Al término de la misión en Moscú, el secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales habla con los medios vaticanos y hace balance de la misión diplomática que acaba de concluir
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| Delegaciones rusas y de la Santa Sede se reúnen en Moscú. |
En Moscú brillaba el sol el viernes a
primera hora de la tarde cuando el responsable de la diplomacia de la Santa
Sede subió a bordo del vuelo que lo llevó de regreso a Roma, vía Estambul, para
regresar al Vaticano a altas horas de la noche. Un viaje largo y bastante
complicado. La suspensión de las conexiones directas entre Rusia y los países
de la Unión Europea restringe, en efecto, las opciones para llegar a Moscú y
obliga a los pocos vuelos regulares a dar un largo rodeo por Europa, que desde
Estambul lleva a atravesar los Balcanes, bordear las fronteras ucranianas y,
finalmente, atravesar los cielos de Bielorrusia. Al menos doce horas, entre
vuelos y escalas, para un desplazamiento que antes de 2022 requería unas cuatro
horas de vuelo.
“Ha sido un largo viaje – confirma
monseñor Paul Richard Gallagher -, pero también esto adquiere una dimensión
simbólica – antes de 2022 se llegaba a Moscú en pocas horas, hoy, en cambio, el
camino se ha hecho más largo. Este viaje es indicativo de la voluntad de
diálogo que la Santa Sede quiere llevar adelante. Un diálogo que hemos iniciado
desde hace años, tanto a través de la embajada de la Federación Rusa ante la
Santa Sede, como a través del trabajo del nuncio apostólico Giovanni d’Aniello
en Moscú. Esto subraya el compromiso y la importancia que hemos atribuido a
este viaje, que se ha emprendido en nombre de la Santa Sede y con la bendición
del Papa”.
P: Ha habido un evidente reconocimiento por parte de las
autoridades rusas a su viaje a Moscú, que se puso de manifiesto en
las conversaciones institucionales con el ministro de Asuntos
Exteriores Lavrov y el consejero Ushakov. El tema de la guerra en curso con Ucrania
ha acaparado gran parte de la atención. Usted ha subrayado en varias ocasiones
que el único camino para poner fin a las hostilidades es el regreso
a la diplomacia.
R: Sí, es un diálogo no fácil, porque
cuanto más avanza la guerra, más difícil será poder restablecer las relaciones:
hay muchas víctimas, muchas heridas abiertas. Pero sabemos muy bien que
históricamente todos los conflictos, todas las guerras terminan con una
negociación, con un acuerdo, y luego se comienza a restablecer las relaciones
entre los antiguos beligerantes. En este sentido, la diplomacia ofrece y
promete una posible solución. Esto es también lo que nosotros, como Iglesia,
tenemos la responsabilidad y el deber de proclamar. Fuimos a Moscú para hablar
de paz, para alentar a las almas inquietas a causa de la guerra, y decir:
tengan valor, abracen el camino de la paz, tengan la esperanza de creer en un
día mejor. Y creo que este, esencialmente, ha sido nuestro mensaje.
D: Después del encuentro bilateral, el ministro Lavrov
dijo en una entrevista que durante las conversaciones usted se
limitó más bien a un llamamiento genérico a poner fin al conflicto
lo antes posible.
R: Sí, es verdad, esta es precisamente
nuestra línea, que siempre hemos mantenido. La Santa Sede no entra en los
detalles de las negociaciones, ni propone soluciones técnicas, porque esta es
responsabilidad directa de las partes beligerantes. La Santa Sede, en cambio,
recuerda esta responsabilidad e invita a mostrar buena voluntad para iniciar
seriamente un diálogo. Y lo hace dirigiéndose tanto a la Federación Rusa, como
a Ucrania, como a otros países, pidiendo que no se escatime ningún esfuerzo
para crear espacios de diálogo.
P: Ante los sufrimientos de las poblaciones civiles a
causa de la guerra, usted ha defendido la necesidad de reforzar las
acciones en el ámbito humanitario, también de cara al viaje que el
cardenal Matteo Zuppi hará a la Federación Rusa. ¿Cuáles son las prioridades?
R: Esta dimensión es fundamental y en
este ámbito la Santa Sede ya está ofreciendo su propia contribución, un
compromiso que hasta ahora ha sido muy apreciado. También el Santo Padre, antes
de partir, me dijo: hay que insistir en la dimensión humanitaria. Y así lo
hemos hecho.
Nosotros esperamos que la misión de paz
del cardenal Zuppi continúe y que pueda regresar prontamente a Moscú, también
para ser testigo de lo que la Iglesia local y las comunidades católicas están
haciendo.
P: La Santa
Sede ha ofrecido sus buenos oficios para reabrir una vía de diálogo y de negociación.
¿De qué manera ha sido acogida esta oferta y cómo podría concretarse?
R: Es una oferta que ya hemos hecho en
el pasado y hasta ahora no se ha concretado. No parece que se desee una
participación directa por parte de nuestras oficinas diplomáticas. Sin embargo,
el gesto ha sido apreciado, el hecho de que nosotros no nos lavemos las manos.
El mensaje en este sentido es claro: en el mundo de hoy nadie puede resolver
algo por sí solo. Tanto Rusia como Ucrania necesitan de la comunidad
internacional, necesitan de sus alianzas, y al ofrecer nuestros buenos oficios
decimos a ambas partes que la Santa Sede está disponible para ayudar de cualquier
manera. Basta con que lo pidan y nosotros pondremos a disposición todos
nuestros recursos, que son modestos, lo reconocemos, pero es un gesto que
hacemos de buena fe.
P: Usted también tuvo la posibilidad de reunirse con
una parte del mundo diplomático aquí en Moscú y todos mostraron
interés por la capacidad de la diplomacia de la Santa Sede para
conseguir dialogar al mismo tiempo con Ucrania y Rusia. Una rareza
en este momento.
R: Sí, los encuentros que hemos tenido
aquí en Moscú con diversos representantes de las misiones diplomáticas sirven
para reforzar la iniciativa de la Santa Sede de mantener abierta la vía del
diálogo, estamos convencidos de que este es el camino que hay que seguir y de
que aislar a las personas, a los países, francamente, no ayuda. Esta es nuestra
opinión, obviamente cada Estado tiene todo el derecho a decidir autónomamente
su propia estrategia. Al venir aquí a Moscú y hacer lo que otros en este
momento no hacen, invitamos a reflexionar sobre si las estrategias aplicadas
hasta ahora están dando resultados para resolver esta tragedia.
P: Entre los temas tratados con el
Ministro Lavrov se encontraban aquellos que afectan a los cristianos en
diversas partes del mundo. ¿Cuáles son las prioridades en este ámbito?
R: Mantenemos un canal de comunicación
abierto con el Ministro Serguéi Lavrov desde hace años, y no se trata solo de
la guerra en Ucrania. Rusia está profundamente arraigada en su tradición
cristiana ortodoxa, y compartimos la preocupación por todos los cristianos que
enfrentan dificultades en diversas partes del mundo. Hay países donde, si bien
no es técnicamente correcto hablar de persecución, sí existe inseguridad,
discriminación, prejuicios y marginación, y Rusia también está preocupada por
estos problemas. Es un ámbito en el que buscamos renovar nuestro compromiso
compartido.
P: Durante su misión, también tuvo la
oportunidad de reunirse con la comunidad católica en Rusia y los exhortó a ser
constructores de paz. En este sentido, ¿cuál debería ser el compromiso de la
Iglesia Católica?
R: En mi conversación con los religiosos
y religiosas, les dije que ya son constructores de paz, y lo son en su vida
diaria, cada vez que construyen pequeños puentes. Tienen un impacto en la
sociedad, son vecinos, realizan las obras de caridad de la Iglesia y están
presentes a través de nuestras instituciones educativas y sanitarias. Esta es
una manifestación tangible del compromiso de la Iglesia con la reconciliación y
la paz. Esto es infinitamente más elocuente que cualquier palabra.
P: También tuvo la oportunidad de
reunirse con altos funcionarios del Patriarcado de Moscú, específicamente con
el Metropolitano Antonio de Volokolamsk, presidente del Departamento de
Relaciones Eclesiásticas Exteriores.
R: Existe una relación muy cordial y
fraterna entre el Metropolitano Antonio y la Santa Sede. Con frecuencia viene a
reunirse con el Santo Padre, el Secretario de Estado, el cardenal Pietro
Parolin, y conmigo. Lo que tuvimos no fue una reunión de diálogo ecuménico en
el sentido estricto, que es responsabilidad del Dicasterio para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos, pero consideramos oportuno reunirnos para tratar
diversos temas, incluidos los relacionados con la situación actual. Fue una
reunión muy alentadora, que demostró que compartimos muchas cosas, aunque
diferimos en algunos asuntos. Al mismo tiempo, buscamos animarnos mutuamente a
seguir el camino del Evangelio.
P: Volviendo a la labor de la Iglesia en
Rusia, el compromiso caritativo de la Iglesia Católica en el país es muy
importante.
R: Es evidente: donde la Iglesia está
presente, siempre debe haber caridad y solidaridad con los más desfavorecidos,
y me parece que la Iglesia Católica aquí siempre ha seguido este camino. Me
impresionaron los testimonios que surgieron durante el encuentro con los
religiosos y religiosas, porque, a pesar de los recursos muy limitados de estas
comunidades —y su reducido número para un país tan inmenso—, hacen lo que
pueden con gran perseverancia. No escuché a nadie quejarse de su situación; al
contrario, percibí su alegría por el servicio que prestan hoy aquí en Rusia.
P: El último día de su viaje a Moscú,
usted presidió la solemne Misa en la Catedral de la Inmaculada Concepción. Fue
una celebración eucarística concurrida, con muchos jóvenes presentes, y también
atrajo gran interés de los medios de comunicación. ¿Qué fue lo que más le llamó
la atención?
R: Es cierto, fue una misa muy
concurrida. Se percibía una auténtica intensidad de la experiencia religiosa,
lo cual es alentador, porque uno podría tener una impresión superficial de los
pequeños grupos católicos dispersos por esta vasta ciudad, pero verlos reunidos
en esta hermosa catedral para presenciar la vitalidad de su fe fue realmente
impresionante.
Fue una verdadera demostración de
afecto, especialmente hacia el Santo Padre, y se puede apreciar que estos lazos
de amor, lazos con el Sucesor de Pedro, son muy fuertes aquí. Esto es, sin
duda, motivo de inmensa satisfacción.
P: Las misiones oficiales siempre
implican un momento de gran concentración y compromiso. Sin embargo, al final
de estos viajes, siempre hay un componente emocional. ¿Qué se lleva usted
personalmente de vuelta a Roma?
R: Hay cierta tristeza al dejar una
comunidad como esta. Nuestro mensaje es: no los dejaremos solos, regresaremos a
Roma para hablar con quienes nos enviaron y permaneceremos muy cerca de
ustedes. Creo que esta es la esencia de lo que debemos hacer: en estos años
difíciles en esta región del mundo, la Iglesia universal debe considerar cómo
apoyar mejor a estas comunidades, animando a sus pastores y fieles, y
manteniendo los lazos espirituales. Cuando viajo a cualquier parte del mundo,
luego regreso a casa, pero las personas y comunidades que conocí siempre
permanecen en mis oraciones. Puedo decir lo mismo del aspecto diplomático de la
misión. Siempre acompaño, y esta vez también, los deseos de paz y justicia con
mis oraciones, porque, en definitiva, la paz es un don de Dios. Nos corresponde
prepararnos para acogerla.
Stefano Leszczynski – enviado a Moscú
Fuente: Vatican
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