La idea del aggiornamento, en principio, no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia, sino que tiene su raíz en el empeño por acertar con la verdadera forma de la santidad

La publicación por la Biblioteca de Autores
Cristianos (BAC) de las obras completas de Joseph Ratzinger, en edición preparada por
Pablo Cervera y Carlos Granados, está permitiendo descubrir
tesoros olvidados del reputado teólogo que años más tarde se convertiría en
Benedicto XVI. Serán dieciséis volúmenes, algunos de ellos dobles, como el VII,
Sobre la enseñanza del Concilio Vaticano II,
cuyo segundo tomo está próximo a salir e incluye las
recensiones de obras teológicas sobre esa cuestión del futuro Papa.
Entre ellas, destaca una muy singular por los datos
que aporta en torno a un concepto clave del
postconcilio: aggiornamento o "puesta al día", palabra lanzada
por Juan XXIII como clave de lo que pretendía el Vaticano II y que fue utilizada
en ocasiones para abrir una fisura insalvable entre la Iglesia anterior
al Concilio y la Iglesia que resultó de él, en una ruptura de
consecuencias demoledoras.
¿Palabra apropiada? Intuición
exacta
El mismo Benedicto XVI, al recibir el 12 de octubre de 2012 a los obispos que habían
participado en aquel acontecimiento, quiso evocar "cómo una palabra, lanzada
por el beato Juan XXIII, casi de forma programática, retornaba continuamente en
los trabajos conciliares: la palabra aggiornamento". “Cincuenta años
después de la apertura de aquella solemne asamblea de la Iglesia", añadió,
"alguien se preguntará si aquella expresión no haya sido, quizás desde
el principio, completamente apropiada. Pienso que sobre la elección de
las palabras se podría discutir durante horas y se encontrarían pareceres
continuamente discordantes, pero estoy convencido de que la intuición que el
beato Juan XXIII compendió con esta palabra fue y es todavía
exacta".
Y ¿cuál fue esa intuición? El mismo Joseph
Ratzinger habló de ello ya en 1968, en una recensión publicada en la
revista de la Facultad de Teología de Tubinga, Theologische
Quartalschrift (n. 148), a un libro de Franz Michael
Willam publicado un año antes en Innsbruck: Vom jungen Angelo
Roncalli (1903-1907) zum Papst Johannes XXIII (1958-1963) [Del joven Angelo
Roncalli (1903-1907) al Papa Juan XXIII (1958-1963)], obra que pretendía
conectar el pontificado de Juan XXIII con periodo breve pero decisivo de su
vida, el momento álgido de la polémica antimodernista.
De ella afirmaba Ratzinger: "Cabe calificar a su libro, hasta el día de
hoy, como la publicación más importante a la hora de esclarecer la figura de
Juan XXIII, al tiempo que resulta de capital importancia para la
comprensión del Concilio Vaticano II".
Willam y Ratzinger: diálogo
fecundo
Franz Michael Willam (1894-1981) influyó notablemente sobre
Ratzinger. Se cartearon con frecuencia, y según afirma el teólogo Philipp Reisinger en un
artículo de 2007 en Vita e pensiero (la revista de la Universidad
Católica del Sagrado Corazón de Milán), ambos compartían la convicción de que
el secreto de la gran teología cristiana es “la simplicidad”, y “la
mirada clara de lo esencial”.
Pues bien, ¿cómo enjuiciaba Ratzinger en 1968, a la luz del
libro de Willam (pero teniendo en cuenta que él mismo había vivido en el aula
conciliar el nacimiento e impacto de esa palabra), lo que
aggiornamento significaba para Juan XXIII?
El Diario del
alma
Las fuentes de ese concepto estarían en el célebre
Diario del alma del futuro Papa, canonizado en 2014: "Willam muestra
que la idea del aggiornamento representa la suma de toda una vida;
todas las etapas del camino espiritual de Roncalli vuelven a encontrarse aquí.
Lo verdaderamente sorprendente, no obstante, es que la raíz determinante se
extiende hasta el tiempo del seminario y se encuentra oculta en una nota
del Diario del 16 de enero de 1903, nota que permite reconocer un giro
dramático en el empeño por la santidad personal, cuyos reflejos
constituyen las anotaciones del Diario".
Y cita una frase de
Roncalli: "Con una seguridad incontestable que hasta la puedo tocar con las
manos, estoy convencido de una cosa, a saber: la imagen que yo me había hecho
sobre la imitación de la santidad de los demás, es falsa... De las virtudes de
los santos he de tomar la sustancia, no los accidentes. Yo no soy San Luis
Gonzaga. Yo no he de santificarme de la misma manera que lo hizo él,
sino de la manera en que me permite mi ser distinto del suyo, mi carácter, mis
condiciones de vida distintas de las suyas. Yo no tengo por qué ser la
reproducción pura y estricta de un tipo de santo, en cualquier caso, todavía no
consumado. Dios quiere que nosotros en la imitación de los ejemplos de los
santos extraigamos la savia viva de sus virtudes, lo transformemos en
nuestra sangre y lo adaptemos a nuestras propias situaciones y
condiciones de vida".
Espiritualidad, no
teología: santidad, no ruptura
Esto decía el futuro Juan XXIII. Y
zanja el futuro Benedicto XVI: "Los elementos esenciales del concepto de
aggiornamento, a tenor de lo que Willam va precisando en sus
meticulosos análisis, ya están aquí todos juntos: la distinción entre sustancia
y accidente, el rechazo de la «reproducción estricta», la acentuación sólo de
«la savia viva», la exigencia de la adaptación a la idiosincrasia y condiciones
de vida... Pero esto significa que la idea del aggiornamento,
en principio, no se refiere a las cuestiones de la doctrina teológica o al
cambio y renovación de la Iglesia, sino que tiene su raíz en el empeño por
acertar con la verdadera forma de la santidad. Solamente desde este
centro puede entenderse adecuadamente; tal es la perspectiva decisiva que aquí
se ofrece en orden a la comprensión de la verdadera intención del Papa
Juan".
Es más: "Aquí se cierra el círculo en que los años 1903 y 1963 se
tocan: el aggiornamento del Concilio se interpreta como el arte a la
hora de aplicar hoy, de una manera existencial, la única causa de la santidad
por la que existe la Iglesia, o sea, la recta ratio factibilium en la
esfera de la santidad, en la esfera de una auténtica existencia eclesial. Por
tanto, partiendo de las líneas abiertas por Willam, puede decirse que el
aggiornamento no hay que entenderlo en el plano de la ciencia sino en
el plano del ars [arte], arrancando de la idea de santidad como un
acontecimiento siempre nuevo y, sin embargo, sustancialmente único. En
consecuencia, en el sentido del Papa, poner en práctica el
aggiornamento significaría llegar a ser un «artista» de la
santidad", saber conducirse en las vicisitudes de la vida para
alcanzarla.
La
clave
Aggiornamento, pues, "no se refiere a las cuestiones de
la doctrina teológica o al cambio y renovación de la Iglesia", ni siquiera "hay
que entenderlo en el plano de la ciencia" (como sería la teología en cuanto
saber teórico). Juan XXIII hablaba de santidad.
¿Fue la
palabra adecuada, se preguntaba Benedicto XVI en 2012, para orientar el
Concilio? Los historiadores tienen la palabra, pero por de pronto este
inminente tomo VII/2 de sus Obras Completas les
ayudará a despejar el horizonte.
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