CÓMO RECUPERAR TU ATENCIÓN ANTES DE QUE SE TE ESCAPE

La Iglesia lleva 15 siglos aplicando una técnica para evitar las distracciones. La economía de la atención vuelve a hacer que sea urgente

Crédito: Carmelite Monks | Wikipedia

Hay una palabra en el mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2027 que merece la pena analizar. "Atención", señala, proviene del latín ad-tendere, "extenderse hacia". No se trata de consumir, ni de desplazarse por la pantalla, sino de dirigirse deliberadamente hacia algo ajeno a uno mismo, algo que merezca el esfuerzo de una mirada sostenida.

Las plataformas que hoy en día median la mayor parte de la comunicación humana están diseñadas en torno al movimiento opuesto. Son ellas las que se extienden hacia ti. Aprenden cuáles son tus puntos débiles, agudizan tus compulsiones y te ofrecen contenidos calibrados para retener tu mirada unos segundos más.

El modelo de negocio no es la comunicación. Es la recolección de la atención como materia prima, vendida a los anunciantes, mediante la manipulación de estados psicológicos —indignación, ansiedad, ansia— que hacen que la recolección sea más eficiente.

Leo calificó esto de crisis espiritual. Tiene razón. Pero la tradición que él representa lleva mucho tiempo aplicando una práctica contraria.

Lo que descubrieron los monjes

La Regla de San Benito, redactada en el siglo VI, se articula casi en su totalidad en torno a la disciplina de la atención. El día se divide en horas fijas de oración que interrumpen cualquier otra actividad a intervalos regulares.

El trabajo manual se alterna con la lectio divina —la lectura pausada y reflexiva de las Escrituras, que no consiste tanto en adquirir información como en permitir que un texto te vaya calando con el tiempo—. El silencio es la condición necesaria para poder escuchar algo más allá del propio ruido mental.

Lo que Benito comprendió —y lo que la "economía de la atención" descubrió desde la perspectiva opuesta— es que la atención no es un recurso natural que se repone automáticamente. Es una capacidad que debe cultivarse y protegerse. Los monjes llamaban a esto "quies", quietud.

Los Padres del Desierto llamaban "acedia" a la agitación mental compulsiva y reactiva. Podríamos reconocerla en el dedo inquieto que busca el teléfono antes de terminar la página, o en la impaciencia por escuchar un discurso a velocidad normal y pulsar distraídamente la opción «2x».

El Examen Ignaciano aporta una herramienta diferente. Ignacio lo concibió como un repaso diario de 15 minutos: un acto deliberado de observación. ¿En qué momentos te has sentido atraído hacia algo bueno? ¿En qué momentos te has sentido alejado? La premisa es que Dios está presente en la experiencia cotidiana, pero resulta invisible si no se tiene el hábito de prestar atención. El Examen es, en efecto, un entrenamiento diario en la atención a lo que realmente está sucediendo, en contraposición a lo que las redes sociales te dicen que debes sentir.

El precio que estamos pagando

Las consecuencias de la falta de atención ya no son meras especulaciones. Diversos estudios —entre ellos, los trabajos del psicólogo social Jonathan Haidt— documentan el aumento de los índices de ansiedad y lo que los psicólogos denominan "fragmentación atencional": la incapacidad progresiva para mantener la atención en un único objeto.

Los adultos también lo refieren subjetivamente. Se sientan a leer y se dan cuenta de que están buscando el móvil antes de terminar la primera página.

Lo que se está perdiendo es la capacidad de prestar una atención sostenida y receptiva que hace posible el amor, la oración y la reflexión profunda. No se puede rezar sin ella. No se puede escuchar a otra persona sin ella. No se puede asumir el dolor ni tomar una decisión moral meditada sin la capacidad de permanecer presente el tiempo suficiente para que algo cale de verdad.

Por eso el tema que aborda León tiene un peso que va más allá de la crítica a los medios de comunicación. No se está quejando del periodismo. Está describiendo un ataque estructural contra una de las condiciones fundamentales de la vida espiritual y moral.

Cómo se lleva a cabo esa recuperación

Las prácticas monásticas se diseñaron para los monasterios. Pero su lógica es transferible, y cada vez más personas, incluidas muchas sin afiliación religiosa, están descubriendo que en el monasterio habían dado con la clave.

La recuperación más básica es estructural: momentos fijos que no forman parte del feed. La oración matutina, por breve que sea. Un rato de lectura sin pantallas. Comidas sin dispositivos sobre la mesa. La idea benedictina es que la estructura no tiene por qué ser heroica para ser eficaz. Pequeños intervalos protegidos, libres de distracciones, reconstruyen poco a poco lo que el uso compulsivo de las plataformas va erosionando.

El "Examen", adaptado fuera de los contextos religiosos como diversas formas de reflexión vespertina, ha encontrado una segunda vida notable. La práctica de tomar conciencia deliberadamente de lo que ha ocurrido durante el día —sin evaluar, sin optimizar, simplemente tomando conciencia— resulta ser sumamente útil independientemente del compromiso teológico. Lo que desarrolla es precisamente el músculo de la atención que las plataformas están diseñadas para atrofiar.

La frase de León se te queda grabada: ad-tendere. Estirarse hacia. La atención, entendida correctamente, no es una recepción pasiva, sino un acto que requiere esfuerzo, es dirigido y elegido. Las plataformas han construido una civilización basada en hacer que no requiera esfuerzo y, por lo tanto, sea infinitamente explotable.

La tradición monástica sostiene, basándose en quince siglos de práctica, que la falta de esfuerzo es la trampa. Recuperar la capacidad de prestar atención no es un simple ajuste en el estilo de vida. Es, en el sentido más antiguo de la palabra, una práctica.

Daniel Esparza

Fuente: Aleteia