Un sacramento dador de vida es la Confesión y acercarse con frecuencia permite que el alma reciba muchos frutos espirituales que Dios le regala
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| Crédito: New Africa |
No hay nada más
reconfortante que una buena confesión. Y aunque lo sepamos, el miedo nos
paraliza y lo pensamos mucho antes de volver a reconciliarnos con el Señor. Sin
embargo, para quien se confiesa con cierta frecuencia los frutos espirituales
que Dios le regala le ayudan a caminar con paso firme hacia la santidad.
El perdón de
los pecados
Nuestro Señor
Jesucristo murió en la cruz para rescatarnos del abismo en el que nos tenía el
pecado. Su sacrificio es único y se actualiza en cada sagrada Eucaristía.
También es verdad que, quien crea en Él se salvará. Pero, ojo, la salvación es
un don gratuito que Dios otorga a quien pone todo de su parte.
Y también es
cierto que, nuestra debilitada condición humana está pronta para pecar, por eso
es necesario pedir perdón a Dios. Jesús mismo dejó para eso el sacramento de la
Reconciliación (Jn 20, 21-23).
El Catecismo de
la Iglesia católica dice:
"Los
que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de
Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se
reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve
a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones" (CEC 1422).
Los frutos
espirituales
Ahora bien, no
es necesario tener pecados mortales para confesarnos. Quien se confiesa con
regularidad recibe muchos beneficios que redundan en frutos espirituales como
estos:
1. Nos unimos más a la Iglesia porque el mismo Cristo nos reintegra a la comunidad:
"a
los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del
pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido" (CEC 1443).
2. Recuperamos
la gracia perdida, pero también "nos libera y facilita nuestra
reconciliación con los demás" (CEC 1455).
3. "La
confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a
luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar
en la vida del Espíritu" (CEC 1458).
4. Nos sentimos
impulsados a ser misericordiosos:
Cuando se
recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del
Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (CEC 1458)
5. Al
devolvernos la gracia, el perdón de Dios "nos une con Él con profunda
amistad" , además "tiene como resultado la paz y la tranquilidad de
la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual" (CEC 1468).
6. Y algo más:
cada vez que nos confesamos aumenta en nosotros "el acrecentamiento de las
fuerzas espirituales para el combate cristiano" (CEC 1496).
No dudes más y
confiésate más a menudo.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
