EL SECRETO DE LOS QUE "ESTORBAN"

En mis tres parroquias los tengo. Y llevo tiempo pensando en ellos.

Anawim

En todas las parroquias que he conocido hay siempre un grupo de personas que nadie cita cuando se habla de los grandes logros pastorales, que no salen en la foto de los retiros de formación, que no están en los consejos pastorales ni en los grupos de evangelización que tan bien funcionan. Son los que llegan a misa cada domingo con su ropa de siempre, a veces un poco despistados, a veces repitiendo la misma pregunta que ya hicieron la semana pasada, a veces costando un poco más de lo habitual seguir el hilo de la conversación. Personas con alguna limitación cognitiva, con algún retraso ligero, con alguna dificultad que no los convierte en discapacitados graves pero sí en personas que no encajan del todo en los esquemas habituales de la vida parroquial. Y también, seré honesto, personas que a veces ponen nuestra paciencia al límite: el que siempre llega en el peor momento, el que interrumpe cuando menos hace falta, el que tiene una forma de relacionarse que cansa, el que genera en ti una mezcla de ternura y agotamiento que luego tienes que confesar. En mis tres parroquias los tengo. Y llevo tiempo pensando en ellos.

Hay una palabra en hebreo que me viene a la mente cuando los veo: anawim. Los pobres de Yahvé. El término aparece en los salmos, en los profetas, en el texto de Sofonías que habla del resto fiel de Israel, y designa a los que no tienen recursos propios, a los que no pueden apoyarse en su propia fuerza, a los que su única posibilidad es Dios mismo. No son exactamente los pobres económicos, aunque muchas veces coincide. Son los que, por su condición, se ven obligados a depender completamente de Dios porque no tienen nada más en lo que apoyarse. Yahvé los llama "mi pueblo humilde y pobre" (Sof 3, 12) y promete dejarlos como el resto que confía en su nombre. El Magnificat que canta María es el canto de los anawim: "Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes."

Esas personas que están en el fondo de la parroquia, que a veces molestan un poco porque interrumpen, que no terminan de encajar en los grupos de adultos ni en los de jóvenes, que siempre están ahí sin importar qué programación hagamos, son los nuevos anawim. Los pobres de Dios. Los que Él ha puesto en el corazón de cada comunidad como un signo, aunque nosotros muchas veces no sepamos muy bien qué hacer con ese signo.

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San Pablo lo dice contundentemente: "Mirad, hermanos, quiénes sois los llamados: no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Sino que lo necio del mundo lo escogió Dios para confundir a los sabios, y lo débil del mundo lo escogió Dios para confundir a lo fuerte; y lo vil del mundo, lo menospreciado, lo que no es, lo escogió Dios para reducir a la nada lo que es, a fin de que nadie se gloríe en su presencia" (1 Co 1, 26-29). Lo necio. Lo débil. Lo que no es. Esas son las elecciones de Dios. Y el Apóstol las dice mirando a la asamblea de Corinto, que debía de tener el mismo aspecto que muchas asambleas dominicales de hoy: una mayoría de gente sin brillo especial, sin títulos académicos, sin relevancia social.

Esa asamblea es la Iglesia. La que incluye a los que no encajan, a los que repiten las preguntas, a los que llegan tarde y se sientan en la última fila y sonríen con una alegría desproporcionada cuando el cura les saluda por su nombre.

He comprobado, con los años, que esas personas saben rezar de una manera que muchos que saben mucho de teología no han alcanzado todavía. Rezan sin pose, sin rendimiento, sin preocuparse de si lo están haciendo bien. Se plantan ante el sagrario con una sencillez que desarma. Y cuando hay algún problema en la comunidad, muchas veces son los primeros en acercarse a preguntar cómo están todos, con una intuición afectiva que no aprendes en ningún máster de pastoral.

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Me pregunto a veces si les hacemos suficiente sitio. Si la parroquia que estamos construyendo tiene espacio real para ellos, o si inconscientemente la estamos diseñando para los que rinden, para los que pueden seguir un curso de formación, para los que llenan un grupo de oración con su dinamismo y su capacidad de aportación. La lógica de la eficacia pastoral tiende a valorar lo que produce resultados visibles. Y estas personas no producen resultados visibles. No evangelizan, no coordinan, no aportan ideas en los consejos pastorales. Simplemente están.

Y eso, resulta que es exactamente lo que Dios pidió a Israel que hiciera. Estar. Confiar. No apoyarse en la propia fuerza. Depender. Los anawim no eran héroes de la fe en el sentido habitual del término. Eran los que no tenían otra opción que Dios. Y eso los convertía, paradójicamente, en los más libres.

Hay algo que aprendemos de ellos que no podemos aprender en ningún libro de espiritualidad. Nos recuerdan que la Iglesia no es un club de gente capaz. Nos recuerdan que la salvación no se gana con rendimiento. Nos recuerdan que Dios no eligió a los sabios para confundir a los necios, sino al revés. Y eso, en un mundo que valora la competencia, la productividad y la imagen, es una provocación constante y necesaria.

La próxima vez que uno de ellos te interrumpa en medio de algo importante, o te haga la misma pregunta de siempre, o necesite un poco más de tu tiempo del que tenías planificado, para un momento. Ahí está uno de los pobres de Dios. Uno de los que Él ha elegido para confundir a los que nos creemos que sabemos algo.

Y si has leído esto y has pensado que tú no eres uno de ellos... estás equivocado. Porque para Dios los que somos pobres y le damos lástima somos precisamente nosotros y no ellos. 

Jesús María Silva Castignani

Fuente: ReligiónenLibertad