Así como no te bastarían todas las cosas sin Mí, así no puede agradarme a Mí cuanto me ofrecieres sin ti
Capítulo VI: Ejercicios para antes
de la Comunión.
El Alma:
1.
Señor, cuando pienso en tu dignidad y mi
vileza, tengo gran temblor y me hallo confuso. Porque si no me llego a Ti, huyo
de la vida; y si indignamente me atrevo, incurro en tu ofensa. ¿Pues qué haré,
Dios mío, ayudador mío, consejero mío, en las necesidades?
2.
Enséñame Tú el camino derecho; propónme
algún ejercicio conveniente para la sagrada Comunión. Porque es útil saber de
qué modo deba yo preparar mi corazón devotamente y con reverencia para recibir
saludablemente tu Sacramento, o para celebrar tan grande y divino sacrificio.
1. Sobre
todas las cosas es necesario que el sacerdote de Dios llegue a celebrar,
manejar y recibir este Sacramento con grandísima humildad de
corazón y con devota reverencia, con entera fe y con
piadosa intención de la honra de Dios. Examina diligentemente tu conciencia,
y según tus fuerzas límpiala adórnala con verdadero dolor y humilde confesión,
de manera que no tengas o sepas cosa grave que te remuerda y te impida llegar
libremente al Sacramento. Ten aborrecimiento de todos tus pecados en general, y
por las faltas diarias duélete y gime más
particularmente. Y si el tiempo lo permite, confiesa
a Dios todas las miserias de tus pasiones en lo secreto de tu corazón.
2. Llora
y duélete de que aún eres tan carnal y mundano, tan poco mortificado en las pasiones,
tan lleno de movimientos de concupiscencia; Tan poco diligente en la guarda de
los sentidos exteriores, tan envuelto muchas veces en vanas imaginaciones; Tan inclinado
a las cosas exteriores, tan negligente en las interiores; Tan fácil a la risa y
a la disipación, tan duro para las lágrimas y la compunción; Tan dispuesto a la
relajación y regalos de la carne, tan
perezoso al rigor y al fervor; Tan curioso para oír novedades y ver
cosas hermosas; tan remiso en abrazar las humildes y despreciadas; Tan
codicioso de poner mucho; tan encogido en dar; tan avariento
en retener; Tan inconsiderado en hablar, tan poco
detenido en callar; tan descompuesto en las costumbres, tan indiscreto en
las obras; Tan desordenado en el comer, tan sordo a las palabras de Dios. Tan
presto para holgarte, tan tardío para trabajar; Tan despierto para oír
hablillas y cuentos, y tan soñoliento para
velar en oración; Tan impaciente por llegar al fin, y tan vago en la atención;
Tan negligente en el rezo, tan tibio en la Misa, tan indevoto en la Comunión; Tan
a menudo distraído, tan raras veces enteramente recogido; Tan prontamente conmovido
a la ira, tan fácil para disgustar a los demás; Tan propenso a juzgar, tan riguroso
en reprender; Tan alegre en la prosperidad, tan abatido en la adversidad; Tan
fecundo en los buenos propósitos, y tan estéril en ponerlos por obra.
3. Después
de haber confesado y llorado estos y otros defectos con dolor y gran disgusto
de tu propia fragilidad, propón firmemente de enmendar siempre tu vida, y mejorarla
de allí adelante. En seguida, abandonándote a Mí con absoluta y entera voluntad,
ofrécete a ti mismo para gloria de mi nombre en el altar de tu corazón, como sacrificio
perpetuo, encomendándome a Mí con entera fe el cuidado de tu cuerpo y de tu alma.
Para que de esta manera merezcas llegar dignamente a ofrecer el santo
sacrificio, y
recibir saludablemente el Sacramento de mi cuerpo.
4. Pues
no hay ofrenda más digna, ni mayor satisfacción para borrar los pecados, que ofrecerse
a sí mismo pura y enteramente a Dios, con el sacrificio del cuerpo de Cristo en
la Misa y Comunión. Si el hombre hiciere lo que está
de su parte, y se arrepintiere verdaderamente,
cuantas veces acudiere a Mí por perdón y gracia: Vivo yo, dice el Señor,
que no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; porque no me
acordaré más de sus pecados, sino que todos les
serán perdonados.
Capítulo VIH: Del
ofrecimiento de Cristo en la cruz, y de la propia resignación.
Jesucristo:
Así como yo me ofrecí voluntariamente por tus
pecados a Dios Padre con las manos extendidas en la cruz, y todo el cuerpo
desnudo, de modo que nada me quedó que no pasase en sacrificio para
reconciliarte con Dios: Así debes tú también ofrecérteme cada día en la Misa en
ofrenda pura y santa, cuanto más entrañablemente puedas, con toda la voluntad,
y con todas tus fuerzas y deseos. ¿Qué otra cosa quiero de ti más que el que te
entregues a Mí sin reserva? Cualquier cosa que me des sin ti, no gusto de ella;
porque no quiero tu don, sino a ti mismo.
1. Así como no te
bastarían todas las cosas sin Mí, así no puede agradarme a Mí cuanto me
ofrecieres sin ti. Ofrécete a Mí y date todo por Dios, y será muy acepto tu
sacrificio. Mira cómo Yo me ofrecí todo al Padre por ti; y también te di todo
mi cuerpo y sangre en manjar, para ser todo tuyo, y que tú quedases todo mío.
Mas si tú estás pegado a ti mismo, y no te ofreces de buena gana a mi voluntad,
no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión.
Por eso a todas tus obras debe preceder el ofrecimiento voluntario de ti mismo
en las manos de Dios, si quieres alcanzar libertad y gracia. Porque por eso
tampoco se hacen varones ilustrados y libres en lo interior, porque no saben
del todo negarse a sí mismos. Esta es mi firme sentencia: Que no puede ser mi
discípulo el que no renunciare todas las cosas. Por lo cual, si tú deseas
serlo, ofréceteme con todos tus deseos.
Capítulo IX: Que debemos ofrecernos
a Dios con todas nuestras cosas y rogarle por todos.
EL ALMA:
1. Señor, tuyo es todo lo
que está en el cielo y en la tierra. Yo deseo ofrecérteme de mi voluntad y
quedar tuyo para siempre. Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Ti
por siervo perpetuo, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza. Recíbeme con
este santo sacrificio de tu precioso Cuerpo que te ofrezco hoy en presencia de
los ángeles que están asistiendo invisiblemente, para que los recibas por mi
salud y la de todo el pueblo.
2. Señor, yo te presento
en el altar de tu misericordia todos mis pecados y delitos, cuantos he
cometidos en tu presencia y de tus Santos ángeles desde el día que comencé a
pecar hasta hoy, para que tu los abrases todos juntos y los quemes con el fuego
de tu caridad, quites todas las manchas de ellos, limpies mi conciencia de todo
delito, y me vuelvas a tu gracia que perdí por el pecado, perdonándomelos todos
enteramente, y admitiéndome misericordiosamente al ósculo de tu paz y amistad.
3. ¿Qué puedo yo hacer
por mis pecados, sino confesarlos humildemente, llorando e implorando tu
misericordia sin cesar? Yo imploro, pues, en tu divino acatamiento; óyeme
propicio, Dios mío. Aborrezco mucho todos mis pecados, y no quiero yo
cometerlos jamás; antes, arrepentido y pesaroso de ellos mientras viviré, estoy
dispuesto para hacer penitencia, y satisfacer según mis fuerzas. ¡Perdona, oh
Dios, perdona mis pecados por tu santo nombre! Salva mi alma que redimiste con
tu preciosa sangre. Vesme aquí que me encomiendo a tu misericordia, me entrego
en tus manos. Haz conmigo según tu bondad, y no según mi malicia e iniquidad.
4. También te ofrezco,
Señor todos mis bienes, aunque muy pocos e imperfectos, para que tú los
enmiendes y santifiques, para que los hagas agradables y aceptos a Ti, y
siempre los mejores; y a mí, hombrezuelo inútil y perezoso, me lleves a un
santo y bienaventurado fin.
5. También te ofrezco
todos los santos deseos de los devotos, y las necesidades de mis parientes,
amigos, hermanos y de todos los conocidos, y de cuantos me han hecho bien a mí
y a otros por tu amor; Y de todos los que desearon y pidieron que yo orase, o
dijese Misa por ellos, y por todos los suyos vivos y difuntos; Para que todos
sientan el fervor de tu gracia, el auxilio de tu consolación, la protección en
los peligros y en el alivio en los trabajos; para que, libres de todos los
males, te den muy alegres y cordialísimas gracias.
6. También te ofrezco mis
oraciones y el sacrificio de propiciación, especialmente por los que en algo me
han enojado o vituperado, o me han hecho algún daño o agravio; Y por todos los
que yo enojé, turbé, agravié y escandalicé, por palabra, por obra, por
ignorancia o advertidamente; para que Tú nos perdones a todos nuestros pecados
y ofensas recíprocas. Aparta, Señor, de nuestros corazones toda mala sospecha,
toda ira, indignación y contienda, y cuanto pueda estorbar la caridad, y
disminuir el amor del prójimo. Misericordia, Señor, da tu misericordia a los
que la piden, tu gracia a los que la necesitan, y haz que vivamos de tal modo,
que seamos dignos de gozar de tu gracia, y que aprovechemos para la vida
eterna. Amén.
Fuente: Encuentra
