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| La cruz de Ground Zero |
Es el 11 de septiembre de 2001. Los Estados Unidos de América
acaban de sufrir cuatro ataques suicidas que, en diferentes zonas del país, han
causado casi tres mil víctimas. Juan Pablo II se encuentra en Castel Gandolfo:
tras ser informado por teléfono por el director de la Oficina de Prensa de la
Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, queda profundamente conmocionado por lo
ocurrido. De inmediato se recoge en oración en la capilla del Palacio
Apostólico. Luego, envía un telegrama de
condolencias y solidaridad al presidente de EE. UU., George W. Bush. Seis
líneas escritas en letra de imprenta, la propia de los documentos oficiales,
pero las palabras elegidas por el Papa Wojtyła son profundamente humanas y
expresan el dolor del mundo entero: el Pontífice habla de un «indescriptible
horror», definiendo los atentados terroristas como «inhumanos» y ese momento
histórico como «oscuro y trágico».
Una afrenta a la dignidad humana
Al día siguiente es miércoles y en la Plaza de San Pedro se celebra
la audiencia
general. Por deseo del Obispo de Roma, no hay aplausos; los fieles
permanecen en un silencio compuesto. «Ayer fue un día
tenebroso en la historia de la humanidad,
una terrible afrenta contra la dignidad del hombre», dice
Juan Pablo II, para luego plantear la pregunta que habita en el corazón de
todos: «¿Cómo pueden verificarse episodios de una crueldad tan salvaje?». La
respuesta, continúa, está en Cristo, fundamento de la esperanza, Aquel que hace
que el mal y la muerte no tengan la última palabra.
No la
venganza, sino la unidad y el diálogo
Mientras tanto, en esas mismas horas, en Roma se celebra el
180.º Capítulo General Ordinario de la Orden de San Agustín. También participa
en él el padre Robert Francis Prevost, estadounidense, futuro León XIV, quien
el 14 de septiembre, el día de su cumpleaños, es elegido prior general. Le
corresponde, pues, presidir el 21 de septiembre la misa de clausura de los
trabajos, en la iglesia de Santa María del Pueblo: «No podemos dejar de
recordar los trágicos sucesos que el 11 de septiembre sacudieron a Estados
Unidos —afirma en la homilía—. La violencia que el mundo vio la semana pasada
en Estados Unidos es una trágica expresión de una serie de problemas que se
están agravando en todas partes. El odio y la violencia seguirán aumentando
mientras haya tantas personas obligadas a vivir en extrema pobreza, oprimidas
por tantas formas de injusticia». «Mientras muchos buscan venganza —concluye—
los agustinos deben dar testimonio del Evangelio y de sus valores de unidad,
diálogo, paz y reconciliación».
La ferocidad del terrorismo se vence con el amor
Ha pasado un año, y los llamamientos de Juan Pablo II a la paz
se suceden sin cesar. El 11 de septiembre de 2002 es miércoles y, en la audiencia
general, el Papa recuerda «el cruel atentado» de doce meses antes,
el derrumbe de las Torres Gemelas, las vidas de tantos inocentes sepultadas
bajo los escombros. Con firmeza, el Pontífice reitera que «el terrorismo es y
será siempre una manifestación de crueldad inhumana» y que «el atropello, la
violencia armada y la guerra son opciones que sólo siembran y engendran odio y
muerte». «Únicamente la razón y el amor son medios válidos para superar y
resolver los conflictos entre las personas y los pueblos», concluye.
El valor de trabajar por la paz
La paz invocada por Karol Wojtyła se refuerza en la oración de su
sucesor, Benedicto XVI. Es el 20 de abril de 2008 y, durante su
viaje apostólico a Estados Unidos, Joseph Ratzinger se dirige a la Zona Cero.
Allí donde antes se alzaban las Torres Gemelas, hay un profundo hueco, casi una
metáfora del abismo del mal. Pero a su alrededor, todo es una obra en
construcción, símbolo de la esperanza que renace y reconstruye. En silencio, el
Pontífice enciende una vela para conmemorar a las víctimas; luego se arrodilla
y le pide al Señor que conceda su paz «a nuestro violento mundo» y que conceda
a la humanidad «la sabiduría y el coraje para trabajar incansablemente por un
mundo en el que la verdadera paz y el amor reinen entre las naciones y en los
corazones de todos».
Cada
vida humana es preciosa
Tres años después, el 11 de septiembre de 2011, en el décimo
aniversario de los ataques terroristas, Benedicto XVI envía una carta al
presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, el arzobispo de Nueva
York Timothy Dolan, nombrado cardenal en febrero de ese mismo año. Al recordar
el «sombríos sucesos» de diez años antes, lo define como una «tragedia»
agravada aún más «por la reivindicación de sus autores de actuar en nombre de
Dios». Con firmeza, pues, invita a «afirmar inequívocamente que ninguna
circunstancia jamás puede justificar actos de terrorismo. Cada vida humana es
preciosa ante los ojos de Dios y no se debería escatimar ningún esfuerzo en el
intento de promover en todo el mundo un respeto genuino por los derechos
inalienables y la dignidad de los individuos y los pueblos en todo lugar».
Un dolor
palpable que clama al cielo
El Papa Francisco también se dirige a la Zona Cero, que
entretanto se ha convertido en un monumento conmemorativo compuesto por dos
piletas llenas de agua, del tamaño de los cimientos de las Torres Gemelas. En
los bordes están grabados los nombres de las 2974 víctimas de 90 nacionalidades
diferentes. Durante el encuentro
interreligioso que se celebra aquí el 25 de septiembre de 2015,
el Pontífice describe los atentados del 11 de septiembre como «un acto
insensato de destrucción» y habla de un «dolor palpable», «desgarrador», que
«deja atónitos y grita al cielo». El agua que vemos corres hacie ese centro
vacío, dice Jorge Mario Bergoglio, « nos recuerda todas esas vidas que se
fueron bajo el poder de aquellos que creen que la destrucción es la única forma
de solucionar los conflictos». Pero «la lógica de la violencia, del odio, de la
revancha solo puede causar dolor, sufrimiento, destrucción, lágrimas». La vida,
en cambio, «siempre está destinada a triunfar sobre los profetas de la
destrucción, sobre la muerte», porque «la reconciliación y la unidad vencerán
sobre el odio y a la división». « Pidamos al cielo el don de empeñarnos por la
causa de la paz —concluye el Obispo de Roma—Paz en este mundo vasto que Dios
nos lo ha dado como casa de todos y para todos. Tan solo, PAZ ».
¡Nunca
más unos contra otros!
Ante la paz, «no podemos ser indiferentes ni neutrales», dirá
además Francisco el 11 de septiembre de 2021. La ocasión es el Foro
Interreligioso del G20 celebrado en Bolonia bajo el lema «Es hora de sanar: paz
entre las culturas, comprensión entre las religiones». En un mensaje a
los participantes, el Papa vuelve a subrayar: «¡No neutrales, sino
comprometidos con la paz! Invocamos el ius pacis, como derecho de todos a
resolver los conflictos sin violencia». Y concluye: «¡Nunca más la guerra,
nunca más contra los demás, nunca más sin los demás!», porque al final «los
jóvenes y la historia nos juzgarán por esto».
Isabella Piro
Ciudad del Vaticano
Fuente: ACI Prensa
