Se ha dicho que Dios y el hombre se parecen a dos enamorados que no se han
puesto de acuerdo en el lugar de la cita. Dios nos espera en el ámbito de lo
eterno y el hombre se empeña en buscarlo en lo temporal.
No le falta razón a quien sentenció así. Aferrado a lo terreno, el hombre
olvida lo eterno. Pero dicho esto, hay que añadir que Dios ha querido hacerse
encontradizo en el tiempo, en la tierra, a pie de calle. Dios se ha hecho, dice
Gaudium et Spes, contemporáneo de cada hombre. El libro del Génesis
afirma del Creador que acostumbraba a pasear con Adán y Eva en el jardín del
Edén al fresco de la tarde. Bella imagen del Dios que se goza en habitar entre
los hijos de los hombres.
Al hombre le cuesta entender esta cercanía de Dios. Se sorprende y, en
ocasiones, se escandaliza. Somos contradictorios. Nos quejamos de la lejanía de
Dios, de su trascendencia. Le echamos en cara su «despreocupación» por lo que
pasa en esta pobre tierra; pero, cuando se acerca, dudamos de que sea él, nos
molesta su vecindad, la proximidad de su aliento que nos roza la nuca, y
pensamos que no es posible que sea tan cercano. El profeta Elías buscó a Dios en
el viento que rompía las rocas, en el terremoto, en el fuego abrasador, pero
Dios se manifestó finalmente en la suave brisa, como un susurro.
Cuando el Hijo de Dios toma nuestra carne, la cercanía de Dios alcanza su
momento definitivo, que ha sido llamado «plenitud de los tiempos». Dios se
acerca tanto al hombre que se hace hombre. Puede ser visto, abrazado, escuchado.
Y, paradójicamente, esta cercanía levanta sospechas, dudas y escepticismo. Sus
vecinos de Nazaret, que le habían visto crecer, desarrollarse como un joven de
la aldea y aprender el oficio de carpintero, quedaron asombrados por su
sabiduría, por la autoridad de sus palabras, por «los milagros de sus manos». Y
se preguntaban estupefactos: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María,
pariente de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus parientes no viven con
nosotros aquí? Y desconfiaban de él» (Mc 6,3). Por una parte, confesaban su
autoridad, su grandeza y sus milagros, pues habían sido testigos de todo ello;
por otra, les faltaba fe, para dar el salto a la confesión de otros
contemporáneos, paganos y judíos, que se rendían ante lo que sus ojos
contemplaban. Dios se les había acercado tanto que su proximidad se convirtió en
un obstáculo.
El Hijo de Dios se ha hecho a la medida del hombre: éste es el «escándalo»
del cristianismo, su nota de identidad: la del Trascendente que actúa en lo
pequeño, en lo imperceptible. El Dios que se mueve también entre los pucheros,
como decía santa Teresa de Jesús, acomodándose a nuestros espacios, costumbres,
relaciones. El Dios encarnado que puede encontrarse en lo más sencillo de la
existencia, porque, según Péguy, «lo sobrenatural es también carnal». Para
encontrarlo, el hombre tiene que pensar, según el dicho ignaciano, «oppositum
per diametrum», es decir, de modo totalmente opuesto a como pensamos los
hombres. Sólo así acertaremos, y nos encontraremos que Dios está ahí, frente a
mí, en mis gentes y en mis cosas, mirándome a la cara, haciendo milagros cada
día, que sólo conseguiré admirar cuando contemple los lirios del campo y los
pájaros del cielo como los veía Jesús.
Qué bien describe el poeta Carlos Murciano esta cercanía y vecindad de Dios
en su poema «Dios encontrado», que termina con estas dos estrofas:
Hoy he encontrado a Dios en esta
estancia
alta y antigua en donde vivo.
Hacía
por salvar, escribiendo, la
distancia
y se me desbordó en lo que
escribía.
Y aquí sigue: tan cerca que me
quemo,
que me mojo las manos con su
espuma;
tan cerca, que termino, porque
temo
estarle haciendo daño con la
pluma.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
