La fiesta de la Santísima Trinidad es, por antonomasia, un canto a la fuente de toda vida y de todo amor y a vivir unas relaciones familiares de participación y de diálogo en la comunión.
Una de las salutaciones iniciales de la misa está sacada de la
segunda lectura de hoy: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios
y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros». Deseo que se hace
súplica inicial de la oración.
Este
domingo obtiene un tono altamente cálido a través de las
lecciones bíblicas. Así, la Trinidad aparece como lo que es: misterio de vida y
de amor. La gran revelación de la identidad de Dios.
-Dios compasivo y misericordioso
La
misericordia de Dios es el «tema» por excelencia de la Biblia. Israel, a lo
largo de su historia, tuvo la experiencia privilegiada de la bondad extrema de
Dios. Los individuos y la colectividad, apartándose muchísimas veces de la
Alianza tuvieron que recurrir a Dios para rehacerla. Y la misericordia de Dios
nunca falló. Dios tiene ternura para con los suyos, por fidelidad a sus
compromisos. Pero, no obligándole ya porque el pueblo había roto el pacto, la
fidelidad a sí mismo le aboca al perdón generoso, a rehacer la dignidad de los
elegidos. Claro está que éstos deben convertirse; han de ser responsables de
una nueva vida. La misericordia de Dios viene destacada también por un amor de
madre, según lo del profeta: aunque una madre se olvidara de su pequeño, Dios
nunca se olvidará de Israel.
Moisés
ha subido al Sinaí y el «Señor bajó en la nube y se quedó con él allí». El
santo pronuncia el nombre de Dios. La respuesta es admirable: «Señor, Señor,
Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
El Dios Uno y Trino es de esta manera. Le respondemos agradecidos y con la
promesa de realizar siempre su querer: «A ti gloria y alabanza por los siglos».
-Salvados
El
Teólogo nos brinda hoy una vigorosa y tierna contemplación. «Tanto amó Dios al
mundo que entregó a su Hijo único... para que el mundo se salve por él». Un
amor extraordinario, porque da lo más que podía dar su Unigénito. «Entregó»
parece tener un matiz de expiación y sacrificio. Conexión, pues, con el
misterio pascual. Redención plena. El evangelista lo dice enormemente conmovido.
El
Padre nos ha enviado al Hijo para realizar el plan de salvación. En efecto, «El
Mesías es salvador, Jesús o salvación, propiciación por los pecados, Cordero de
Dios que quita los pecados del mundo». Todo esto pide, en el discípulo, una
entrega total y plena, consistente en la fe que acoge la palabra y la pone en
práctica. Verdadero amor a Cristo, incoación del juicio favorable en la
definitividad del más allá en la presencia del Dios Uno y Trino, del Dios que
es el Amor.
La
confesión de fe en Cristo se explicita en Hijo y Unigénito. Fe en la verdadera
y propia filiación divina de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.
-Una plegaria
Recitar
el versículo del aleluya "Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Al
Dios que es, era y que vendrá" - Agradecer la misericordia de Dios que ha
obtenido su plenitud en Cristo - Hacerse propia la oración sobre las ofrendas:
ser transformados en ofrenda perenne a la gloria de Dios.
La fiesta continua
Toda vida,
normalmente, es un canto a la vida y al amor y una invitación a vivir en
comunión de vida en la participación y en la acogida mutuas.
La fiesta de
la Santísima Trinidad es, por antonomasia, un canto a la fuente de toda vida y
de todo amor y a vivir unas relaciones familiares de participación y de diálogo
en la comunión. San Agustín reconoce que «lo más grande en el culto es imitar
lo que adoras». Por eso, la celebración de la fiesta de nuestro Dios Trinidad
constituye una interpelación para traducir en la vida nuestra adoración a la
Santísima Trinidad. Esta adoración nos ha de llevar:
a) a defender y proteger la vida en todas sus
manifestaciones, sobre todo, la
vida divina de los hijos de Dios, que poseemos en Cristo y en el Espíritu Santo;
b) a construir la civilización del amor (Juan Pablo II). «Dios es Amor» (1Jn 1, 18). El cristiano, como imagen
de Dios, es amor, en cuanto participa el mismo ser divino. Quiere decir que
nuestra confesión de fe en el Dios-Amor, nos ha de llevar a traducir este amor
en gestos de solidaridad, de amor y de servicio a los hermanos.
c) a defender la inviolabilidad de la persona humana, creada a imagen de Dios (Gn 1, 26), desde su concepción, respetando su
dignidad con sus derechos y deberes;
d) a vivir en comunión dentro de la
diversidad personal, social, cultural y religiosa. ¡Siendo muchos y distintos, no constituimos más que una única familia!
Necesitamos una nueva mentalidad, que nos abra al respeto y aceptación, a la
participación y a la comunión en la diversidad.
e) La fiesta de la Santísima Trinidad
nos muestra que nuestro Dios es «don» total al hombre: el Padre se nos regala por Cristo en el Espíritu Santo, urgiendo en el
hombre, en cuanto imagen de Dios, una vida de «don» para el Padre, en Cristo,
con Cristo y como Cristo, en docilidad al Espíritu Santo y una vida de «don»
para sus hermanos los hombres, siendo la presencia visible y verificable de
Dios Trinidad: «A la Iglesia -a cada cristiano- toca hacer presentes y como
visibles a Dios Padre, a su Hijo encarnado con la continua renovación y
purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo» (GS 21,5).
f) La vida de todo bautizado ha de tener
un «estilo trinitario». El cristiano ha de
vivir como hijo de Dios, buscando en todo la voluntad del Padre y asumiendo los
mismos sentimientos de Cristo, que hizo de su preciosa existencia un «don hasta
la muerte y muerte de cruz». Siempre dócil, eso sí, a la acción del Espíritu
Santo. O, en otras palabras, toda vida cristiana se ha de realizar en el nombre
del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, buscando siempre la mayor gloria de
la Santísima Trinidad.

