La divulgadora católica repasa en el pódcast 'Rebeldes' sus claves sobre el amor matrimonial, la superación del duelo tras cinco abortos y su rutina diaria de oración a las 6:30 de la mañana
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| Mar Dorrío/Rebeldes Podcat #27 |
La sociedad
actual privilegia la inmediatez, el confort personal y la revisión constante de
los compromisos y, quizás por eso, la figura de Mar Dorrío emerge
como un contrapunto deliberadamente provocador. Madre de 12 hijos —de
un total de 17 embarazos—, escritora y divulgadora, la comunicadora ha
protagonizado una extensa conversación en el programa Rebeldes Podcast en la
que desglosa una visión de la familia, la afectividad y la fe que huye por
completo de las modas culturales dominantes.
El hilo
conductor de su intervención es una enmienda a la totalidad del hedonismo
contemporáneo. Para Dorrío, la narrativa del bienestar egocéntrico destruye la
vocación matrimonial antes incluso de su inicio. «Últimamente siempre se
escucha esa frase de 'te mereces ser feliz'. Yo creo que el 'me merezco ser
feliz' en esta vida es alquiler; el 'voy a hacer lo que debo hacer' es
invertir en un futuro», subraya.
Desde su
perspectiva, la alianza conyugal no debe sustentarse en la búsqueda de una
idealizada «media naranja», sino en una resolución libre de la voluntad
orientada a la abnegación: «Cásate para hacer feliz a la otra persona y que
tu felicidad pase a segundo plano». Una máxima que, asegura, convierte al
matrimonio en una estructura «imbatible» frente a las adversidades de la vida.
El heroísmo del
perdón frente a la cultura del descarte
Esa misma
lógica de la entrega es la que aplica al abordar las heridas e infidelidades en
la pareja. En un alegato a favor de quienes luchan por mantener unida su
familia tras una fractura, la escritora denuncia el doble rasero de la opinión
pública actual, que tiende a estigmatizar la misericordia: «Esta sociedad
va a perdonar antes al que comete una infidelidad que al que perdona». Para la
autora, perdonar no es un síntoma de sometimiento o debilidad, sino un acto de
auténtico heroísmo que antepone el bien de los hijos al orgullo propio.
Esa madurez
afectiva es la que intenta trasladar a las nuevas generaciones a la hora de
afrontar el noviazgo. Lejos de planteamientos superficiales, insta a las
jóvenes a aplicar criterios rigurosos de realidad y a desmitificar la
dañina atracción por el «chico malo». Para desenmascarar esa falsa
fascinación, propone un ejercicio de proyección futura sin aderezos: «Cuando tú
veas al malote, te lo tienes que imaginar calvo con barriga cervecera mirando a
las quinceañeras igual que las mira ahora».
En su lugar,
sugiere buscar virtudes sólidas capaces de resistir las pruebas más drásticas
de la existencia, sintetizadas en el consejo que imparte a sus propias hijas:
«Cásate con ese hombre que te puedas morir de cáncer de mama a los 35 y que tus
hijos sabes que se quedan bien cuidados».
Las cicatrices
del duelo
Esta propuesta
vital no responde a una teoría abstracta, sino a una trayectoria marcada por la
maternidad combativa y el dolor. Al repasar la historia de su numerosa familia,
Dorrío aborda con serenidad la cicatriz dejada por la pérdida de cinco de
sus hijos durante la gestación. «En realidad son 17, porque cinco cogieron
el atajo al cielo», explica, recordando la especial dureza del cuarto aborto
—el de su hijo Juanito— como uno de los trances donde más le costó recuperar el
aliento y la esperanza.
Pese a las
dificultades, su entrega a la transmisión de la fe permanece intacta en el seno
del hogar, donde no oculta su anhelo de dar a Dios vocaciones a la vida
religiosa: «Espero tres sotanas», revela con entusiasmo, al tiempo que celebra
que uno de sus hijos haya entregado ya su vida al celibato apostólico en el
Opus Dei.
El pilar sobre
el que descansa toda esta arquitectura doméstica y divulgativa no es el mero
voluntarismo, sino una disciplina espiritual estricta e innegociable. Cada
jornada, a las 6:30 de la mañana, Dorrío inicia su rutina para asegurarse medio
hora de oración en soledad. Se trata de lo que ella define espontáneamente como
su «café con el Señor»: un diálogo sin rigideces donde comparte con Dios desde
las grandes preocupaciones familiares hasta los detalles más cotidianos e
intrascendentes del día a día. Un hábito sencillo antes de que despierte la
casa que explica la fuerza con la que esta madre de familia numerosa se sigue
proclamando, en pleno siglo XXI, una orgullosa «rebelde de la fe».
Fuente: El Debate
