Para este monje cisterciense y obispo de Trondheim, la oración es mucho más que una práctica religiosa: es una manera de estar en el mundo y una escuela de amor
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| Entrevista a Erik Varden, monje cisterciense y obispo de Trondheim |
Para Erik
Varden, monje cisterciense y obispo de Trondheim (Noruega), la oración no
es solo una actividad. Según afirma él mismo, tiene más que ver con «una forma
de estar en el mundo». La oración es estar en relación, es una conversación que
no siempre necesita palabras y, sobre todo, es «una escuela de amor». En esta
entrevista, el joven abad cisterciense, conversa sobre cómo distinguir la voz
de Dios en medio del ruido, sobre meditación o sobre los grados de profundidad
de la oración
–¿Es posible
hablar con Dios? ¿Cómo distinguimos su voz de nuestros propios pensamientos?
–Lo importante
no es tanto que hablemos con Dios como que él hable con nosotros. Esa es la
inmensa fascinación de las escrituras hebreas y cristianas, el Antiguo y el
Nuevo Testamento, la forma en que muestran una trayectoria por la cual Dios
habla cada vez más claramente, y elige revelar quién es él. Por ejemplo, la
palabra epifanía significa manifestación, revelación. Nos recuerda que Dios se
hizo hombre, no solo para solucionar un problema, sino para mostrarnos, para
mostrar al mundo, para mostrar a la humanidad de una manera definitiva quién es
él. Para orar y para aprender a hablar con Dios, primero que nada, debemos
aprender a escucharlo hablándonos a nosotros.
Estamos en una
pequeña desventaja cultural, en la era extremadamente digitalizada y mediática
en la que vivimos, porque estamos acostumbrados a hablar todo el tiempo y a
expresarnos, a comunicarnos, a publicar cosas en los medios todo el tiempo.
Escuchar no es nuestro punto más fuerte en este momento. Quizás incluso para
descubrir qué es la oración, primero que nada, necesitamos callar, aprender a
estar en silencio y aprender a escuchar con esos oídos externos y también con
los oídos de nuestro corazón.
El silencio es
la atmósfera de la oración porque nos permite oír y escuchar. Si dentro de
nuestro corazón, dentro de nuestra conciencia, hay voces constantes,
discutiendo, compitiendo por nuestra atención, es poco probable que captemos
algo fuera de nosotros mismos. Quizás aún más esencial, redescubrir la belleza
del silencio y el deleite del silencio y el impacto extremadamente beneficioso
del silencio.
Aprender
quién es Dios para descubrir nuestra misión
–Hoy está de
moda la meditación y las formas orientales. ¿En qué se diferencian de la
oración cristiana?
–No olvidemos
que el cristianismo es una religión que procede de Oriente. Tuvo desde el
principio, una forma oriental. Creemos, con buena autoridad, que el
cristianismo llegó a la India, dentro del período apostólico. Hay formas
profundamente integradas e históricamente importantes de meditación oriental
que son profundamente cristianas.
Muchas de estas
prácticas tienen una base profunda y a menudo venerable en su contexto
religioso, pero la forma en que se venden en Occidente ahora, en libros o en
YouTube o en programas de bienestar, no es tanto una búsqueda de la verdad y el
significado como una forma de encontrar la autoaceptación, el descanso y una
mayor satisfacción.
Ahí es donde
establecería la división categórica, porque la oración cristiana no es
fundamentalmente una cuestión de superación personal o de disfrute personal. La
oración cristiana es una apertura al encuentro con el Dios vivo, cuya gran
preocupación no es solo hacerme sentir bien, sino la redención y la
santificación del universo, y que, por lo tanto, tiene una tarea para nosotros
que le gustaría comunicar. De eso trata la oración cristiana: de aprender quién
es Dios, de aprender cuál es la tarea de Dios y de obtener la gracia y el valor
para ejercer esa tarea.
Incluso
los místicos necesitan las oraciones más sencillas Erik Varden
–¿Qué
relación hay entre la fe y la oración? ¿Mejora el diálogo con Dios el hecho de
confiar más en él?
–La fe y la
oración se presuponen mutuamente. Es decir, no tendría sentido orar si en algún
grado no creyeras o al menos admitieras la posibilidad de la fe, de que podría
haber alguien realmente captando la señal, escuchando si son las palabras de tu
boca o las aspiraciones de tu corazón. Si te encuentras orando o queriendo
orar, en algún nivel crees, incluso si aún no estás en posición de recitar una
profesión de fe formal. Pero al mismo tiempo, la fe se nutre de la oración,
porque la oración es una forma de comprometerse personalmente con una verdad
objetiva y una forma de asumir y hacer propia esa verdad de manera subjetiva.
Orar es
dejarse encontrar
–¿Cuánto hay
de don en la oración y cuánto hay de esfuerzo personal?
–También aquí
tenemos una complementariedad. La oración es gracia y don en la medida en que
me saca de mí mismo. Tú y yo estamos sentados aquí ahora conversando, y yo
hablo porque tú me hablas. Tú sacas algo de mí. Y así yo respondo a eso y la
oración es eso en una medida fundamental. Esa es la dimensión de gracia en la
oración. Pero la oración también requiere determinación y esfuerzo. Una vida de
fe no puede existir sin una vida de oración. Porque si admites mi definición de
antes, que la oración es una forma de ser, no solo una cuestión de hacer
ejercicios particulares, entonces la oración es mi consentimiento a las
proposiciones del misterio de la fe.
–La
tradición de la Iglesia habla de oración vocal, oración mental… ¿cree que hay
«niveles» de profundidad en la oración?
–Sí, creo que
hay niveles de profundidad en la oración, así como hay niveles de profundidad
en una conversación. La mayoría de las veces no es algo que se pueda ordenar
con antelación. Una conversación confidencial, una conversación esencial
presupone confianza, y la confianza tenderá a construirse con la conversación
que la precede, y la conversación que la precede puede, hasta cierto punto, ser
un intercambio de cumplidos, es una forma de intentar calibrar quién es la otra
persona. ¿Es seguro confiarle cosas profundas o se burlará de ellas, o las
despreciará, o las usará para algún tipo de ataque? De la misma manera, las
profundidades de la oración presupondrán el mantenimiento de la conversación
diaria.
Debemos tener
cuidado de no asumir que las oraciones recitadas, las oraciones vocales son, en
cierto nivel, solo una táctica de principiante. Siguen siendo la base vital de
la vida espiritual, incluso en los místicos más avanzados. Y eso es algo muy
sorprendente cuando se mira la vida de personas que realmente fueron agraciadas
con una oración extraordinaria. Pienso en la tradición carmelita aquí en
España, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, que estaban profundamente dotados
mística y contemplativamente, pero estoy seguro de que ninguno de ellos habría
soñado con omitir ni siquiera medio verso en el rezo del oficio de tercia del
mediodía.
Artículo
publicado originalmente en La
Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas
Josema
Visiers
Fuente: El Debate
