El ayuntamiento de Limoges ardiendo y cayendo es una metáfora de la Europa sin Dios. Seguimos viviendo de las rentas: derechos humanos, igualdad, compasión con el que sufre
![]() |
| Ayuntamiento de Limoges/Hans Lucas via AFP |
Arde el Ayuntamiento
de Limoges. 143 años de historia hechos ceniza en una tarde. Francia
vuelve a ver a encapuchados quemando lo que es de todos. Y yo me pregunto: ¿de
verdad nos sorprende?
Macron
reacciona en X diciendo: «no hay sitio para la violencia en la República, y
quien ha atacado prefecturas, saqueado comercios y ayuntamientos será
perseguido y castigado». Fallo en Matrix. Porque la República, la primera de
ellas, no nació en una mesa de diálogo. Nació entre guillotinas,
iglesias saqueadas, monjas en el cadalso y la Vendée masacrada con las
«columnas infernales» del general Turreau.
La violencia no
es una anomalía: está en el acta fundacional. Esa República es la de Voltaire
pidiendo aplastar a la Infame –la Iglesia–, la de Diderot en su poema Les
Éleuthéromanes soñando con estrangular reyes con las tripas de los curas,
la de Carrier organizando el ahogamiento de sacerdotes metidos en una barca
en el Loira. En 1793 entronizaron a la «Diosa Razón» en Notre-Dame.
Se quitó a Dios del altar para poner al hombre. Y el hombre, sin nadie por
encima, sin moral, sin ley divina, empezó a cortar cabezas en nombre de la
libertad.
No digo para
justificar los actos de guerra urbana. Por supuesto no me alegro, me
entristezco. Quemar un ayuntamiento es un acto criminal. Los saqueos,
incendios y destrozos son una salvajada. Solo quiero haceros pensar: ¿de qué se
extraña una sociedad que celebra su violencia fundacional cuando esta se
repite? Los psicólogos dicen que lo que no se reconoce, volverá a ocurrir.
Un trauma no elaborado e integrado vuelve en forma de síntoma.
¿Será eso?
Francia lleva dos siglos sin mirar de frente su herida original. Más aún, la
llama gloria. Y aquí está el punto. Quitar el cristianismo, a corto
plazo, suena a liberación: sin dogmas, sin culpa, sin límites. Parece progreso.
Parece adultez. El hombre elevado a la categoría de Dios. El triunfo de la
antigua serpiente. La masonería frotándose las manos. Pero el
cristianismo en las sociedades no es un adorno. Es el suelo: la dignidad del
débil, el perdón, el límite a la fuerza, la idea de que al otro le puedes amar
aunque sea tu enemigo. Si quitas el suelo, no flotas. Caes. Liberté,
égalité, fraternité… tout part en merde. Con perdón.
El ayuntamiento
de Limoges ardiendo y cayendo es una metáfora de la Europa sin Dios.
Seguimos viviendo de las rentas: derechos humanos, igualdad, compasión con el
que sufre. Son los frutos del árbol antaño frondoso que llevamos décadas
talando. Mirad nuestra España.
«¡Europa, sé
tú misma! Vuelve a encontrarte. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces»,
clamó el santo y magno Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982.
No le escucharon. Voz que grita en el desierto primero. Llanto y rechinar de
dientes después. Otro grande y santo, Joseph Ratzinger, lo advirtió hace
muchos años: una Europa que se avergüenza de sus raíces cristianas se queda sin
defensas ante la barbarie, venga de fuera o nazca dentro. No hay más:
cristianismo o barbarie. Limoges no es un accidente, es un síntoma.
¿Solución? Solo
veo una: volver a evangelizar lo que un día fue cristiano. Europa no
necesita mas palabrería y burocracia. Necesita testigos de Cristo que le
recuerden quién es. Menos trajes de domingo sin misa y más cruces e iconos.
Menos comisiones y más contemplación. Pero, ¿cómo evangelizar si los primeros
secularizados somos nosotros? También dentro de la Iglesia. Sin duda esto
empieza por convertirnos.
Recemos por
Francia y Europa. Hoy arde un ayuntamiento. Mañana arderá otra cosa. Sin
Dios, el hombre no se vuelve libre: se vuelve peligroso.
Patxi Bronchalo
Fuente: El Debate
