EL EXAMEN FINAL: LAS OMISIONES Y EL PERDÓN

Un análisis sobre la fe y el examen final del alma, donde la omisión y el perdón marcan la diferencia entre aprobar o llevarse una gran sorpresa

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Cuando haces un examen, hay materias y ejercicios que te permiten salir teniendo perfectamente claro el resultado: si ha ido bien o no, si te has equivocado pero puedes arañar algún punto; o si, por el contrario, no hay nada que podamos esperar. Lo mismo pasa en alguna de las asignaturas del examen final, ese en el que nos valoran de tres materias. Dos de ellas son fáciles de saber si aprobamos o no, o incluso si podemos ir a recuperación. Pero la tercera es más sibilina y es en la cual todos, absolutamente todos, sin excepción, nos vamos a llevar más de una desagradable sorpresa.

Las tres materias del alma

Las asignaturas son, por supuesto: pensamiento, obra y omisión. Los malos pensamientos y las malas acciones son objetivables. No podemos decir que no nos dimos cuenta e incluso podemos ir a la confesión a borrar lo escrito y empezar de nuevo, las veces que hagan falta.

Pero la omisión es como esa redacción que entregas al profesor sin ser muy consciente de por dónde te van a llegar los tiros, sin saber si has sido lo suficientemente generosa o si has concretado lo suficiente en los detalles. De cuántos momentos concretos, de cuántas situaciones, palabras y sonrisas omitidas se nos va a hacer dar cuenta.

Veremos con dolor el daño que generó la falta de una delicadeza, el no haber sido generosos con nuestra mejor versión o esa llamada no realizada por falta de tiempo. Veremos la historia de lo que podría haber sido si no hubiésemos fallado en nuestro papel, las vidas que mejoraríamos si le dejásemos brillar a Él y no a nosotros mismos.

La prueba definitiva: el perdón

Pero en esta asignatura de las omisiones, si hay una parte del temario en la que podemos saber a ciencia cierta si hemos fallado, son las omisiones de perdón.

¿Eres de esos que se unen al pelotón del "perdono, pero no olvido" mientras levantan un dedo? ¿Perdonas realmente? ¿Tienes la tentación de sentirte superior al que ha caído, como si nunca lo hubieses hecho tú?

Cuando en matemáticas sabías que te caía seguro un ejercicio de teoría, lo estudiabas a fondo para atesorar esos puntos, no fuera a ser que el problema o las operaciones se nos atascaran. Pues en esta parte del examen de la omisión tenemos que asegurarnos de que no nos ha quedado pendiente algún perdón por conceder.

Esto sí que es objetivable. Sabemos cuándo seguimos guardando rencor, cuándo sacamos a relucir un error pasado y cuándo utilizamos una herida para sentirnos por encima de quien nos hirió. Sabemos también cuándo necesitamos que los demás comprendan nuestros fallos, mientras que nosotros seguimos pasando factura por los suyos.

Corrige antes de entregar

Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien; significa renunciar a convertir ese daño en una deuda que nunca dejamos de reclamar. Significa recordar que también nosotros hemos necesitado que nos perdonen y que no somos mejores por mantener a alguien condenado por su peor error.

Revisa el pasado como se revisa un examen antes de entregarlo. Corrige, añade, incluye. Piensa en esa persona a la que todavía no has perdonado, en esa conversación que sigues aplazando, en esa mano que podrías tender y no has tendido. No esperes al resultado final para descubrir que dejaste esa pregunta sin contestar.

Pide ese perdón, concede ese perdón, porque... aún estás a tiempo.

Mar Dorrio

Fuente: Aleteia