Francisco Vázquez, exEmbajador. ABC/ Sociedad.
Día 19/10/2013
El domingo de las misiones,
el popular Domund, es una gran oportunidad para reconocer la histórica labor
educativa y asistencial de la Iglesia, pero también sirve para exaltar con
orgullo cómo a través de los siglos la predicación del Evangelio representa el
avance de la civilización.
La labor evangelizadora
de la Iglesia católica realizada por los misioneros constituye uno de los
capítulos civilizadores más importantes en la historia de la Humanidad.
Cumpliendo el último mandato que les hizo Jesús para que predicaran el
Evangelio a todas las naciones, los Apóstoles y los primeros cristianos se
esparcieron por todo el mundo entonces conocido, dando a conocer la doctrina y
las enseñanzas cristianas.
Esta universalidad en el
mensaje que la hace común a toda la Humanidad es la que define a la Iglesia
como católica, y desde sus orígenes hasta hoy los misioneros, a la divulgación
del Evangelio, incorporaron en su predicación la enseñanza de los valores
culturales y sociales de la civilización grecorromana, convirtiendo la
cristianización de los pueblos bárbaros y paganos en una labor también
civilizadora, asentando en todo el mundo los principios de justicia y libertad
que hoy presiden las relaciones entre los hombres y entre los pueblos.
Los misioneros,
además de predicar y bautizar, enseñan y curan, fundan y mantienen escuelas,
hospitales y asilos, educan en el respeto a la vida, en la protección y la
asistencia a los más débiles y a los más necesitados, impulsan la paz y la
caridad, promoviendo la supremacía del bien común, condenando la violencia y
permaneciendo con riesgo de sus vidas al lado de los perseguidos y los
refugiados.
Pero, además de esta labor
educativa y asistencial, a la caída del Imperio Romano correspondió a la
Iglesia la urgente tarea de conservar todo el saber antiguo, salvando los
monjes en los monasterios los códices que contenían todos los frutos de la
cultura y el pensamiento de griegos y romanos, las raíces de nuestra
civilización. Y en aquellos tiempos oscuros y de tribulación que representaron
las invasiones de los pueblos bárbaros, es cuando los Papas envían a los
primeros misioneros a predicar al norte bárbaro y pagano.
Lo que con su fuerza no
habían logrado las legiones romanas lo consiguen los frailes que vadean el Rin
y el Danubio, convirtiendo a los pueblos y tribus germánicos y escandinavos.
Gracias a la Iglesia, los godos, vándalos, vikingos, sajones o lombardos no
solo abrazan la fe de Cristo, sino que también incorporan a sus sociedades el derecho,
la filosofía, la ética y la organización social de la antigua Roma,
civilizándose y estructurándose como naciones ordenadas.
E incluso la Europa del
Medievo amplía sus fronteras gracias a la Iglesia misionera, cuando dos
hermanos monjes, san Cirilo y san Metodio, traducen a la lengua eslava las
Sagradas Escrituras y llegan como misioneros hasta Ucrania y Rusia,
convirtiendo así la cruz en el símbolo común de todo el continente europeo.
Todavía faltaba la
posiblemente más importante página de la Iglesia misionera, que no es otra que
la que protagoniza España con la evangelización de América, que conlleva la
civilización del Nuevo Mundo. Apenas once años después del primer viaje de
Colón, en 1503, los franciscanos fundaban la primera escuela del Nuevo
Continente, dedicada a la alfabetización de los indígenas. En octubre de 1538,
los dominicos crean en Santo Domingo la primera universidad americana, y cuando
décadas después, en 1636, las colonias inglesas crean en los actuales Estados
Unidos la primera universidad, gracias al mecenazgo de un particular, John
Harvard, en la América hispana las órdenes religiosas tenían en funcionamiento
nada menos que 26 universidades.
Y en América la cruz de los
misioneros cuando fue necesario se alzó frente a la espada de los
conquistadores, denunciando la esclavitud y los excesos a que eran sometidos
los pueblos indígenas. Es la Iglesia civilizadora de Fray Bartolomé de las
Casas, de Fray Junípero de Serra o de las demarcaciones que establecen jesuitas
y franciscanos, estructuras urbanas y sociales que todavía hoy se toman como
referentes de colectividades utópicas que buscaban la creación de una Arcadia
igualitaria y que fueron popularizadas a través de la película «La misión».
La expansión del
cristianismo es la expansión de la cultura. Los misioneros desarrollan una
labor civilizadora y a la sombra de iglesias y monasterios surgen las primeras
escuelas y se alzan orfanatos, lazaretos, dispensarios y cooperativas. La
predicación del Evangelio es el avance de la civilización, y la mejor respuesta
a la pregunta de qué es Europa nos la dan san Patricio, san Olaf, san Benito o
san Cirilo y san Metodio, que romanizaron a los hasta entonces pueblos
bárbaros, dotándolos de leyes y de una organización social, transformándolos en
naciones cultas y organizadas. Y ello sin olvidar la ingente y ejemplar labor
de atención a los olvidados y a los marginados, como en nuestros días han
desarrollado san Damián, el apóstol de los leprosos en la isla de Molokai, o
Teresa de Calcuta, en los barrios de los parias de la India.
Hoy como ayer la Iglesia
misionera se nutre del testimonio ejemplar de la sangre de sus mártires. Sirvan
como ejemplo en los últimos años el asesinato de los jesuitas españoles en
Centroamérica, o el de los hermanos maristas en el Congo, o el de la comunidad
trapense en Argelia, sin olvidar la planificada y constante persecución que a
manos de los fundamentalistas islámicos sufren en la actualidad las comunidades
cristianas en Nigeria, Malí, Kenia, Somalia, Egipto, Siria, Irak, Pakistán o
la India.
Una triste realidad,
silenciada y olvidada, a la que en muchas partes del planeta se une la difícil
situación de una Iglesia misionera perseguida y reducida a la clandestinidad,
como en China y Corea del Norte, o incluso prohibido su culto, como en las
monarquías árabes de corte teocrático.
El domingo de las misiones,
el popular Domund, es una gran oportunidad para reconocer la histórica labor
educativa y asistencial de la Iglesia, pero también sirve para exaltar con
orgullo cómo a través de los siglos la predicación del Evangelio representa el
avance de la civilización.
Fuente: Francisco
Vázquez. ABC/ Sociedad. Día 19/10/2013
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