Tributar amor hacia el prójimo sin incluir al Señor no es una conducta propiamente caritativa, sino meramente solidaria, humanitaria, altruista o filantrópica
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| Dominio público |
Es cierto que
el trabajo santifica, pero, tras pensarlo detenidamente, he llegado a la
conclusión de que siempre que lo supeditemos a la oración; véase que no
entendamos que trabajar por sí solo es sinónimo de rezar, sino que se
transfigura en oración cuando, además de orar, laboramos; y, sobre todo, cuando
hacemos algunas pausas para entregarle nuestro trabajo al Señor como ofrenda
(es decir, para conversar con Él, leer el Evangelio del día, declamar
Padrenuestros y Avemarías, etcétera).
Me he visto en
la tesitura de matizar esto porque bastantes personas ya creen que están
rezando por el mero hecho de ir a trabajar. No descarto que alberguen
una parte de razón, pero no deja de resultarme una manera de rezar bastante
incompleta, a la que le falta mística, ascética, devoción y contemplación,
por parecerme un tanto mundana. Me da la sensación de que quien adolece de esta
carencia, más que supeditar el trabajo a la oración, simplifica la oración a
la mundanidad del trabajo.
En otras
palabras, el trabajo se transforma verdaderamente en oración cuando incluimos
la oración en nuestras vidas. Si esto no nos queda lo suficientemente claro, no
es de extrañar que algunas personas de enorme piedad dejen casi de rezar en los
periodos de mayor carga laboral.
Es más, el
consabido aforismo latino reza Ora et labora, y no al revés, por lo que
se puede inferir que la palabra «oración» va primero porque es la que goza
de hegemonía. Esto, por supuesto, tampoco nos puede arrastrar hacia el
extremo contrario, que es el de tocarse las narices en lo profesional, pero
rezar mucho.
En síntesis,
quien solamente ora y no labora, cae en una espiritualidad un tanto
platónica y extramundana; y el que labora, pero poco ora, en un modo de vivir
su Fe un tanto mundano y desangelado.
El hecho de que
la oración goce de primacía y que el trabajo sea una necesaria prolongación de
ésta veo que guarda una estrecha relación con una máxima de Santo Tomás de
Aquino, aquella que sentenciaba que el entendimiento ha de ser previo a la
voluntad, pero la voluntad una imprescindible prolongación del entendimiento.
Esto es
extensible a múltiples y variopintos escenarios de nuestra vida. Por ejemplo,
afecta irremisiblemente al terreno de la caridad. En este sentido, el amor
al prójimo es una pieza fundamental no sólo de nuestra singladura
cristiana, sino que forma parte del Primer Mandamiento de la Ley de Dios; del
primero de todos, repito.
Ahora bien,
este precepto nos alienta primero a amar a Dios sobre todas las cosas, por lo
que tributar amor hacia el prójimo sin incluir al Señor no es una conducta
propiamente caritativa, sino meramente solidaria, humanitaria, altruista o
filantrópica (lo cual está fenomenal, ojo, pero es como dejar una gran obra
arquitectónica a medio hacer).
Como mis
venerables lectores podéis deducir, tampoco uno ha de limitarse a amar a Dios y
dejar al prójimo de lado, porque, como he matizado ut supra, las obras
son una necesaria prolongación del entendimiento; puesto que el obrar sigue al
ser. En caso contrario, viviríamos nuestra Fe de una manera extremadamente platónica
y extramundana.
Admito que este
escrito no goza de tanta densidad intelectual como otros que he publicado; pero
no me arrepiento de ello, puesto que las santas obviedades, también, merecen
ser recordadas; y, además, en reiteradas ocasiones ¡Qué bien nos iría si
tuviésemos eternamente presente lo evidente!
Ignacio
Crespí de Valldaura
Fuente: El Debate
