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| Vatican News |
Este domingo,
durante el Ángelus, el Pontífice ha comentado la parábola del banquete de bodas
y ha animado a los fieles a no desanimarse cuando el bien que ofrecen no es
comprendido o es malinterpretado.
La Plaza de San
Pedro se ha llenado de fieles otro domingo más para escuchar a su Santidad.
Este domingo, XXVIII del Tiempo Ordinario, León XIV ha centrado su reflexión
previa al Ángelus en la parábola del banquete de bodas, narrada en el Evangelio
de Mateo, en la que un rey invita a numerosas personas a la boda de su hijo,
pero muchos rechazan la invitación: “Los invitados, en lugar de unirse a la
fiesta, se echan atrás y prefieren seguir ocupándose de sus asuntos. Algunos,
incluso, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey”
explica el Papa.
León XIV ha
recordado que esta actitud, por desgracia, también se produce hoy en día, en
nuestra vida cotidiana: “También esto, lamentablemente, sucede: no siempre
el bien que ofrecemos es comprendido, reconocido, apreciado; es más, a veces es
malinterpretado y rechazado”. Ante esta realidad, el Pontífice invita a no
desanimarse y actuar como el rey, que no suspendió la celebración por el
rechazo, sino que amplió la convocatoria y envió a sus servidores a llamar a
más personas por las calles, para que la alegría de los esposos pudiera
convertirse en un don para todos.
La fiesta de
bodas es la nuestra
El Pontífice ha
explicado que “la fiesta de bodas es la nuestra” y la sala del banquete son
nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares en los que vivimos y en los que
cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera
nuestro «sí»: “Allí nosotros lo encontramos, vestidos, como la esposa, con
el vestido blanco del Bautismo y adornados con las joyas de las buenas obras,
que nos acercan a Dios y entre nosotros”.
Anunciemos el
Evangelio con valentía y fe
Por último, el
Papa subraya que la alegría cristiana “no es artificial”, sino profunda y real:
“hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el
trabajo, las sonrisas, las lágrimas, los apretones de manos, los gestos de
bondad de nuestros días. Y es un don de Dios, para la salvación del mundo”,
y pide a María, Madre del Señor, “que nos ayude a crecer en esta alegría y a
anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida, con
generosidad, con valentía y con fe”.
Mireia
Bonilla
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News
