Un análisis sobre la fe y el examen final del alma, donde la omisión y el perdón marcan la diferencia entre aprobar o llevarse una gran sorpresa
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| Crédito: PeopleImages | Shutterstock |
Cuando haces un
examen, hay materias y ejercicios que te permiten salir teniendo perfectamente
claro el resultado: si ha ido bien o no, si te has equivocado pero puedes
arañar algún punto; o si, por el contrario, no hay nada que podamos esperar. Lo
mismo pasa en alguna de las asignaturas del examen final, ese en el que nos
valoran de tres materias. Dos de ellas son fáciles de saber si aprobamos o no,
o incluso si podemos ir a recuperación. Pero la tercera es más sibilina y es en
la cual todos, absolutamente todos, sin excepción, nos vamos a llevar más de
una desagradable sorpresa.
Las tres
materias del alma
Las asignaturas
son, por supuesto: pensamiento, obra y omisión. Los malos pensamientos y las
malas acciones son objetivables. No podemos decir que no nos dimos cuenta e
incluso podemos ir a la confesión a borrar lo escrito y empezar de nuevo, las
veces que hagan falta.
Pero la omisión
es como esa redacción que entregas al profesor sin ser muy consciente de por
dónde te van a llegar los tiros, sin saber si has sido lo suficientemente
generosa o si has concretado lo suficiente en los detalles. De cuántos momentos
concretos, de cuántas situaciones, palabras y sonrisas omitidas se nos va a
hacer dar cuenta.
Veremos con
dolor el daño que generó la falta de una delicadeza, el no haber sido generosos
con nuestra mejor versión o esa llamada no realizada por falta de tiempo.
Veremos la historia de lo que podría haber sido si no hubiésemos fallado en
nuestro papel, las vidas que mejoraríamos si le dejásemos brillar a Él y no a
nosotros mismos.
La prueba
definitiva: el perdón
Pero en esta
asignatura de las omisiones, si hay una parte del temario en la que podemos
saber a ciencia cierta si hemos fallado, son las omisiones de perdón.
¿Eres de esos
que se unen al pelotón del "perdono, pero no olvido" mientras
levantan un dedo? ¿Perdonas realmente? ¿Tienes la tentación de sentirte
superior al que ha caído, como si nunca lo hubieses hecho tú?
Cuando en
matemáticas sabías que te caía seguro un ejercicio de teoría, lo estudiabas a
fondo para atesorar esos puntos, no fuera a ser que el problema o las
operaciones se nos atascaran. Pues en esta parte del examen de la omisión
tenemos que asegurarnos de que no nos ha quedado pendiente algún perdón por
conceder.
Esto sí que es
objetivable. Sabemos cuándo seguimos guardando rencor, cuándo sacamos a relucir
un error pasado y cuándo utilizamos una herida para sentirnos por encima de
quien nos hirió. Sabemos también cuándo necesitamos que los demás comprendan
nuestros fallos, mientras que nosotros seguimos pasando factura por los suyos.
Corrige
antes de entregar
Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien;
significa renunciar a convertir ese daño en una deuda que nunca dejamos de
reclamar. Significa recordar que también nosotros hemos necesitado que nos
perdonen y que no somos mejores por mantener a alguien condenado por su peor
error.
Revisa el
pasado como se revisa un examen antes de entregarlo. Corrige, añade, incluye.
Piensa en esa persona a la que todavía no has perdonado, en esa conversación
que sigues aplazando, en esa mano que podrías tender y no has tendido. No
esperes al resultado final para descubrir que dejaste esa pregunta sin
contestar.
Pide ese
perdón, concede ese perdón, porque... aún estás a tiempo.
Mar Dorrio
Fuente: Aleteia
