólo hacia lo alto debe aspirar el hombre. No
lo olviden. La infancia espiritual es la única salvación efectiva frente a la
crisis del tiempo actual. El reposo adecuado a la naturaleza humana está
arriba, en su nido original, en lo alto, y no aquí abajo”[1].
Nos falta el
descanso en Dios. Nos falta volver los ojos a nuestro Padre. Confiar
como los niños en su poder misericordioso. La experiencia de una filialidad sana
nos ayuda a caminar. La confianza en Dios nos da
seguridad.
Cuando no la tenemos necesitamos el poder de los
poderosos. Y el dinero de los ricos. No confiamos en los planes de Dios
que recoge donde no ha sembrado y es capaz de sacar un árbol inmenso de una
semilla tan pequeña como la de la mostaza.
No confiamos en ese Dios que
me ha creado, me ha amado y ha caminado a mi lado toda mi vida. Por eso
necesitamos la protección de los que más mandan. Y el consuelo de los que más
poseen.
Ponemos nuestra seguridad en ídolos falsos. Nos buscamos dioses
de madera que no hablan y no aman. Dioses que nos den seguridad y satisfagan
todas nuestras necesidades. Dioses que aumentan en número con el paso de los
años. Acumulamos cada vez más becerros de oro en el corazón.
¿Cuáles son esos becerros de oro que me dan seguridad? ¿Dónde estoy siendo
esclavo?
Fuente: P. Carlos Padilla/Aleteia
