Las humillaciones de todos los días pueden ayudar a santificar a la persona que quiere asemejarse a Jesús, por lo que estos tres pasos pueden ser muy útiles
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| Crédito: Shutterstock |
Las humillaciones, aunque no nos gusten, son parte de
nuestra vida cotidiana. No faltan oportunidades para que lleguen a través del
trabajo, amistades o la misma familia. Muchas veces el hecho de tener que pedir
una simple disculpa, y sabiendo que es lo correcto, nos puede poner en una
situación de mucha vulnerabilidad frente al resto, pero, ¿pueden ser una manera
de santificar a la persona?
Humillación y dignidad cristiana
Tener las humillaciones claras es algo importante para saber
afrontarlas con dignidad cristiana ya que nuestra meta no es solamente
atravesarlas sino, aunque parezca algo extraño a primera vista, también llegar
a amarlas como hizo Jesús viviendo la gran humillación de su época al morir en
la Cruz.
Lo interesante es que Jesús quiso aceptar aquella muerte
humillante y cruenta. Siendo Dios podría haberla evitado con la omnipotencia de
su naturaleza divina y sin embargo, lejos de huir, se abrazó a ella para
glorificarla mostrándonos que es posible llevar la humillación dignamente.
En general no suelen educarnos para que sepamos afrontar las
humillaciones de la vida de ese modo. Nuestros padres, por ejemplo, incluso
parece que hacen lo contrario y buscan evitar por todos los medios que las
suframos. Lo cierto es que tarde o temprano estas llegan y es mejor ejercitarse
en ello para vencerlas con amor y sacar provecho.
En este sentido, San Anselmo nos ha dejado unos consejos
como guía práctica para responder de manera positiva en situaciones difíciles
en las que tenemos que tratar las humillaciones y descubrir ese valor oculto:
la cruz puede santificarnos o destruirnos dependiendo de cómo respondemos ante
ellas todos los días de nuestra vida.
1. Reconoce tu miseria
Reconocer los propios defectos significa abrirse a la
posibilidad de enfrentarlos asumiendo la responsabilidad de nuestras malas
conductas como por ejemplo haber mentido. Sin este primer paso del
reconocimiento no se puede alcanzar la verdad que nos libera de ese mal. Hay
pecado en nuestro corazón y para liberarnos de él tenemos que primero ser
honestos con nosotros mismos y no excusarnos sobre las culpas de los demás.
Le llevaron a Jesús una mujer sorprendida en el delito de
adulterio con el objetivo de plantearle qué hacer con ella, ya que Moisés
ordenaba apedrear a éstas. La primera actitud de Jesús fue guardar silencio, y
recién ante la insistencia, responde “el que esté libre de pecado que arroje la
primera piedra”...y comenzaron a retirarse uno a uno...(Juan 8, 1-11).
2. Siente todo su dolor
Una vez que somos capaces de ver el defecto, nuestro corazón
comienza a sentir vergüenza y dolor, tan así que puede llevarnos a un
abatimiento profundo. Podemos saber que mentir es algo malo, pero al
reconocerlo propio recibimos una fuerza que nos permite vencer el miedo de no
querer aceptarlo. Para lograr el verdadero arrepentimiento es necesario no solo
llegar a la verdad, sino dar un paso más profundo y llegar al fondo de la
misma.
“Después de las tres negaciones Jesús se volvió y lo miró a
Pedro, y éste recordó sus palabras: antes que el gallo cante hoy dos veces, tú
me habrás negado tres. Y al escuchar el segundo canto del gallo, saliendo fuera
rompió a llorar amargamente” (Mateo 26, 75).
Las negaciones habían sido tres, pero es a la tercera cuando
el apóstol toca fondo y experimenta el dolor del arrepentimiento por su triple
traición.
3. Confiésalo sin justificaciones
Tomar conciencia de nuestras faltas puede deprimirnos mucho.
Hay que pedir fortaleza para aceptar con alegría y serenidad las luces de la
gracia que nos ayudan a mejorar. Una vez que hemos tocado fondo por un mal
obrar como por ejemplo haber mentido, es importante abrir el corazón para
dejarlo ir y eso se hace al confesarlo.
Lo que queda guardado, cuesta más luego sacarlo fuera. Si
somos humildes será más fácil despojarnos de todo, pero con justificaciones
estaremos dando vueltas antes de poder vaciarnos del todo. Cuando cuesta
mucho y sentimos que no podemos solos, se puede recurrir a una ayuda externa
para ser “sacudidos” y terminar de dejarlo salir como cuando hablamos con un
sacerdote que nos ayuda en ello y encontramos la paz.
“Jesús les dijo de nuevo: 'La paz sea con ustedes. Como el
Padre me ha enviado, así yo los envío a ustedes.' Y cuando hubo dicho esto,
sopló sobre ellos y les dijo: 'Reciban el Espíritu Santo. Si perdonan los
pecados de cualquiera, son perdonados; si retienen los pecados de cualquiera,
son retenidos’” (Juan 20, 19-23).
Cecilia
Zinicola
Fuente: Aleteia
