El navarro Manuel Arizcun Moreno (1892-1936) fue arrojado vivo al mar en la bahía de Santander por los milicianos al negarse a apostatar
![]() |
| Manuel, con tres de sus nueve hijos |
Le llevaron
a la checa de la calle Sol, donde le propusieron la inmediata libertad a
cambio de una adhesión al Gobierno, proposición que Manuel rechazó por
completo afirmando ante los que le interrogaban sus sentimientos de católico
practicante. Por esta negativa, y a la vez por su consecuente afirmación,
el 13 de noviembre, a las dos y media de la madrugada, sacaron a Manuel de la
prisión, y, maniatado, lo arrojaron vivo al mar en la salida de la bahía
de Santander, por la zona entre el faro de Cabo Mayor y la isla de Mouro». Manuel
Arizcun Moreno (1892-1936) tenía 44 años cuando fue asesinado por los
milicianos, y su nieto Gabriel Garralda Arizcun acaba de publicar la
biografía que recoge su martirio.
Gabriel estará
el próximo sábado en Santander, durante la celebración en la que su abuelo y
otros 79 mártires de la persecución religiosa en los años 30 del siglo
XX serán beatificados. Allí, en una misa que será presidida por el cardenal Marcello
Semeraro, prefecto del dicasterio para las Causas de los Santos, el
santoral católico se ampliará con los nombres de estos 80 mártires
asesinados exclusivamente por su fe religiosa.
Manuel Arizcun
nació en Madrid el 22 de abril de 1892. Fue el quinto de los hijos de Ramón Arizcun
y de Julia Moreno, una familia de arraigadas convicciones religiosas,
oriunda del Valle de Baztán (Navarra).
Con once años
comenzó a estudiar en el instituto Cardenal Cisneros de Madrid y, a los
dieciocho, continuando una larga tradición familiar, ingresó en la Academia
de Infantería de Toledo.
En 1918
contrajo matrimonio en Erratzu con la también baztanesa Pilar Zozaya
Iturralde. De su matrimonio nacieron nueve hijos, y a finales de 1928 se
establecieron de modo definitivo en Pamplona, en la céntrica Plaza del
Castillo. Nada más llegar a la capital navarra, comenzó a colaborar como
feligrés en la parroquia de San Agustín; se hizo hermano de la Pasión
del Señor y, años más tarde, miembro de su junta de gobierno.
La
responsabilidad de la República
«A Manuel le
sonreía el porvenir terreno de una carrera militar singularmente brillante»,
escribiría más tarde monseñor Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona,
pero enseguida percibió el anticlericalismo radical del nuevo régimen
republicano y, «movido por su honda creencia religiosa, el 3 de julio de 1931
se apartó voluntariamente de su carrera militar —era ya comandante de Estado
Mayor— acogiéndose a la ley Azaña, al ver la impasibilidad de las
autoridades ante la quema de conventos y de iglesias iniciada en España, al
poco tiempo de proclamarse la Segunda República», rememora su nieto en su biografía.
Manuel era
hombre de oración. «Todas las mañanas asistía a la misa de ocho y recibía la
eucaristía. Cultivó su inteligencia católica con un estudio exigente de las
encíclicas de los Papas. Llevaba una conducta ejemplar que hizo que lo
quisieran y respetaran todos. Destacaba por su amor al prójimo, era noblemente
franco y compasivo, no murmuraba. A este talante se refería don Marcelino
Olaechea cuando decía: 'Clara inteligencia, sólida instrucción cristiana, fe
y piedad ardiente, vida intachable y obediencia a la voz de la Iglesia
hicieron de él un apóstol'», recapitula Gabriel Garralda.
Su hija Conchita
lo contaba así: «Recuerdo un ambiente familiar de bulliciosa alegría,
en la que había unos espacios de tiempo que yo los vivía ya como
trascendentales: la bendición y acción de gracias de la mesa, el rezo diario
del rosario... También vivíamos intensamente los acontecimientos y
celebraciones religiosas durante el año: la Navidad, la Semana Santa, la
procesión del Corpus… Mis padres nos inculcaron claramente, sin ambigüedades, una
categoría de valores humanos: la franqueza, la lealtad, el cumplimiento del
deber, no claudicar ante el esfuerzo y las dificultades, saber pedir perdón y saber
perdonar, la compasión ante los pobres y para con los hermanos que sufren».
El propio
Manuel lo describió con estas palabras en una de las muchas conferencias que
impartió en esos años: «Deseo que mis hijos tengan un corazón bondadoso y
sensible. El que lo tiene habla con humildad a todos, porque en todos
respeta la dignidad humana; se interesa por el bien de los demás y siempre
estará al lado de los caídos; sufre si ha de reprender a alguno y, si comprende
que ofendió, no sosiega un momento hasta que paga su deuda pidiendo perdón.
Esto es tener buen corazón, esto es nacer mártir al mundo y esto es
tener alma de apóstol».
Se desata la
persecución
El martirio,
precisamente, le llegaría poco después del verano de 1936, cuando pasaba unos
días de vacaciones con toda su familia en Suances (Cantabria). En aquel
municipio, la persecución religiosa resultó especialmente virulenta.
Asesinaron a casi dos decenas de personas, la práctica religiosa fue
reprimida y el interior de la iglesia del pueblo quedó totalmente arrasado.
Todos allí sabían de la profunda vivencia religiosa de Manuel Arizcun, que no
quiso huir para salvar la vida.
El 10 de
noviembre, a las cuatro de la tarde, el presidente del Frente Popular de
Suances, acompañado de policías de Santander, procedió a detenerle. En
estos momentos, Manuel confesó de nuevo su fe y sus trabajos en la
Acción Católica, rechazó con entereza y energía la acusación de que esta
institución fuera una fuerza política, como le repetían los milicianos, y les
dijo: «Yo soy católico, y eso no me lo podéis arrancar ni con las pistolas».
Tres días
después, los milicianos sacaron a Manuel de la prisión, y, maniatado, lo
despeñaron vivo al mar. El cuerpo de Manuel fue encontrado el 1 de
diciembre, en la playa de Arenillas, por varios vecinos del pueblo de Galizano
(Cantabria). Las autoridades locales no pudieron identificarlo y lo enterraron
en el cementerio, donde permaneció casi tres años.
«El sentir
popular, reflejado en los numerosos actos y artículos referidos a su persona,
desde entonces y hasta nuestros días, confirma, sin excepción alguna, su fama
de martirio, es decir, que fue asesinado en odio a su fe», subraya su
nieto Gabriel. De sus nueve hijos, dos fueron religiosas; los otros
siete contrajeron matrimonio y han tenido treinta y nueve nietos. En la
diócesis de Pamplona, los obispos han apoyado la causa de canonización de
Manuel desde el primer momento. Sus restos mortales descansan en la parroquia
de San Agustín de Pamplona.
Álex Navajas
Fuente: El Debate
