Dios siempre provee, no deja solo al desvalido, siempre abre puertas allí donde parece que se cierran
Tu es
sacerdos in aeternum [Eres sacerdote para toda la eternidad], dicen los
Salmos (110 [109], 4) y recoge la liturgia de la Iglesia. Así que cuando el
pasado jueves se celebró en el seminario de Toledo la festividad de San
Juan de Ávila, patrono del clero secular español (se adelantó la
festividad al coincidir el 10 de mayo en domingo), al recordar a quienes
celebraban las bodas de plata sacerdotales se hizo mención de Jesús
Muñoz, fallecido en 1998, quien en 2015 habría cumplido 25 años como
alter Christus [otro Cristo], pues fue ordenado en 1990.
Jesús
Muñoz fue un cura de la diócesis de Toledo que murió en Coria el 7 de septiembre
de 1998, con sólo 32 años, a consecuencia de un cáncer.
Poco
antes de ese momento escribió una carta que circuló mucho y que todavía hoy
"hace mucho bien", recuerda uno de sus compañeros de seminario, José
María Alsina Casanova, quien evoca sus últimos instantes: "Cuando
enfermó pude visitarle en una ocasión en la casa que les habían dejado a su
familia en Pamplona para su tratamiento médico. Me lo encontré muy deteriorado
por la enfermedad y a la vez vi en él a un sacerdote lleno de caridad y
´transformado´ por Cristo".
Fue una percepción común en cuantos
le vieron en esas fechas. "Tuve la suerte de conocerle los dos últimos años de
su vida", cuenta Gabriel, un amigo personal de su hermano Javier: "La
muerte de Jesús, su sufrimiento y sus dolores fueron y son, para los que
le conocimos, una gran esperanza y un gran apoyo. Su testimonio nos ha
marcado para el resto de nuestras vidas y jamás podremos olvidarle".
El mensaje postrero de Jesús Muñoz
sigue produciendo grandes beneficios espirituales: "Ayer en la oración la volví
a leer", explica el padre Alsina, "y di gracias a Dios por el sacerdocio de
Jesús Muñoz y le pedí para que desde el cielo nos ayude a ser de verdad
´sacerdotes´ y y para que por su intercesión muchos jóvenes sigan
respondiendo a la llamada de Cristo al sacerdocio".
Con esa
intención, y aunque es un texto conocido, la reproducimos a continuación en su
integridad.
Carta del sacerdote Jesús Muñoz
poco antes de morir
En primer lugar, permitidme que me presente: me
llamo Jesús Muñoz 32 años y soy sacerdote católico de la diócesis de Toledo,
España. En el año 1996 estuve de misionero en Bolivia como
catequista itinerante de la Comunidades Neocatecumenales.
Al volver a
España para descansar y tener unas vacaciones me diagnosticaron un
cáncer colo-rectal con metástasis hepática.
He sido
sometido a varias operaciones: me extirparon el ano, el recto y 30 cm del colon,
y me hicieron un ano artificial. Posteriormente me quitaron una cuarta parte del
hígado. También he sido sometido a otras operaciones de menor consideración. He
sido sometido a tratamiento de radioterapia y actualmente estoy
en tratamiento con quimioterapia.
Llevo ya tanto tiempo
que el cuerpo se deteriora y por esta razón no puedo viajar, ni muchas veces
salir de casa. Bueno, aunque es aceptable mi calidad de vida, varía mucho de mes
en mes e incluso de día a día. Nunca es igual, es imprevisible cómo me
voy a encontrar a la mañana siguiente. Es un
misterio.
El sufrimiento es un misterio que solamente desde la fe
se ilumina.
El tiempo pasado en Bolivia fue fantástico. De niño
siempre quise ir a las misiones y el Señor me lo ha concedido. Fue un
tiempo de renovación sacerdotal, pues yo era un "burgués". No me
preocupaba de nada, salvo de mí mismo. Sin santidad, sin intimidad con el Señor
ni con su Palabra, sin oración asidua. Muy despreocupado por la liturgia y por
quien me tocaba pastorear. No era capaz de morir por nadie. Pero aparecía ante
los feligreses como muy trabajador, preocupado por las cosas, buen cura,
humilde... Mentira todo. Pues soy un egoísta y un orgulloso, que sólo me busco a
mí en lo que hago. Un cura de pueblo que sólo hace cosas; pero no lleva el
Evangelio a su pueblo. Y apegado al dinero, pues lo último que hice antes de
salir para Bolivia fue dar clases en un instituto de enseñanza secundaria y
tener una nómina abultada. Pues el mayor peligro para un cura es el
dinero -también para cualquier cristiano-. "Porque la raíz de todos los
males es el afán de dinero" (1 Tm 6,10)
Pero los milagros que he
visto en la evangelización y sobre todo mi equipo de evangelización me
ayudaron mucho. Me corrigieron a tiempo. Siempre con cariño o, mejor aún, con
amor evangélico. No siempre recibía las correcciones con agrado: mi egoísmo y el
ser educado para ser el primero en todo, y un líder como cura, se manifestaba
con toda claridad.
Ciertamente que les estoy muy agradecido, ha sido un
segundo seminario de formación.
Una regeneración
sacerdotal.
En definitiva tener que pasar por la puerta de la
humildad, la cual yo rehusaba. Ver mis pecados con una claridad que
antes me estaba velada. Y rezaba al Señor que si yo era un lastre para
la evangelización, que si iba a añadir problemas a los que ya había en la misión
que me retirase de ella. ¡Y cómo lo hizo! El Señor también me lo
concedió.
El Señor siempre me ha concedido lo que le he pedido de todo
corazón. El siempre se abaja para escuchar al afligido y al atribulado, y
a la oveja perdida siempre la trata con mayores entrañas de
misericordia.
Dios siempre provee, no deja solo
al desvalido, siempre abre puertas allí donde parece que se cierran.
La
experiencia del sufrimiento es un misterio. En el postoperatorio, aunque estaba
sedado con morfina, recuerdo que en una ocasión desperté y miré el crucifijo que
tenía delante, miré a Jesucristo y le decía que estábamos
iguales: con el cuerpo abierto, con los huesos doloridos, solos ante el
sufrimiento, abandonados, en la cruz... Yo me fijé en mí y me rebelé. No lo
entendía. Dios me había abandonado. No me quería. Y de pronto recordé las
palabras que desde el cielo Dios-Padre pronuncia refiriéndose a Jesucristo el
día del bautismo y posteriormente en el Tabor: "Este es mi Hijo amado", "mi
Predilecto". Y el Hijo amado de Dios estaba colgado frente a mí en la cruz. El
amor de Dios, crucificado. El Hijo en medio de un sufrimiento
inhumano.
Entonces reflexioné: si me encuentro en la misma
situación que Él, entonces yo también soy el hijo amado y predilecto de
Dios. Y dejé de rebelarme. Y entré en el descanso. Y vi el Amor de
Dios.
La razón humana no encuentra sentido al sufrimiento, no tiene
lógica. Solo mirando al Crucificado el hombre entra en la paz que el
sufrimiento le ha robado. Pues con el dolor y el sufrimiento el hombre
pierde la capacidad de razonar y la voluntad. Y ya está perdido, le han vencido.
Ha dejado de ser hombre; pero el sufrimiento y la resurrección de Cristo nos ha
hecho hombres nuevos.
Y, también, ¡cuánto me han consolado las palabras
del Siervo de Yahvé: "Varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos". ¡NO!
No estoy solo en la cruz. Doy gracias a la Iglesia por el don
tan inmenso de la fe. Sólo la fe tiene respuestas a los interrogantes del
hombre.
Recuerdo igualmente algunas frases de los salmos que he meditado
y qué bien me han hecho: "Me estuvo bien el sufrir", "hasta que no sufrí
estuve perdido".
Aunque también es cierto que, ¡cuántas veces he
llorado en el silencio de la cama cuando llegan los dolores y el sufrimiento, y
al ver que llega el final de los días! Y aparece como una desesperanza; aunque
yo rápidamente digo "todo sea por la evangelización". ¡Por la
evangelización! Aunque, a veces, ese "todo" resulta una carga dura y
pesada.
Al igual que en la clínica, he colocado un icono de la Virgen
enfrente de mi cama, pues quiero morir mirándola a ella. Y
quiero morir sin agonía, sin lucha, sino entregándome como ella me ha entregado
a su Hijo.
Actualmente mi enfermedad se agrava: tengo tumores en el
hígado y en el hueso sacro. Es decir, la metástasis comienza a extenderse;
aunque con la quimioterapia parece que la retienen un poco. De todos modos los
médicos me han pronosticado que no viviré más de un año, dos a lo sumo. Pido a
Dios tener una calidad de vida lo suficientemente aceptable como para
evangelizar desde mi situación.
Me siento como una barca varada
en la orilla del lago de Tiberiades. Ya no saldrá más a pescar; pero tengo la
esperanza de que Cristo también suba a ella para proclamar desde allí la Buena
Nueva a la muchedumbre. Esta es ahora mi misión: ser barca varada,
púlpito de Jesucristo.
Veo que este tiempo es un Adviento
particular que el Señor me regala para prepararme al encuentro con el "novio" y
tener las lámparas preparadas con un aceite nuevo, y así poder entrar al
banquete de bodas. Es un don el poseer el aceite de Jesucristo, que fortifica
mis miembros para la dura lucha de la fe en el sufrimiento, me
ilumina la historia que está haciendo conmigo, y me asegura poseer el Espíritu
Santo, como arras del Reino de los Cielos.
Ciertamente nadie sabe ni el
día ni la hora de la muerte. Es vivir de la esperanza. De esto
se reflexionará en toda la Iglesia: sobre la virtud de la esperanza. Y sobre el
espíritu que nos hace decir ¡Abba! [¡Padre!].
Pero, a veces,
creo que pierdo el tiempo, que podría hacer más cosas, orar más, tener más
intimidad con el Señor, y otras veces la enfermedad no me deja hacer más. ¿Será
que sólo tengo que sufrir: purificarme, convertirme, evangelizar desde
el silencio? A esto me está ayudando la lectura de las obras de Santa
Teresita del Niño Jesús y he vuelto a releer la Salvifici Doloris del
Papa Juan Pablo II.
Lo más importante es esta fe, vidida en régimen de
pequeñas comunidades, en donde la lectura de la Palabra de Dios ilumina
el sentido de mi vida, en donde se dan signos de unidad y
amor.
Fuente: ReL